La Anquicha (Segunda parte)

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Fijado Lima como lugar del proceso judicial fue trasladada junto con los otros presos para ser juzgada. En la cárcel de mujeres se hizo íntima de Isabel Pedraza, “La Rayo”, aquella negra ágil como un gato y audaz como un cernícalo que, al verla llegar, mirándola con emoción y respeto, le dijo “Tú eres bien macha, carajo. Me he enterado que lideraste a las mujeres de tu pueblo para sacarle su mierda a un abusivo. ¡Eres de las nuestras! No eres ninguna cojuda. Desde ahora compartirás con nosotras todo lo que alcancemos y nadie te faltará el respeto. Avísanos nomás quien trata de joderte. Nosotros nos encargaremos de sacarle la mierda”. Fue presentada a la capataz, que también “le agarró cariño”. Ésta era Josefina Huerta, conocida por el mote de “Tormenta”, triunfante luchadora de cachascán en su recorrido por entarimados peruanos de los cincuenta; había dado cuenta de consagradas luchadoras como la “Norcoreana”, “La Siciliana”, “La Salvaje” y otras campeonas. Un día que encontró a su marido encamado con su vecina, presa de ira homicida, dio cuenta de los dos traidores. Cuando llegó la policía, ambos tenían el cuello roto. Ahora es la “capo” del pabellón de las comunes, amiga de las presas políticas en sus encuentros en el patio principal. “La Anquicha” que ejercía la jefatura del grupo recién llegado, abogó también por su clan cerreño: Paulina Ventura Cabello, Ignacia Martel Calero, Rafaela Romero Ayala, Fortunata Orihuela Cavilla, y ella, Angélica Panduro Ricapa. Heroínas como ella. Este grupo, protegido por “Tormenta”, había concitado el respeto de las reclusas porque habían dado cuenta –no de un sujeto cualquiera- sino de un poderoso; de un Prefecto. La admiración para ellas fue extraordinaria. Es más, “Tormenta” le enseñó con lujo de detalles dónde y cómo golpear en las zonas más sensibles y estratégicas del cuerpo humano, lección que aprendió con creces y puso en práctica cuantas veces le fue necesario.

Nueve años estuvo en la cárcel de mujeres donde hizo muchísimas amigas. En ese lapso descubrió muchos secretos femeninos, argucias y “mañoserías” que puso en práctica a su salida por amnistía a los presos políticos. Ya la “Anquicha” se había “achorado” y comenzó a hacer valer sus “experiencias”, de las buenas y de las otras; por eso los marchantes se cuidaban de ofenderla. Levantisca y escandalosa, castigaría la pedantería o el desprecio. Nadie estaba dispuesto a jugarse esa carta. Algunas veces –muy raras, por supuesto- llegaba a la mesa que quería, muy comedida y amable, llevando sus dos botellas de cerveza. Las ponía encima y al instante estaba participando de la conversación. Estaba precisamente enterada de todos los acontecimientos de la vida de su pueblo, su Cerro de Pasco. Conocía de las virtudes y las debilidades de los “grandes” y de los otros. Su conversación era muy activa. A los recién llegados, informaba de las ventajas de su pueblo, de las posibilidades en el comercio o la industria, pero sobre todo, en el amor. Fue la anfitriona, obsequiosa y graciosa que acompañaba al visitante hasta donde éste permitiera que lo hiciera, pero en toda esa tarea, sacaba pecuniaria ventaja que le permitía seguir adelante. Siempre tuvo cuidado de no chocar con los grandes; es más, a ellos y sus mujeres, saludaba con especial respeto; no fueran a enojarse. Como el resto del pueblo la conocía, la toleraban con mucha condescendencia. Su conducta disipada y aventurera, era un secreto a voces.

El amorcito que hemos tenido

en una rama se me ha enredado,

vino un fuerte huracancito,

rama y todo se lo ha llevado.

Claro que algunas veces tuvo problemas, especialmente con la policía. Era  generalmente porque, algún visitante, pensando que por chola se callaría, se negaba a pagarle sus servicios. En ese momento “le salía la india” y castigaba al agresor. Le quitaba su plata y le pegaba. Era muy mujer para hacerlo; chola poderosa, samaqueaba a su víctima haciéndola sangrar, y fugaba. Era lógico que nadie la alcanzara, no sólo porque siempre estaba en forma, sino porque conocía la ciudad con sus recovecos, callejones, caserones, atajos y demás escondrijos de los que la ciudad era pródiga para despistar al persecutor. Hasta los canes cerreños que la conocían, enmudecían, cómplices, en sus correrías.  Las pocas veces que cayó en cana, no le probaron nada. El “cuerpo del delito” había desparecido como por encanto. Más tarde ella lo recuperaría con creces. Lo había dejado a buen recaudo en un escondrijo que sólo ella conocía. Si a pedido del agraviado debía quedarse encerrada, algún policía amigo, generalmente uno de los que se habían beneficiado de su celestinaje, le alcanzaban una cobija y, al día siguiente, salía indefectiblemente. Bueno, total, la “Anquicha” era una parte fogosamente vigente de la ciudad. Un ser especial.

La conocí mejor en el entierro de “Patas a la Oreja”. Apesadumbrado por ese drama tan patético me encontraba silencioso y adolorido en un rincón del cementerio. Ella estaba de servicio y me alcanzó un copón de chinguirito que la “Chapi” Quintana había llevado al camposanto. “Sírvete, papito” -me dijo- “Yo también estoy sufriendo por nuestro pobre “Patas”. “Él te quería y respetaba mucho, como yo, papito; lo sé, porque él mismo me lo ha dicho” “! Sírvete!”. Otra noche, en el velorio de “San Martín”, -un cargador patilludo como nuestro libertador-, nos amanecimos conversando. Me relató al detalle de todo lo que le había acontecido el 48, cuando la muerte del Prefecto: “Era un demonio, papito –me dijo- y debe estar en el infierno. No puede estar en otra parte ese mal nacido. Era un abusivo. A la viejita “Lulli” Sacristán, la zarandeaba cuantas veces quería porque ella vendía comida con su ollita a la puerta de la Prefectura. Un día de pago, al ver tanta gente que le consumía, de un patadón arrojó muy lejos su olla y la Lully se quedó sin nada, llorando, desamparada. Esa viejecita, abandonada por sus hijos, solamente así se mantenía. ¡Cuántas cosas hizo el malvado, hijo de perra! Hasta el pobre “Gardelito” –Tú conocerás, papito, al hermano de los Paulino, sastres y peluqueros de la Calle del Marqués que tenían un hermano idiota que caminaba por la calle sin saber ni quién era- Bueno, un día que el malnacido venía por la puerta de Kukurelo, se encontró con el pobre “Gardelito” que andaba por la misma vereda; de un manotazo lo arrojó sobre la acequia que estaba llena de agua donde el pobre comenzó a temblar con su epilepsia. Él se quedó riendo como un animal y sólo cuando se marchó levantaron a “Gardelito”. También pegaba a los canillitas  que se le cruzaban en la calle. A nadie respetaba. La única que lo “pasaba” era la “Payasa”, chuchumeca coquetona, pintarrajeada como si estuviera en carnavales que se encamaba con el maldito grandazo, sin que la Omara se enterara. Nosotras lo odiábamos, especialmente cuando nos echó de su oficina como si fuéramos perras asquerosas. Ahh pero la “Opa” Paula le hizo pagar sus abusos. Bailó sobre su cadáver cuando el pueblo dio cuenta del maldito. Aquella tarde todos estuvimos juntos para sacarle su mierda. Me acuerdo del “Catarro” Bartola, el “Chato” Miraval, Atilio León, Lucho Llanos, Patricio Chahua, Humberto Luis y muchos cerreños machos, carajo. El relato de todas las iniquidades del Prefecto, la asonada, la represalia, su apresamiento, su juzgamiento en Lima y todo lo demás me contó aquella noche. “Un día, cuando ya había pasado tanto tiempo –siguió contando tras el cargado café que invitaron los dolientes- llegaron a la cárcel, el Prefecto Lanfranco, el comisario Bandini y otro cachaco que había llegado de Lima para decirnos que nos daba tres días de plazo para preparar nuestra ropa y otras cositas necesarias para viajar a Lima donde nos juzgarían. ¡Dios mío, que emoción, papito! ¡Por fin nos juzgarían y sabríamos a qué atenernos! Como sea nos preparamos los 120 que estábamos encerrados, al final sólo nos dijeron que viajaríamos 29: Veintitrés hombres y cinco mujeres. Entre mujeres estábamos, nuestra “Opa” Paula, la “Amacha” Martel, la “Rafa” Romero, la “Fortacha” Orihuela y yo.  El cachaco nos dijo que, en consideración a tanto tiempo que estábamos encerrados, nos llevarían para ser juzgados; que deberíamos portarnos bien, sin alterar el orden, porque de hacerlo nos balearían. Efectivamente, papito, nos llevaron a la estación enmarrocadas para no escaparnos, con gran cantidad de cachacos cuidándonos, como si fuéramos abigeos o enemigos del Perú. En la estación nos subieron, no a los coches como pensábamos, sino a la bodega, donde llevan a los animales. No había ni a dónde sentarnos. Las puertas con armellas y tremendos candados. Enfrente, sobre un enorme cajón, habían colocado una ametralladora bien cargada que dispararían al menos escándalo que hiciéramos. En cada esquina de la bodega, dos cachacos de la republicana, también armados. Como no había ni una ventana, no sabíamos ni a dónde estábamos. Solo cuando preparaban las ametralladoras y los fusiles, sabíamos que estábamos entrando en una estación. En ese momento el capitán que era el jefe, nos hacía shhhh, y teníamos que permanecer en silencio mientras durara nuestra permanencia en la estación. Temían que, el pueblo, al enterarse de que estábamos siendo llevados como animales, nos rescatarían. Porque la verdad era esa, papito; todo el pueblo estaba indignado. Hasta ese momento, sólo el Comité de Defensa de los detenidos que presidía doña Teresa de la Matta –la mujer de Agüero, de la calle Lima- nos había ayudado.  Ella se movió como nadie. Publicó avisos en el periódico y radios para que nos ayuden a juntar plata para pagar nuestra defensa en el juicio. Cuando llegamos a Lima, los periódicos nos sacaron diciendo “Ya llegaron los asesinos”, especialmente “El Comercio” y “La Prensa”. En la cárcel de mujeres nos recibieron como hermanas, con admiración, porque le habíamos sacado el alma al abusivo, a aquel maldito que siempre andaba armado con su pistola, por eso el “Capachón Minaya” le puso el apodo de “Pancho Pistolas”. Claro, una que otra presa nos miraba con sobradera pero ahí conocí a la querida de “Tatán”, a la negra que le decían “La Rayo”, la “faite” del penal. Ella se hizo mi “adú”.

Con este puñal dorado

ábreme por un costado:       

ahí verás tu retrato

todo cubierto de sangre,

conforme tú me has dejado.

Nunca vi llorar a una mujer con tanta indignación como entonces. Los años que decantan o encienden pasiones, le habían marcado con signos de fuego. Un odio acérrimo lo acompañó hasta los últimos instantes de su vida. A partir de entonces, mi admiración y mi respeto, siempre estuvo con ella. De su parte también. Cuando me veía en la calle me saludaba con mucho acatamiento.

Las pocas veces que volví a verla observé que ya no estaba sola. En los brazos llevaba a un perrito muy pequeño y, caminando a su lado, otro mucho más grande: sus compañeros. Los animales, como si supieran, permanecían en silencio, sentados uno en su falda y otro a su lado. “Ya no soy una mujer sola, papito”, me decía y los perros movían la cola como si entendieran Transcurrieron los años y dejé de verla. Una vez que tuve que viajar a Lima por motivos de trabajo, murió. No pude estar en su funeral, pero la pena que invadió mi espíritu fue tan grande, que a mi retorno llegué hasta su tumba para elevar una oración por su alma. Los perros famélicos no se movían de su sepulcro.

Así era la “Anquicha”, que en paz descanse.

¿Te acuerdas de aquella noche

en que juraste quererme,

quererme toda la vida;

no para que me hagas sufrir,

no para que me hagas llorar.

 

 

 

La Anquicha (Primera parte)

(Fue una mujer admirable. Quienes estuvimos en los momentos más dramáticos de nuestro pueblo –yo era un niño- cuando por consenso decidimos arrojar al sátrapa que nos gobernaba, ella lideró a las mujeres del pueblo. Fue cruelmente maltratada por el gobierno. Conózcanla en esta sintetizada nota. Con más amplitud se vida esta detallada en nuestro libro PUEBLO MARTIR)

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Imagen referencial

Todos sabían quién era la “Anquicha”. Haciendo alusiones caníbales los cerreños decían muy orondos: “Si no te has comido a la “Anquicha”, no eres cerreño”, es decir que quien no había gozado de sus intimidades, no era cerreño. Todos la conocían, pero pocos sabían que apellidaba Panduro Ricapa. Bueno, a nadie le importaba. En nuestro pueblo, no hace falta el apellido cuando el nombre de alguien toma carta de ciudadanía. Aquí rápidamente se identifica cuando se habla de esos seres que han nacido con calor popular y estima general del pueblo. “Capachón”, “Chuño”, “Patas a la Oreja”, “Chorreao”, “Pecas”, “Rogromanca”, “Sirriachi”, “Mufle”, “Agatón”, “Trueno”, “Piñachuncho”, “Cura Bolo”, “Mote”, “Gran Chichí”, “Poeta”, “La machete”, “La Pachicche”, “La Pisacha”, “La manca shongo” etc. A este grupo de privilegiados del efecto popular pertenecía la “Anquicha”.

Desde su infancia fue compañera inseparable de la pobreza. Apenas era una niña cuando tuvo que ganarse el sustento diario desempeñando múltiples labores como chica de servicio, ama seca, mandadera, etc. Sus padres se habían desatendido de ella. Ya más grande, lavandera, planchadora, muchacha de servicio. En todo ese lapso fue conociendo la bondad y dureza de las gentes. Era obediente y muy servicial pero no permitía que la maltraten. “Mi vida ha sido muy triste, papito –me contó un día que charlamos en un velorio- lo que más me ha dolido fue que nadie me brindara un poco de cariño que siempre he necesitado en mi vida”.

Después de haber sido lavandera en Patarcocha tuvo que dejar la actividad tras una pulmonía que superó bajando de urgencia a Huariaca. Allí el aire benéfico con abundante oxígeno y su clima abrigado le repusieron la salud. Después –ya maltona y bien parada- quiso volver a ser trabajadora del hogar, pero ya no se acostumbró. El transcurso de los años la convirtió en mujer avezada y resistente de carácter indomable. Ésta era la única manera de mantenerse incólume en la vida riesgosa que llevaba. Todos los patrones que tuvo trataron de “abusar” de ella. El primero fue un ingeniero de la “Mining” en cuya casa trabajaba. Una noche que llegó borracho entró en su dormitorio y sin mediar palabra alguna la sometió a su dominio lascivo y la desfloró. Cuando la vio llorosa sacó una libra y se la puso en las manos. ¡Estaba pagada! “El maldito “Veneno” Proaño, me rompió”- dijo. Después ejerció de vendedora de tamales, pero fracasó. No toleraba que los compradores le llevaran la contraria. Tras sonados líos con sus clientes optó por “mandar todo a rodar” y decidió que era el momento de explotar sus soterrados encantos.

Llegó a comprobarlo –intuición de mujer- que los hombres la deseaban, pero ella, había clausurado su corazón hasta que encontrara a alguien especial que verdad la quisiera. No era una preciosidad de mujer pero poseía un discreto encanto que con un ímpetu indefinible atraía a los hombres. Diríamos, como los entendidos, que estaba dotada de ese secreto encanto que muy pocas mujeres pueden lucir: sex –appeal; vernáculo, pero sex-appeal. Misteriosa atracción que envolvía con sus invisibles lianas el corazón y, sobre todo, el siempre vigente deseo de los garañones mineros. De mediana estatura, flancos poderosos, senos alzados y recios, cintura estrecha, pletórica de salud, con una confianza enorme en sí misma. En el vuelo de sus polleras tenía anudado el corazón de muchos hombres. Ni jovencita, ni vieja; mujer de “medio tiempo”. Siempre vestida con ropas sencillas; no con la opulencia de las señoras de muchos bienes económicos, ni la paupérrima pobreza de las cholitas desamparadas; aquellas con abrigos entallados de la última moda, y éstas, con modestas catas de castilla. No. Llevaba  una vestimenta  con el número indispensable de polleras para su abrigo; sobre éstas, la falda de organdí con bordados de flores y  mandil de tocuyo floreado con amplias faltriqueras donde guardaba sus “ganancias”. En la parte superior, la polka ceñida con interiores de franela para evitar el escozor del “coca saco”; chompa de lana, tejida por ella misma y, finalmente, un florido pañolón de “Alaska” que la fábrica Maranganí promocionó en la sierra. Cubriéndole la cabeza un sombrero de fieltro a medio lado; primero un “Borsalino”, más tarde un “Stetson”, y finalmente  -su economía en picada-, uno de fieltro tosco: “Arregui”. Nunca usó sombrero blanco de paja. No le gustaba. Su cuidado personal era muy escrupuloso. Cada media semana con su “quipecito” de ropa limpia iba a los baños de la compañía norteamericana y se pegaba un duchazo prolijo; peinaba sus abundosos cabellos acomodándolos en dos trenzas gruesas y enormes. Su referente femenino era Chela Raycovich, guapa cerreña que en la alta sociedad barría con los hombres que babeaban por ella; hija de un  yugoeslavo en guapa mujer cerreña.

Dicen que de muerto todo se acaba,

dicen que de muerto, todo se olvida;

pero ni de muerto podré  olvidarte,

porque has sido como mi madre.

La Anquicha se convirtió en cotidiana asistente de bares y restaurantes. Jamás le faltó un pan para llevarse a la boca ni un trago para disipar su soledad. Vivía sola. “No tengo ni un perrito que me ladre” decía. Los bohemios, especialmente mineros, sabían muy bien que colmándole los manteles de los restaurantes tendrían la recompensa de las sábanas de su cama. Así era ella, no permitía melindres ni candideces. Sus favores los cobraba con creces. Vivía orgullosa de su cuna. Sin admitir réplicas decía: “Yo nací cerca de Dios, donde al cóndor le da soroche y a la llama le da calambres. Soy del Cerro de Pasco”. Era muy zahorí. Al pasar rápida revista de los parroquianos, descubría en un santiamén al líder del grupo que estaba bebiendo. El rito cotidiano comenzaba cuando estudiado el terreno y las características de sus “víctimas”, arrastraba su silla, y sin más, se sentaba a la mesa junto al más gastador; ya en el transcurso de la “huasca” iría a elegir a quien sería su pareja de esa noche. Jamás nadie le hizo desaire. Nadie se atrevió a “ningunearla”. Era una mujer todo coraje en un ambiente de pusilánimes; decidida y emprendedora en un mundo de indecisos; arrolladora cuando en derredor de ella las mujeres se agazapaban para llorar el abuso de los maridos o amantes; viperina y arrebatada que no permitía ningún abuso, menos con las mujeres. Ella sabía que la admiración y el homenaje que el pueblo le tributaba le facultaban para actuar así, con desparpajo y marcado orgullo. Todos recordaban cómo para la muerte del Prefecto, indignadísima, encabezó el movimiento femenino para expulsar al tirano  que nos avasallaba. Con un garrote en las manos, el grito conminatorio en la garganta quebrada de indignación, liderando una horda femenina corrió por los comercios, chinganas, “toneladas”, restaurantes y bares, ordenando su cierre para que la gente saliera a protestar a las calles. Fatalmente, aquella tarde, fue tanta la indignación del pueblo que no terminó sino hasta verlo muerto. Cuando acometió la represión, fue de las primeras en caer. Lucía flamígera en todas las fotos que Barzola había tomado. Nunca lo negó. Estuvo encerrada en la cárcel cerreña, la más dantesca mazmorra del mundo, de paredes de piedra, cubiertas de musgo siempre verde y húmedo, techos de calaminas viejas que originaba una gotera inacabable en donde lluvias y nieves son aberrantemente continuas. Una prisión helada donde el frío espantoso agravado por el agua que circula sobre el piso del empedrado la hace insufrible. Seguramente ni en la Siberia sufrirían tanto los presos como aquí. Entre tanto, en el colmo de la ignominia y el abuso, diariamente la sacaban enmarrocada, paseándola por las calles a empujones como a una vulgar delincuente. Querían lucirla escarnecida, humillada y rendida, “para escarmiento de las cholas” decían las autoridades. Ella jamás arrugó. Había que verla desfilando serena y altiva por las calles céntricas, ignominiosa pasarela del escarnio en aquel momento. Sus ojos fulguraban de orgullo cuando, muchos cobardes que la miraban se orinaban de miedo, temblando ante lo que les podía hacer aquel engendro de la estupidez y el abuso llamado Alejandro Esparza Zañartu, un nombre para la nómina de mal nacidos, sirviente incondicional del arrogante tarmeño Odría, como antes lo había sido Damián Mústiga, insignificante y venenoso como una ladilla, chupamedias del “Mocho” Sánchez Cerro. (Ambos dejaron siniestros recuerdos en todos los cerreños). Su mirada límpida de valentía y orgullo jamás fue domeñada. El trayecto de la cárcel al juzgado, era vía del diario peregrinaje de la mujer valiente. Todos la habían visto y, todos, sin excepción, aprendieron a admirarla. En la cárcel también tuvo que luchar bastante. Cuando cumplido su “franco” los guardias republicanos regresaban a la cárcel, al verla dormida, trataban de abusar de ella, pero en cuanto entraban como fieras hambrientas, la Anquicha se ponía de pie y, como el más experto de los peleadores, defendía su honor con uñas y dientes. Sus gritos despertaban a las otras mujeres y llegaban al pabellón de hombres que con gritos y zapateos de protesta calmaban a los abusivos. Muchos “repuchos” quedaron con las huellas de su valentía hasta que aprendieron a respetarla. Eso era semanalmente, hasta que un día conoció el amor; el único amor de su vida. Cuando lo vio por primera vez, quedó admirada. Era un guardia republicano, fortachón, de raza indefinible, de talla más que mediana pero de enorme envergadura; espaldas amplias y musculosas que se iniciaban en un cuello de buey, grueso, desmedidamente enorme; brazos recios de bíceps y tríceps notables y marcados; manos gigantescas con dedos gruesos como morcillas; cintura breve pero musculosa; muslos enormes y bien proporcionados con piernas  gruesas y gemelos bien definidos, perfectamente dibujados debajo de la piel brillosa. El rostro oscuro, terroso, ojos achinados como los de un japonés; labios carnosos y prominentes como los de un negro; cabeza pequeña y poderosa de pelos hirsutos y rebeldes como de un aimara. Era una extraña mezcla de razas que  habían  dado ese producto. Parecía un gladiador y en realidad lo era. Su enorme afición al box era excluyente. La superioridad le había permitido que en una cuadra hermética, aledaña al reclusorio de mujeres, instalara su gimnasio. Allí colgaba bolsas de arena, pera, mancuernas y sogas. De madrugada entraba a ejercitarse. Primero sogas, con la que hacía maravillas como si estuviera flotando en el aire sin peso alguno, luego sombra, con un mellado espejo fijado a la pared de piedra; después saco y pera. En ese lapso de dos horas, el hombre transpiraba a raudales. La Anquicha, sin hacer caso de las otras reclusas, le contemplaba extasiada por la mirilla, muda de asombro, viendo el cuerpo sudoroso que emanaba agresivos olores que la ponía nerviosa e inquieta. Eso diariamente. Procedió a averiguar su vida y se enteró que había sido remitido de Lima para cumplir un castigo por “haber desobedecido la orden de un oficial”. Eso era todo. El hombre, ¡claro! se dio cuenta de la muda admiración de su furtiva observadora. Un domingo que los visitantes se retiraban, él, sin aviso previo ni pronunciar una sola palabra, la tomó de la mano y la llevó a un escondite donde había un alijo de colchonetas la hizo suya. La Anquicha tampoco habló pero gozó como nunca. Los encuentros amorosos se sucedieron con gran regularidad –sin duda alcahueteados por los otros “repuchos”- pero en todo ese lapso, él no dijo una sola palabra. No hablaba pero, en silencio, dejó una cobijas nuevas sobre la cama de ella, otro día, caramelos, otro, galletas; eran regalos de su mudo amor. La Anquicha dedujo que él la quería y comenzó a soñar. Al salir libre de la cárcel se casaría con él aunque no dijera una sola palabra. Total, lo que ella necesitaba era amor y protección y no cháchara vacía. Quería un compañero para el resto de sus días. No importaba que él no se quedara; por lo menos, debía dejarla un hijo; por eso un día, cuando desbordada de pasión lo tenía consigo, acercó sus labios a los oídos del semental y, jadeante y urgida, masculló un pedido, mezcla de súplica y mandato: -¡Préñame!

La rosa tiene lindos colores

                       pero sus espinas hace sangrar,

                       así tú tienes bonita cara.

                       pero tus acciones me hacen llorar.

No hubo caso. Más tarde descubrió que las bebidas que le proporcionaba una huanuqueña para que no tuviera hijos, la había vuelto estéril. Esta huanuqueña especialista en “chamiquear” a los hombres, la había desgraciado para toda su vida. Nunca podría tener hijos. Un día el “repucho” desapareció como había venido, en silencio; ni su nombre llegó a saber, pero le dejó el sabor de un amor intenso e inolvidable.

 

 

EL MAESTRO, CARLOS REYES RAMOS

El maestro Carlos Reyes Ramos

Una de las personas que a lo largo de mi vida me ha impresionado grandemente fue Carlos Reyes Ramos, un artista tan extraordinario que nos dejó una enseñanza imperecedera de humildad y grandeza.  Permítanme recordarlo ahora.

            Era notablemente moreno, de talla mediana, talante modesto acentuado con su vestir, limpio y ordenado, pero sencillo. Cuando lo conocí, me impresionó su sencillez y su simpatía. Fue don Lucho Llanos quien nos  presentó. Había que hablar con él para llegar a conocerlo plenamente. Su plática sin ningún tipo de afectación dejaba traslucir una sólida preparación humanística. Desde el comienzo simpatizamos mutuamente. Mucho me impresionó sus comentarios acerca de mi programa ANTOLOGÍA que propalaba a partir de la once de la noche irradiando poemas con piezas clásicas de los grandes maestros y música romántica en alternancia. Él comprendía que era la única manera de hacer asequible al pueblo las creaciones de la poesía universal. Dotarla de un ambiente demasiado académico y serio, habría logrado ahuyentar a la audiencia que siempre fue numerosa. Por estos acertados comentarios, pude calibrar su preparación cultural, sólida y amena. Es más. En una oportunidad me alcanzó unas acertadas creaciones suyas que con mucho gusto las irradié y las publiqué en nuestra revista EL PUEBLO que gozaba de gran popularidad. Posteriormente aparecieron publicadas también en el periódico LA ANTORCHA.

Un domingo me sorprendió verlo arbitrar un partido de fútbol de la Liga. Lo hizo con acierto y se le abrieron las puertas del difícil e incomprendido deporte de juzgar las jugadas ajenas.

Pero la sorpresa mayúscula e inolvidable la recibí una noche en la que don Lucho nos hizo una invitación especial a LA ESQUINA DEL MOROCHO. Armó un hermoso programa evocativo en el que el número central lo ocupó Carlos Reyes Ramos. Sorpresa. Nos llenamos de enorme satisfacción al comprobar que era cultor de la guitarra clásica y conocido concertista en la Lima de aquellos días. Aquella noche, en atención al grueso de los invitados, especialmente gente de la radio, periodistas, maestros y otros intelectuales, acompañado de “Vichi” Llanos, ejecutó en laúd, hermosísimos valses populares que nos emocionaron mucho. IDOLATRIA, ROSAS DE OTOÑO, ISABELITA, LOS ROSALES, TU OLVIDO y muchos otros que  ganaron el aplauso general de los habitúes. La humorada llegó al tope cuando secundaron la interpretación de voces hermosísimas y perfectamente afiatadas de los Hermanos Llanos: Marcial y Lucho. Ellos, al estilo implantado por aquel inolvidable trío argentino de Irusta – Fugazot y De Mare, nos hicieron vivir todo el esplendor de los valses que siempre están presentes en la memoria. Jamás olvidaremos aquella noche amenísima que terminó el domingo a las ocho de la mañana con un reconfortante caldo de cabeza…

Olvidaba comentarles que en aquella velada, con una cortedad conmovedora nos ofreció sus servicios personales de sastrería. Como era de esperarse, ganó numerosísimos clientes. Así que en el transcurso de una semana nos visitaba trayéndonos figurines y muestras de telas de excelente calidad, nos tomaba medidas que anotaba en un cuaderno y recortaba un pedazo de la tela elegida junto con el compromiso. A la semana siguiente ya nos estaba probando los trajes. Hacía ajustes con alfileres y puntadas, trazos con tizas e hilvanes y,  nuevamente se llevaba los trajes a Lima. A la semana siguiente ya los teníamos listos. La totalidad de sus admiradores le encargábamos nuestros ternos. Sólo de esa manera podíamos gozar de sus visitas semanales. Se alojaba en la casa de su anfitrión y hermano de juramento, don Lucho Llanos, en donde siempre fue tratado con un cariño y respeto extraordinarios. Doña Isabel Goyena, esposa de don Lucho, su hijo Vichi, Ignacio y sus hermanos, se desvivían por atenderlo. No podía ser  menos, don Lucho siempre fue un caballero a carta cabal y, Carlitos bien se lo merecía.

Sábados y domingos, cuando nos visitaba, tras los encuentros futboleros, recalábamos a la ESQUINA DEL MOROCHO y allí, pudimos  gozar de su acertada digitación en ejecuciones clásica con piezas de Soir, Tárrega, Villalobos, Rodrigo y muchos otros maestros inolvidables. Es más, con esa sensibilidad muy suya, hacía marco flamenco -que también dominaba-, para invitarme a recitar poemas de Ochaíta, Rafael de León, García Lorca y otros poetas españoles; todo con una aceptación general que me conmovía. A partir de entonces, casi en todas las humoradas de LA ESQUINA DEL MOROCHO alternábamos con música y poesía. La costumbre se extendió y sirvió para que hagan conocer sus creaciones varios poetas lugareños como Juvenal Augusto Rojas, Carlitos Rodríguez Minaya, Arnulfo Becerra Alfaro y un inquieto joven que había llegado del norte a prestar servicios en el Colegio Carrión: Genaro Ledesma Izquieta. Como es natural, mi admiración y mi afecto hacia Carlitos crecieron enormemente. Él correspondía con creces este sentimiento fraternal. Lo admirable de todo –yo diría, ejemplar- que no obstante ser un artista de tantos pergaminos, siempre buscaba mantener un perfil bajo con humildad conmovedoramente admirable. Es más, solía contar con un gracejo especial numerosas anécdotas en las que no siempre salía bien parado.

Una de ellas dice que estando apremiado de viajar al asiento minero de Chicrín –a doce kilómetros del Cerro de Pasco- sin que apareciera ningún carro que pasara por aquel lugar, vio que a la puerta del restaurante EL VIAJERO se hallaba una camioneta de aquella compañía minera.  Urgido como estaba entró en el establecimiento y pidió a los ingenieros que allí estaban almorzando, que por favor lo condujeran al mencionado lugar. Naturalmente aceptaron la petición, pero le dijeron que como en la cabina no podrían caber todos, se acomodara en la parte posterior. Carlos subió, se acomodó y esperó a que los ingenieros salieran del restaurante. Ya estaba un buen tiempo sentado allí, cuando advirtió que un canillita que voceaba los periódicos limeños, lo contemplaba de arriba a abajo  de una manera tan escandalosa que ya molesto le preguntó.

— ¡¿Que  miras tanto muchacho del diablo?! Acaso, ¿Tengo monos en la cara?

— No, señor.

— Entonces, ¿Qué tanto miras?

— Miro porque: ¡Es la primera vez que veo una camioneta con chimenea! – y diciendo esto, carcajeándose escandalosamente se alejó del lugar.

Otra vez ocurrió lo siguiente. Un domingo en la mañana, antes de ir al estadio donde ambos debíamos cumplir nuestras correspondientes tareas, me dijo que el gran Alirio Díaz, extraordinario guitarrista venezolano, entonces visitante de nuestra capital donde estaba actuando y alumno preferido del maestro Narciso Yepes, estaba buscando una guitarra de doce cuerdas y la quería para su colección particular que era muy conocida. Como estos instrumentos se vendían en el mercado cerreño fuimos allá. Efectivamente, pletóricas, con adornos especiales, colgando de la parte alta se lucían cuatro o cinco guitarras de doce cuerdas. Como quien no quiere la cosa le solicitamos al vendedor a que nos las mostrara, eso sí, sin traslucir ningún entusiasmo para evitar que nos subiera el precio. Carlos probó una y otra hasta que eligió una muy bonita. Como se usa en estos casos, comenzamos a regatear el precio. El dueño se había plantado en ochenta soles y nosotros le ofrecíamos setenta. Tanto fue el tira y afloja que transamos en setenta y cinco y, al momento de cancelar la cuenta, el dueño nos dijo; “Como se están llevando una buena compra, voy hacerle un regalo al “negrito” y, uniendo la acción a la palabra, le entregó un librito que tenía como título: MÉTODO PARA APRENDER A TOCAR GUITARRA. Naturalmente no entendió el significado de nuestra risa carcajeante. ¡Le estaba regalando un método a quien era un maestro sin igual de la guitarra!

Recuerdo claramente que una noche sabatina – transmitían el  programa ASÍ CANTA EL CERRO DE PASCO con sus animadores propios por lo que tenía anuencia para no asistir- me encontré con Carlitos y nos pusimos a conversar. Él siempre traía noticias frescas de los grandes movimientos culturales que se desarrollaban en Lima, como conciertos, presentaciones teatrales, ballet, ópera, zarzuela, etc. y me regalaba con programas de sus conciertos en algunas instituciones culturales que lo habían invitado. Como es fácil colegir, la conversación además de nutrida y amena, era muy extensa. Ya habíamos caminado bastante tiempo y nos moríamos de frío cuando decidimos entrar en un restaurante a beber un café caliente que mucho lo necesitábamos. Entramos en el HOTEL BOLÍVAR donde había un saloncito dotado de una abrigadora estufa siempre fogosa. Aquella noche llegamos tarde. La mesa cercana al calefactor estaba ocupada por un nutrido grupo de profesores de la Universidad, con su Rector, Oscar Recoba Chévez, un gran amigo que al vernos entrar tuvo la amabilidad de invitarnos a sentarnos a su mesa, pero debido a sus compañeros apristas, me negué muy cortésmente a hacerlo. Le dije que quería dilucidar un tema muy importante con mi amigo y que después aceptaría su invitación. Creo que no es demás decir que yo desempeñaba el cargo de Presidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad y todos aquellos profesores creían que yo era comunista por no haberme alineado con ellos. Falso. Yo mantenía mi independencia absoluta. Bueno el caso es que, aceptadas las disculpas, el Rector siguió con sus amigos y yo con el mío. Al poco rato ya estábamos enfrascados en una amena conversación cuando oímos escandalosas aclamaciones, gran salva de aplausos y comentarios de admiración a grandes voces. El chofer de la Universidad acababa de entregarle un hermoso estuche de guitarra al Rector. Éste en medio del clamoreo general, aplausos y silbatinas de aprobación, abrió el estuche y sacó una hermosa guitarra FALCÓN de concierto. ¡Qué bello instrumento! Los ojos de Carlitos brillaban al contemplar la joya. Yo quedé mudo de asombro, mucho más cuando escuché decir al Rector.

— ¡Esta es la joya más hermosa que tengo en la vida y acabo de comprarla en Lima! Me ha costado dieciocho mil soles, pero bien merece el precio. Es una magnífica guitarra de la que nunca me desharé. Solamente la quebraría en mil pedazos si encontrará que alguien la tocara mejor que yo. Pero eso es imposible. Así que para inaugurarla, voy a interpretarles un valse que está  de moda en todo el Perú. ¡Víbora!.

Las aclamaciones y vivas no se hicieron esperar y al instante hizo la introducción pertinente del vals anunciado y con mucho aliño y acierto se echó a cantar y, mientras lo hacía, yo quedé amoscado por su soberbia y falta de humildad.

Cuando hubo terminado y los aplausos no se acallaban, me acerqué a su mesa y le dije:

— Dijo usted, señor Rector, que nadie toca mejor que usted?

— Dije –me rectificó- que yo haría añicos esta guitarra si encontrara a otro que    tocara mejor que yo”.

— Entonces, ¿Puede prestármela un momento?

— ¡¿Toca usted, caballerito?!

— No, pero…! Carlos! –llamé a mi amigo que no quiso acercarse en un primer momento porque no le había pedido anuencia para hacer lo que tenía que hacer, pero cuando vio la guitarra en mis manos, se acercó, tomó una silla, la cogió, la templó brevemente y ante la admiración extraordinaria ejecutó “Los sitios de Zaragoza” poniendo al descubierto toda la gama de su arte maravilloso e inconmensurable, especialmente cuando simula el redoble de tambores y la marcha militar de inigualable contornos épicos. Cuando terminó, eran unánimes las aclamaciones en pie de los circunstantes de ésa y las otras mesas. Me entregó la guitarra que a mi vez se la devolví al Rector y tras una venia respetuosa, nos retiramos. Estábamos por sentarnos cuando escuchamos un estrépito impresionante y al dar vuelta, vimos estupefactos que el Rector  sostenía en sus manos sólo el mástil de la bella guitarra y el resto, convertido en astillas, pendía de las cuerdas. La había hecho trizas en la columna de la sala sin que nadie hiciera nada por detenerlo.

— ¡Gracias, maestro! ¡Acaba de darme una hermosa lección de humildad! ¡¡¡Usted sí es un guitarrista!!!- le dijo a Carlitos estrechándolo en un abrazo largo y emocionado. Yo sentí en el alma el triste final de la guitarra. Más edificante hubiera sido que se la regalara. Habría sido un premio excepcional.

Por lo demás, nuestra amistad con Carlos fue creciendo intensamente. La noche que estrené LA DAMA DEL ALBA de Alejandro Casona en el teatrín “Leonardo Arrieta” del INEI, lo vi en primera fila al lado de muchos fraternales amigos que siempre me han respaldado, especialmente los asistentes a la “Esquina del Morocho”. Su presencia me daba una fuerza notable porque yo sabía que me estaba apoyando en esa cruzada  que hace tiempo realizamos en nuestra tierra. Al final del cuarto acto, cuando los aplausos generosos coronaban nuestro esfuerzo, lo vi de pie, con una fogosidad extraordinaria en los aplausos y las aclamaciones y, no lo olvidaré, dos enormes lagrimones rodaron por sus mejillas morenas y buenas. Mismo sollozo que compartimos la noche en que el Cerro de Pasco se clasificaba para representar al centro del Perú en el campeonato Nacional de Básquetbol. Aquella noche, en medio de una lluvia imparable, se culminaba con una gran campaña. Don Lucho Llanos, Enrique Suárez, y Carlitos Reyes, eran los directivos de aquella empresa. Realizadores de un sueño maravilloso. No dejaban de llorar abrazados como hermanos en tanto el público empapado pero emocionado los aplaudía generosamente.

Un día que había llegado a entregar las obras, se sintió muy mal. Con el apremio que el caso requería lo trasladamos a Huariaca, un lugar bajo, respecto del Cerro de Pasco. Allí el médico nos hizo saber que, gracias al oportuno auxilio, había salvado la vida. Él no debía subir al Cerro de Pasco, su corazón estaba muy enfermo. En la tarde, cuando lo embarcamos en la Agencia Arellano nos estrechamos en un abrazo extenso e interminable que nunca olvidaré. Teníamos los ojos nublados. Fue la última vez que nos vimos. Al poco tiempo me enteré de su muerte. Me sentí tan triste y no puedo olvidar sus muestras de afecto sincero y desinteresado. Es decir nos regaló con su presencia en momentos que más lo necesitábamos. Adios amigo entrañable.

DOMINGOS POR LA TARDE

River Plate

Contaba con diez años –magia de una edad inolvidable- cuando descubrí el sortilegio de la Radio. Un pariente que ocupaba un cargo muy importante en la Railway Company, había adquirido un gigantesco aparato receptor   que despertó la admiración de los vecinos del barrio.

Colocado en la  parte más visible de la sala, ceremonioso, sintonizaba las emisoras más lejanas para impresionar a sus amigos que lo visitaban. Todos quedaban gratamente sorprendidos de admiración. No era para menos. A la simple manipulación de una pequeña manija, se contactaba con una emisora que estaba al otro lado del mundo.

Este caballeroso señor, jefe de tránsito de los ferrocarriles locales, me dispensaba  un afecto especial que nunca olvidaré. Un día tuvo la bondad de invitarme a su casa para escuchar la radio cuando quisiera. Yo no esperaba otra cosa. Todos los domingos, cumplidas mis obligaciones, cerca de las tres de la tarde llegaba a su casa y, juntos, como viejos amigos, nos poníamos a escuchar las emisoras, especialmente argentinas que, a esa hora, iniciaban sus transmisiones dominicales de fútbol. ¡Qué emoción! El milagro empezaba cuando lo “prendía” y el dial se iluminaba mostrando, como mágico reloj de milagros, una serie de números, rayas y extrañas nomenclaturas; luego de un silencio expectante le seguía una sucesión de ronquidos y silbidos alternados,  como si la transmisión llegara de un planeta lejano. Entre roncas vibraciones y agudos pitidos interplanetarios (así lo habíamos visto en las películas de Flash Gordon), la aguja, parecida a la única manecilla de un reloj, giraba por los 49 metros de la onda corta y, en cuanto captaba la señal, todo cambiaba. Ya estábamos en Buenos Aires, a través de las ondas de El Mundo, Radio Belgrano, Splendid, Rivadavia, Mitre.  Donde se escuchara el peculiar sonido futbolero, ahí nos quedábamos. A partir de  ese instante la señal llegaba con una claridad asombrosamente nítida. No me extraña. Estábamos ubicados en las lindes astrales de cinco mil  metros sobre el nivel del mar, cerca de Dios y asentados sobre  un colosal basamento de cobre puro que, con una fuerza poderosa, atraía las ondas hertzianas desde inalcanzables latitudes geográficas, aunque, allí, en la mágica caja de la radio, estuviera a unos milímetros solamente. ¡Cómo me encantaba el fútbol! En la vidriera sonora de entonces, cada una de las radios nombradas tenía a sus relatores, comentaristas y locutores deportivos. Entre los primeros estaban: Horacio  Beblo, Enzo Ardigó, el Relator Olímpico y Lalo Pelicciari. Pero, el más grande de todos, el maestro Fioravanti. ¿Cómo olvidar aquella maravillosa  experiencia de escucharlo a centenares de kilómetros de distancia?

Con el corazón galopante concentrábamos toda nuestra atención en la mágica descripción con que el maestro relataba lo acontecía en el campo. Acicalado y modoso, llamaba FIELD al campo de juego. Era la moda.

— ¡¡¡Ha ingresado en el field, triunfante y arrolladora LA MÁQUINA del River Plate!!!

La explosión de un bullicio compacto, impresionante, avasallante, llegaba hasta nosotros, haciéndonos sentir integrantes de ese fantástico espectáculo. Mi corazón, mi pobre corazón de niño huérfano, galopaba a mil kilómetros por hora y parecía que iría a salírseme por la boca. Nos sentíamos sentados en la tribuna del estadio argentino. Con atención, casi con reverencia, escuchábamos la conformación del equipo:

—¡Don José Soriano, “El  caballero del Deporte”, como capitán general, guardando el arco millonario! -decía Fioravanti.

¡Qué emoción!  ¡Qué orgullo! ¡Un peruano triunfador! Con su nombre antepuesto por un don, del tamaño del respeto y admiración argentinos en la voz del maestro inolvidable,   respaldado por el aplauso justo y emotivo de un público entendido.

— ¡Ricardo Vaghi y Norberto “Estampilla” Yácono, en la defensa del área. (Aquella vez, sólo dos hombres guardaban tremenda área marcada de cal). ¡Otra ráfaga de aplausos, gritos y maquinitas deportivas,  avivaba la narración que se oía lejana, como de otro mundo. Luego continuaba. La  línea medular de Alves con Alberto Gallo, Antonio Báez y Roberto Coll –más aplausos y maquinitas.

— En la delantera -decía el maestro en medio de una explosión de palmas y gritos de la hinchada millonaria- ¡Juan Carlos Muñoz, de winger derecho; José Manuel Moreno, de insider derecho; Adolfo Pedernera, de centro forward; Ángel Amadeo Labruna, de insider izquierdo y, Félix Lousteau, de winger izquierdo! Tras cada nombramiento, gritos, aplausos y la reventazón de cohetes ensordecedores. Eso era en mi caso. En el del tío Santiago, hincha por  lealtad laboral,  cuando uno de los  protagonistas era FERROCARRIL OESTE.

Durante los noventa minutos que duraba el partido, vibrábamos con la voz siempre amiga, siempre grata del inolvidable maestro Fioravanti. ¡Qué imborrables tardes aquellas! Tras cada gol con su grito inacabable de triunfo, mi pobre corazón reclamaba el abrazo del padre que nunca tuve. Sólo la cómplice sonrisa del viejo carrilano lo reemplazaba. ¡Que Dios lo bendiga! Tres días después, volvíamos a vivir la emoción del encuentro en las crónicas escritas de Oswaldo Ardizzone, Dante Panzeri, Onelio Lazzati, Pepe Peña, Armando y Liberti en las páginas de la extraordinaria revista que guarda en sus páginas la historia viva del deporte argentino, EL GRÁFICO. Allí escribía otro “Señor” del fútbol, un periodista asombroso, don Ricardo Lorenzo “Borocotó”. Nunca alcancé a leer otra pluma más hermosa especialmente cuando refería pasajes de la historia del “fóbal” en sus famosas “Apiladas”. Cuando puntualizaba las hazañas de los mejores, principalmente de aquellos pibes que emergieron de los potreros argentinos para coronarse en la cima de la gloria. Aquellas notas asombrosamente conmovedoras, estaban urdidas con un acicalamiento y emotividad inolvidables. ¡Qué grande “Borocotó”!

Por aquellos días –permítanme la digresión- con los chicos de la escuela, yo conformaba un “Team” muy temible que representaba al Segundo “A” de primaria y al que le puse “La Máquina” como la de River. Al vernos jugar tan acicaladamente con pases precisos y gambetas elegantes, nuestro maestro de la sección, Mamerto Galarza Mayor, “El Gato”, en  el paroxismo de la admiración lo cambió por: “LA BORDADORA”. Fue la oncena al que sólo los grandazos del sexto año, con muy malas artes y a punto de patadas, doblegó en el  campeonato Intersecciones de aquel año de 1945. ¡Quedamos segundos después de bailar a tremendos rompepiernas!. En la delantera de aquel equipo jugábamos, Fena Livia Chávez, un mago espectacular para mover el balón; El Pato” Pagán, “Uto” Soto, Agustín Bustamante, Humberto Bernuy, Antonio “Cara de palo” Quintana y, yo, el “Cushuro”. ¡Cómo olvidarlo!

Aquel año lucimos unas camisetas moradas con rayas negras de mangas largas y pasadores en el cuello que nos regaló don Cipriano Proaño, Alcalde del pueblo. Y nos las regaló porque nadie se había atrevido a comprar aquellos uniformes de colores tan tétricos como para una funeraria. Con esas camisetas descomunales, que nos llegaban hasta los talones  causamos sensación en la escuela. ¡“La Bordadora”!. Al finalizar el último partido del campeonato, grité como nunca. ¡La Bordadora es como la “Máquina” del River!  Todos me aplaudieron.

Por otro lado –anudando los hilos del recuerdo- estábamos muy bien enterados del acontecer futbolístico argentino de aquellos días. Particularmente para mí constituía una gran satisfacción llegar al Club “Centro Tarmeño”, en cuya salita de estar podía ver a Máximo Lazo, notable centro delantero; Enrique Wilson, incomparable wing izquierdo; Abel Herrera, insider derecho colosal; Benito Alfaro, salido de las canteras del “Huracán”, con un toque maravilloso de pelota y otros maestros del fútbol. Tras saludarlos, solicitaba al bibliotecario el último número de aquella joya del periodismo deportivo de entonces: EL GRÁFICO. ¡Qué emoción! Conocer a través de las fotografías a los cinco de la “Máquina del River” ya nombrados y a las estrellas de otros clubes como Mario Boyé, Arsenio Erico, Bernabé, “La Fiera” Ferreira”, “Tucho” Méndez, con su pinta de actor de cine; “El zorro” Stábile, Ángel Perucca, René Pontoni, Antonio Mourino, León Strembell, Ezra Zued, Juan Carlos Colman, y tantos y tantos cracks que nos hicieron soñar. La influencia del fútbol argentino fue tanta en nuestra tierra que, a lo largo y ancho de su territorio, destacaron equipos de barrio como: San Lorenzo de Almagro, River Plate, Independiente, Huracán, Racing, Atlético Banfield Club, etc.

Cuánto bien nos habría hecho ver jugar a nuestros ídolos como ven los chicos de  ahora, en la televisión. Sin embargo, inspirados por es  maravillosa intuición de niños, hilvanábamos jugadas notables. Es más, con Fena Livia fuimos los primeros en imitar a ese gran jugador nuestro, Baldomero Meza Limas, “Challwa”. Él era el único que realizaba espectaculares  “Chalacas” que otros llaman “Caracoles”. Con Fena cobrábamos cinco centavos por cada “Chalaca” espectacular que efectuábamos a la orilla de la laguna de Patarcocha. Los mayores nos pagaban gustosos por las demostraciones. Nuestro principal cliente era “Michilín” Gutiérrez. Algunos aprendieron, otros no, pero tras numerosas  demostraciones teníamos para pagar las entradas a las seriales de los viernes el en “Cine Grau”. Los domingos eran sagrados para mí. Ese día estaba destinado a vivir las más grandes emociones con los relatos transmitidos por la radio que, al fin y al cabo, eran la máxima diversión que podía alcanzar. En tanto los escuchaba, soñaba –mi ilusión infantil de aquellos años- conque algún día integraría un equipo famoso como el River, o llegaría a ser un brillante narrador de fútbol como Fioravanti. El primer deseo no se cumplió, pero el segundo sí. Con creces. Fui relator radial de las emisoras de mi pueblo con solvencia y con cariño. ¿Lo recuerdan…?

La fabulosa “Máquina” del River Plate de Buenos Aires. Están Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Losteau.

la maquina de river plate
La fabulosa “Máquina” del River Plate de Buenos Aires. Están Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Losteau.

 

PEDRO ÁNGEL CORDERO Y VELARDE

Pedro Angel Cordero VelardeDe todos los pintorescos personajes que recordaban nuestros viejos en sus amenas tertulias de club, resaltaba con luz propia el excéntrico chiflado, músico, poeta y loco: Pedro Ángel Cordero y Velarde. Cerreño, de padres ayacuchanos, había nacido en el barrio de Matadería, el mismo año en  que moría nuestro mártir Daniel A. Carrión, 1885.

Dotado de un excepcional “oído” para la música, precoz e infaltable en retretas y bullangueras celebraciones, se inició en el  redoblante para después –aplicado y emprendedor- asimilar los secretos de gran cantidad de instrumentos en las magistrales enseñanzas de inolvidables maestros. El primero de ellos, el que modeló su carácter y lo puso en el camino del éxito con exigentes enseñanzas fue Markos Bache, notable maestro croata, nacido en Dubrovnik; traído por el consulado Austro – húngaro para dirigir su orquesta sinfónica y su banda de músicos del  “Centro Musical Slavo del Cerro de Pasco”, de notable éxito desde fines del siglo XIX. Llegó a dominar todos los instrumentos de cuerda, viento y percusión; mas fue con la trompeta con la que alcanzó maestría ejemplar. Estudioso como pocos, en la primera década de nuestro siglo, lo encontramos dirigiendo a “La Cosmopolita”, Banda de Música de la Benemérita Compañía de Bomberos Salvadora No 1.

Alegre y hablantín como pocos, enteco, pequeño y cetrino como todo mestizo, tenía unos ojos juguetones e inquietos que revelaban una inteligencia notable. A medida que transcurrían los años, sus iniciales y hasta inocentes palomilladas fueron adquiriendo caracteres alarmantes. Ya no eran simples guasas, bufonadas o chistes, sino locuras que iban adquiriendo tonos que salían del carril de la normalidad. A estas actitudes fuera de tono aunque risibles para la mayoría, el pueblo las bautizó como “corderadas” en directa alusión a su apellido.

Al entrar en la segunda década del siglo siguiente, crítico mordaz e inoportuno, no perdió ocasión para zaherir y mortificar públicamente a las autoridades con sus comentarios fuera de tono y sus pullas comiquísimas que todos celebraban alegremente. Bueno, todos no; los damnificados, especialmente personas notables, no veían ninguna gracia en aquellas ocurrencias. Cansados de sus excentricidades y falta de seriedad en el cumplimiento de sus funciones, los amoscados “manda más” cancelaron sus servicios y lo pusieron de patitas en la calle. No aceptaron más sus “corderadas”.

El damnificado, por su parte, convencido de que su figura agigantada por obra y gracia de su alterado cacumen era de muy grandes dimensiones para un escenario estrechamente pequeño como el Cerro de Pasco, decidió marcharse. Un día, rodeado de gente que lo admiraba y gustaba de sus “corderadas”, largó su último maratónico discurso cargado de tristeza muy sincera en el que confesó que se iba a la capital a ocupar “el sitial al que  tenía derecho” y que si Rumimaqui –a quien tanto admiraba- no había podido restaurar el lugar de “Apu Inca” que tampoco lo había podido lograr su antepasado Juan Santos Atahualpa, él lo lograría con creces. ¡Lo juró solemnemente! Gruesos y sinceros lagrimones sellaron la despedida. Así, apesadumbrado pero decidido, partió con rumbo a Lima a ejercer el gobierno de su “ínsula baratería”.

                                                Siempre dan pena los que se quedan,

                                               siempre dan pena los que se van.

 

                                               Los que se van, se van muy tristes,

                                               los que se quedan, quedan llorando.

 

                                               Siempre dan pena los que se quedan,

                                               siempre dan pena los que se van.

Llegado a Lima se avecindó en un solar de la calle San Ildefonso en donde, deseoso de conquistarlo, conformó una orquesta sinfónica con jóvenes músicos peruanos. Diez años estuvo al frente de esta quijotesca agrupación  ofreciendo conciertos en barrios y pueblos cercanos a la capital. Se encontraba triunfante y pletórico en esta tarea cuando se produjo el terremoto del 40 que destruyó su vivienda, sus instrumentos, partituras y todo lo que poseía. Quedó en la calle. Esto agravó su chifladura. En 1942, en plena guerra mundial, afincado en una casa semi-destruida de la calle Zavala, funda la “Academia de Música Cordero y Velarde”, donde impartía clases de teoría, solfeo y ejecución de instrumentos.  El éxito que obtuvo en esta institución elevó su entusiasmo y se dedicó en cuerpo y alma a brindar lo mejor que tenía a los jóvenes que estudiaban en su Academia. Una de sus más dinámicas alumnas fue la joven soprano Rosa Aguilar que, andando los días transformó en loco amor su profunda admiración por el maduro maestro. Decidida a compartir los desmesurados sueños del artista, se casa con él. Al lado de esta abnegada y ejemplar compañera funda el “Teatro Folklórico” con el que cumple notable actividad artística. La calidad de su elenco es notable. Con Rosita Aguilar están,  Julia Peralta, Inés Oropeza, Blanca Santiago y Julio Castillo, como figuras principales, con los que preparó el montaje de las Óperas nacionales “Sumac – Ticka” e “Ima Sumacc” a llevarse a efecto en el Teatro “Conde de Lemos”. Fatalmente, por motivos económicos y de otra índole, jamás  llegaron a estrenar. Uno de sus más notables alumnos, el músico cuzqueño Alejandro Vivanco, conmovido, dice de él lo siguiente: “ Puedo dar testimonio de su calidad de músico, porque después de las lecciones de solfeo, al advertir mi curiosidad, me mostraba orquestaciones completas de música incaica de su creación para sus dramas; también rico vestuario y decorados. En cada ocasión se sentaba al piano de cola y me hacía oír las arias y pasajes que a su criterio eran los más interesantes. En esa ocasión me obsequió sus dos partituras editadas: “Himno a la Redención Peruana” y “Daniel Alcides Carrión”, poema musical dedicado a su paisano.”. Sin embargo, es necesario decirlo: con sus ambiciones crecía también su chifladura ya muy conocida en toda Lima”.

Conocedores de sus sueños de grandeza y exorbitantes ambiciones, el periodista peruano Federico More y el músico ayacuchano Osmán del Barco –exitosos personajes aquellos días- deciden jugarle una broma y en el periódico EL HOMBRE DE LA CALLE que publicaban, le insinúan que se postule a la Presidencia de la República. Emocionado el hombre otorga poderes plenos a sus mentores para que lo inscriban. Informado posteriormente que había perdido los comicios nacionales, cae en una depresión profunda. Fue suficiente. Persiguiendo la inalcanzable quimera del poder, había despilfarrado todas sus propiedades. Cuando se dio cuenta del engaño, derrotado y empobrecido, más solo que nunca, en el clímax de su locura, le quedó la fantasía de que no sólo era Presidente del Perú sino también, “Apu Capac Inca, Emperador del Perú y Conductor del Mundo; Soldado de Tierra, Mar, Aire y Profundidad; Rey de Financistas y Mago del Estado por Voluntad Divina” y, claro, comenzó a ejercer su “mandato presidencial”.

En su desquiciada fantasía, había logrado asumir la Primera Magistratura de la Nación. A partir de entonces se le veía ataviado con una llamativa indumentaria.  En honor a su alta investidura lucía un chaquet negro de solapas grasientas tachonado de llamativas condecoraciones de hojalata y espejuelos cruzado por la “Banda Presidencial”. Su infaltable sombrero de tarro, desgastado y  fileteado de roturas y magulladuras, realzaba su serio continente. Su paso siempre raudo y parsimoniosamente serio, -camino de cualquier parte-, lo conducía arrebatado entre risas y comentarios de los viandantes del famoso jirón de la Unión. Cuando alguien, siguiéndole la corriente, le preguntaba adónde iba, invariablemente contestaba:

—!Estoy muy apurado, me necesitan en Palacio! Tengo una cita muy urgente- y continuaba siempre arrebatado a grandes trancos a cumplir con su imaginaria cita.

Era muy común verlo pronunciar extensos discursos cargados de entusiasmo como de risibles propuestas de Gobierno. Llevaba consigo –periodista combativo y vocinglero- ejemplares de su periódico EL LEÓN DEL PUEBLO, “Sale cuando puede y pega cuando quiere”, claro muestrario de su locura y enajenación inofensivas. En su primer número dice en unos versos

Qué eco más resonante,

                                               es hoy el ,¡ Viva Cordero!;

                                               será el Presidente primero,

                                               que al Perú lo lleve avante.

 

                                               Pobres y ricos serán,

                                               lo que ellos debieron ser,

                                               tenemos oro, plata y mujer,

                                               que ustedes no negarán

 

Nunca cesó de impugnar todas las elecciones que se vivieron en su tiempo porque, los otros  “en el imposible caso de ser elegidos en el cargo de Presidente, no podrán realizar ningún programa sin mi consentimiento, pues todos los proyectos habidos y por haber son míos, me los han robado”. A través de su periódico hizo público el contenido de su combativo epistolario.

En su edición correspondiente al 18 de febrero de 1960, por ejemplo,  el Conductor del Mundo le decía al Presidente Manuel Prado, “El año 1956 le dije en el LEON DEL PUEBLO, lo desdichado que iba a ser su gobierno, como así ha sucedido, porque mi palabra es autorizada cual de un profeta, porque tengo la huella divina”..”Para el 8 de diciembre del año 1957, le pedí que me entregara el mando pero su feroz orgullo me lo negó. En 1958 mi partido, la Juventud Corderista, le pegó en el Campo de Marte una terrible pifiada que no olvidará por sécula seculorum, con palabras soeces que cualquier gobierno hubiera renunciado, pero usted, sordo como una tapia, se zurró en la noticia, lo que quiere decir que su dignidad fue verde y el burro se lo comió”.

 En la edición del 15 de junio de 1956, alega en su editorial: “… y espero que esta vez, por dignidad se me haga justicia y se me entregue la Presidencia, porque es designio de Dios y de mi pueblo…yo propugné todas las grandezas que hoy posee el Perú mientras ustedes me plagian y no han hecho nada y nada harán”.

 En 1958, indignado, decía: “El tiempo de la impostura y del engaño, de la opresión y de la fuerza, está ya lejos de nosotros y sólo existe en la historia de las calamidades pasadas. Por eso vengo a poner término a esta época de dominación…”.(…) “Me causa dolor ver desde mi Atalaya de Emperador, o Inca Wasi, cómo el cielo azul de la convivencia que no es cielo ni es azul, está adquiriendo un aspecto aborregado”.

El año siguiente, gritaba: “¿Hasta cuándo nos van a moler 800 millones de déficit del Erario Nacional…Déjenme la Presidencia que si ustedes no pueden, lo pago yo, porque soy el rey de las finanzas y mago del Estado”.

 Pobre mi patria querida,

qué malos hijos te han dado,

mas ya sabré defenderte,

porque yo no estoy comprado.

 

En su gobierno pasado,

mil millones se llevó,

y a nadie cuenta le dio,

al manicomio lo envió,

y por las puras alverjas,

la Presidencia agarró.

 El notable músico, Alejandro Vivanco, en otro pasaje de sus memorias recuerda así a su maestro Cordero y Velarde. “El año en que el doctor Jorge Prado llegó de Brasil como candidato a la Presidencia, sus parciales organizaron un mitin en la Plaza Dos de Mayo para presentar su programa, pero ese mismo, día Cordero y Velarde improvisó otro mitin; enterado el pueblo llenó la Plaza San Martín y dejó desairado a Prado”.

 “Cierta mañana llegó a la Librería “La Pluma” de la calle Trinitarias que yo regentaba y como de costumbre me contaba sobre su rutina diaria. En eso recibió un mensaje de larga distancia a través de una concha marina de caracol que llevaba en el bolsillo. (Se adelantaba en muchísimos años a la aparición de los modernos teléfonos celulares). Escuché el siguiente diálogo, “¡¡¡Aló, aló, querido Adolfo Hitler!!!. Hablas con el Emperador Cordero y Velarde, Conductor del Mundo. (pausa) ¡Gracias por interesarte por mi Imperio!. Estoy en vísperas de recuperar la silla presidencial. Caso contrario tendré que abandonar el país para ir a informarle al Santo Padre. ¡A propósito, Adolfo, hermano del alma mía, si hablas con el ingrato de Benito (Mussolini), dile que estoy pendiente de su llamada. ¡Ama sua, ama jella, ama llulla; ama jodemaicho!.

Estando en la Presidencia el arquitecto Fernando Belaunde Terry, le dirige una  misiva en la que le dice: “Usted como líder, YO como Emperador, somos dos potencias soberanas que debemos entendernos o destruirnos, pues no hay lugar para los dos en este cochino planeta de los simios”. Finaliza la carta con una explicación: “Por estos motivos le dirijo la presente carta abierta, vale decir sin sobre, para que me explique su extraña conducta y me diga con franqueza si mantiene su adhesión a mi persona, y si fuera lo contrario, sabré a qué atenerme y lo dejaré suelto en plaza. Los bueyes sueltos, bien se lamen”. “Mi plan de gobierno y alimentación contienen mi huella divina, revelado para el bienestar de The peruvian family”.

 Nicolás Yerovi, otro de los que han escrito sobre nuestro Presidente y Monarca chiflado dice, “Más allá de los anecdótico, Cordero y Velarde simboliza en su grado más extravagante los extremos de la más conmovedora huachafería y del más patético delirio a que son capaces de llegar quienes en el Perú se ven asaltados por cierta locura de poder. Porque si el poder envilece, desearlo enloquece; de allí que en épocas electorales los más de nuestros políticos no dejan de pergeñar sus propios ditirambos, ofrecer sin empacho lo imposible y llegar a convencerse, aunque sea por un breve lapso, de la verdad que no encierra sus generosas promesas”.

En “Los apachurrantes años 50”, Guillermo Thorndike, rememora que en un cónclave organizado por los monjes dominicos para buscar un candidato que encarnara las necesidades del momento, se presentó sin ser invitado el chiflado Cordero y Velarde: “Entonces llegó, anciano de levita negra y pantalón listado, discretamente zurcido, con hongo, bastón y escarpines viejos que cubrían sus humildes zapatos acabados de lustrar. No viajaba en limusina con chofer, ni nunca había estado en París, ni parecía de este mundo. Pero toda la tragedia del Perú al que no habían invitado los dominicos se abrillantaban en la locura de sus ojos. Su sola aparición enmudeció el discurso. Avanzó con dignidad por el salón repleto de personajes hasta sentarse a un lado, más bien en el coro que entre los potentados, en primera fila y cerca de la presidencia. Wiese y Miró Quesada se miraron sin saber qué decir. Los fogonzazos de los fotógrafos se concentraron en el Apu Inca Verdadero. Hasta ese instante, los pretendientes habían discurseado de Dios, la Patria, el orden establecido, nuestras sagradas instituciones, la paz pública, el luminoso porvenir de nuestros hijos. ¿De qué podrían hablar ahora, frente a la faz demacrada de un Perú que rara vez había sido feliz?. Con respetuosa solemnidad, Cordero y Velarde escuchaba a los principales. Después intervino en su condición de Apu Inca Verdadero y del desorden de sus palabras se supo que otra era la paz solicitada por el pueblo y que no era justicia de todos aquella que preocupaba a los poderosos de la tierra. No su voz, sino el ridículo de aquellos príncipes forzados a escucharlo, convirtió el cónclave en el más grande fiasco de la derecha peruana. Al día siguiente, “La Prensa” destacó en primera plana a Cordero y Velarde junto a los organizadores de la transición presidencial. La gente carcajeó durante semanas, meses. Y casi nadie reparó que, por fin, el Apu Inca Verdadero había modificado una parte de la historia del Perú”.

Pedro Ángel Cordero y Velarde, el viejo músico de la “Cosmopolita” del Cerro de Pasco, el arrebatado candidato cerreño a la Presidencia del Perú, murió pobre y abandonado en un viejo callejón limeño, signado con el número 123 de Carmen Alto, en el Jirón Junín de Lima. Era el 18 de diciembre de 1961. Curiosamente, ese día la Compañía de Bomberos Salvadora Cosmopolita, celebraba su sexagésimo aniversario.

 

LAS HUANQUITAS AGUADORAS

huanquitas aguadoras 1
Grupo de campesinos jaujinos –hombres y mujeres- que llegaban trabajar. Ellos en las minas, ellas como aguateras. Aquí en un alto en el que se ve al “Contratista” (casco y con anteojos)

En nuestro pueblo, el problema del agua potable tiene una incómoda vigencia, desde siempre. Es un tema que cada año han sacado a relucir los aspirantes a la Alcaldía. Una vez en el cargo, en tanto tomaren conocimiento de las gestiones realizadas o por realizarse, se agotaba el tiempo de gobierno para los elegidos en elecciones populares o “a dedo”, según sea el caso. Éste debía durar un año -período tan corto en el que nada verdaderamente significativo podía realizarse- de ahí que el indeciso tema fuera alargándose per sécula seculorum. Hasta ahora –aunque no quiera creerse- la cantilena continúa.

Bueno, el caso es que para solucionar el tremendo inconveniente de trasladar el agua de la laguna de Patarcocha, hasta las casas particulares, se constituyó un simpático gremio de “Aguadoras”, encargadas de esa pesada labor; especialmente cuando “el cielo se venía abajo” y las calles enfangadas por la lluvia,  la nieve o  el granizo, hacían algo más que heroico el trasiego de recipientes con agua. Por otro lado, las respetables familias “Decentes”, jamás iban a permitir que sus sirvientas perdieran valioso tiempo en ese menester. De ahí que con una visión práctica y expeditiva, las jóvenes mujeres venidas del valle del Mantaro llegaron a conformar el gremio que  con especial cariño denominaban: “Las huanquitas aguadoras”.

Tenían que ser jóvenes para resistir la exigencia del transporte, en número de treinta a cuarenta, encargadas del trasiego del agua de la laguna a la casa. Para ello contaban generalmente con latas vacías de “Aceite linaza”, o de manteca o pequeños barriletes que, de acuerdo a la distancia tenían una tarifa previamente estipulada. Hasta Chaupimarca, diez centavos; hasta la Plaza Centenario, quince centavos y, más allá de esos límites, veinte centavos. Coordinadamente con un encargado por la Municipalidad que revisaba el estricto cumplimiento de la limpieza de las latas, las “huanquitas” –motu proprio- cuidaban la limpieza de todo el perímetro de la laguna. Jamás permitían que los animales se acercaran a las orillas y, a las personas que “iban a hacer sus necesidades” por ahí cerca, las ahuyentaban a pedradas contando con la aquiescencia policial. La limpieza del agua estaba garantizada. De entre ellas, había un grupo que iba hasta Garga y de la fuente cristalina de “Piedras Gordas”, sacaba el agua de una pureza extraordinaria y la llevaban hasta la casa de determinadas familias “Decentes”, para vendérselas a mayor precio; eso sí, para probar que eran de aquel lugar, llevaban un manojito de frescos berros que por la zona abundaban. Pasado el tiempo, el alemán Wilhelm Herold, al ver la excelente calidad del agua, decidió instalar una cervecería; para ello hizo traer a, través del consulado alemán, el lúpulo y levadura de Baviera que, conjuntamente con la fresca cebada del Mantaro, arrojó una deliciosa cerveza que por mucho tiempo se bebió a raudales en el Cerro de Pasco y lugares aledaños: La famosa “Cerveza Herold”.

Daba gusto por aquellos años –permítanme la digresión- ver dominicalmente a nutridos grupos de amigos dirigirse a la cervecería que quedaba frente a la laguna de Quiulacocha, llevando sus guitarras con gran entusiasmo y una sed de enormes magnitudes. Ya en el lugar y efectuado el prorrateo correspondiente, se comenzaba adquiriendo un costal de cerveza que estaba constituido por tres docenas muy bien embaladas con unos protectores de totora por cada botella. Las bromas, chistes, y canciones a voz en cuello, alegraban aquellos andurriales. En determinado momento, se mandaba traer enormes butifarras de salchichas tudescas fabricadas por el alemán Nicolás Pohellmann, entre sustanciosos toletes de la panadería “El Modelo” del francés Leopoldo Martin. En todo momento la alegría era desbordante y continua. Ya llegado el véspero, la “tropilla” de animadas “Tiras” con pasos inseguros, por tanto “trago”, la guitarra al hombro y una bullanguera algarabía volvían a la población. Yo, niño que vivía en el “Misti” -barrio de leyenda- los veía pasar, chispeados, siempre alegres y cansados.

Bueno, volviendo a las “huanquitas”, diremos que su labor, muy apreciada por cierto, no estaba restringida al transporte del agua solamente, también tenían que cumplir otra tarea de profilaxis urbana. Cuando por la superpoblación se determinaba el exterminio de los canes vagos mediante las tabletas de estricnina, las huanquitas, después de atar una soga al rabo del animal muerto, tenían que llevarlo hasta las abandonadas bocaminas de “Algohuanusha” (Perro muerto), y arrojarlos a dichas oquedades. De ahí que esta zona alta, entre Matadería y Huancapucro, plagada de agujeros mineros, tome el nombre de Algo Huanusha.

Nos llegamos a acostumbrar tanto a las huanquitas que, dejamos de poner énfasis en el pedido de agua para el Cerro. Es más, nos contaba el propietrio de “El Trocadero”, don Juanito Cortelezzi que, en una rueda de amigos, cuando alguien avivó el tema del agua, otro contertulio le respondió airado y poniendo punto final al tema: “No puedo creer que haya un “cerreño” que sea tan mezquino que no pueda pagar un real por un poco de agua, carajo. Además, las cholitas son tan lindas y comedidas”.

A esto es necesario remarcar que la institución de las aguateras la implantaron los numerosos españoles recientes en la ciudad. Ellos establecieron en nuestra ciudad lo que para ellos era una costumbre. De ellos se dice. “El aguador en España.- Para conducir el agua potable a las casas, los aguadores guiaban dos o tres borriquillos de los cuales llevaban unas angarillas con media docena de cantaritos de barro cocido y con ellos subían los conductores a las habitaciones y llenaban las tinajas o cacharros que para el objeto tenían destinados los vecinos. Estos modestos traficantes del agua se hallaban agremiados y cobraban una tarifa en función de la cantidad suministrada. Posteriormente, se introdujo otra clase de aguadores que con un carro de cubo y una caballería hacían el servicio de trasportar el agua a las casas. (…) En Madrid, el oficio de aguador se prolongó por cuatro siglos, hasta el siglo XX. Se reunían en las principales fuentes de la ciudad para abastecerse de agua y distribuirla a las casas de los compradores. Existían numerosos tipos de aguadores en función del tipo de agua que acarreaban”.

huanquitas aguadoras 2Lo que también se recuerda de este simpático y muy querido gremio es que, llegado el último día de carnaval, premunidos de vistosos disfraces, rodeadas de serpentinas y pintadas el rostro con harina, organizaban su “Corta Monte”, inicialmente alegrado por arpa, violín y tinya, posteriormente por mejor estructurados conjuntos musicales. En realidad, la verdad sea dicha, fueron las “huanquitas” las que instituyeron la costumbre del cortamente en la ciudad minera. La alegría de estas rondallas pueblerinas era contagiosa porque, como siempre, artistas de la danza y la gracia, gozaban tremendamente de la fiesta. Nunca he visto bailar a nadie, con más gracia y elegancia que a los jaujinos en sus tumbamontes. Por otra parte, para nutrir de parejas el jolgorio, utilizaban una muy alegre “trampa”. A los mozos que podían apresar las chicas, lo amarraban en el árbol. Quienes quisieren obtener su libertad tenían que “portarse” (pagar) uno o dos botellas de aguardiente, después de lo cual se quedaban a seguir bailando. ¡Imagínense la cantidad de “presos” que habría por aquello días!.

Cuando agotadas las gestiones, se consiguieron que en estratégicos lugares de nuestra población se colocaran pilones de agua, el gremio se debilitó; pero es necesario decir como un imperativo de admiración y respeto, que la mayoría de estas sacrificadas mujeres, con el ingreso de su trabajo de aguateras, lograron la sobresaliente preparación de sus hijos. Mucho se habló- como ejemplo substancial- del caso de un notable abogado que ejerció en nuestra ciudad y llegó a ser miembro destacado de la Corte Superior de Justicia: era hijo de una “huanquita aguadora”.

 

 

“EL DIABLO MACHO” (Reportaje Radial)

(A partir de hoy, vamos a recordar a personajes inolvidables –hombres y mujeres- que dejaron hermosos recuerdos de su paso por nuestra tierra. La mayoría son personajes sencillos que sin embargo son recordados con especial cariño por los que quedamos en pie. Comenzamos con don Isaías Garzón Alvarado, más conocido por su apodo “Diablo Macho”, incondicional servidor de la empresa norteamericana, con “su mameluco azul, su chompa negra, sus zapatones y su protector de ámbar”, tal como aparece en la foto que ilustra nuestro reportaje donde vemos –como fondo- el Castillo de Lourdes, hermoso monumento de la minería cerreña. (El archivo sonoro de estos reportajes se hallan en poder de los propietarios de la radio)

el diablo macho“Era las diez de la noche cuando llegué al Cerro de Pasco. En el andén de la Estación, notablemente iluminado, reinaba un frío estremecedor. Las gentes que llegaban y las que habían venido a esperar a familiares y amigos, estaban muy arropadas; al hablar arrojaban vapor por la boca, lo que me sorprendió enormemente. Como si el frío fuera poco, una gran cantidad de nevada había caído en la ciudad. Nunca había visto nieve en esa magnitud. Era tan alta que me cubría las pantorrillas.  En ese momento, ante el frío y la tristeza del ambiente, me dije – ¡La nieve es para los serranos! ¡Mejor ahorro mi pasaje y me vuelvo de inmediato! ¡Yo no aguanto esto! Lo que son las cosas. Desde aquel entonces han transcurrido 50 años y nunca logré regresar. Al comienzo porque no pude, y ahora, porque no quiero. ¡No sé qué es lo que tiene esta tierra que me atrae y no me deja marchar! La gente es tan cariñosa y el pueblo todo es tan bueno, que ya no lo puedo dejar”– Sus palabras brotan cargadas de viejas nostalgias. Isaías Garzón Alvarado, hijo de padre francés y madre peruana, había nacido en Lima en 1883 cuando la presuntuosa soldadesca chilena paseaba su soberbia vencedora por las calles capitalinas. Cuando llegó al Cerro de Pasco, el 7 de setiembre de 1907 acababa de cumplir los 24 años. Como credenciales portaba una recomendación de míster, Franklin Smith, Jefe de la Cerro de Pasco Railway Company de Lima y la de don Miguel Nugent, su primer jefe de talleres ferrocarrileros de “Guadalupe” del Callao.

“Iba a trabajar en la Railway como mecánico de locomotoras cuando dispusieron que me trasladara a Smelter, la primera fundición norteamericana que nacía con un ímpetu impresionante.  Había que ver aquello. Gentes venidas de muchos lugares del Perú abarrotaban talleres y oficinas. El trabajo que se iniciaba en ese lugar era pródigo. Los comerciantes hacían su agosto. La espectacularidad de Smelter hacía palidecer la prestancia del Cerro de Pasco. ¡Qué tal cantidad de gente, comerciantes, aventureros, mujeres de vida airada! Como un nuevo Chicago se afincó en Smelter gran cantidad de aventureros y vividores que explotaban a los trabajadores a quienes les sobraba la plata. ¡Sí, así era en aquellos tiempos!  Aquí se ganaba muy bien. Bueno, participé en el armado e instalación de las máquinas a vapor de la Casa de Fuerza, y en otras tareas de adecuación mecánica. No hacía sino seguir los planos  del polaco, Franck Klepetko, el maestro general, con los que construí otras cuatro chimeneas para la fundición. Sin yo quererlo, mis conocimientos y experiencia, fueron  creciendo poco a poco, conjuntamente con mi aclimatación. En poco tiempo había desechado la idea de regresar a mi tierra. Me di cuenta que en ninguna parte encontraría la oportunidad que se me estaba brindando con mucho afecto. Pasado un buen lapso regresé aquí al Cerro de Pasco para trabajar en lo que es para mí la obra más preciada: El armado de las tolvas para minerales en el pique: “Esperanza”. ¡Eso sí que fue espectacular! El trampolín que me lanzó al éxito. En dos años había dado pasos gigantescos  en mi progreso técnico que mis jefes llegaron a apreciar con creces; por eso es que en 1909, me enviaron a Goyllarisquizga con el fin de armar el winche grande e instalar las demás máquinas; las primeras en su género en Sudamérica de aquel entonces. ¡Ése también fue un trabajo espectacular! No había nada que hacer. Para ese tipo de trabajos lo gringos se pintan solos. Cumplida la agotadora tarea, fui ascendido a Jefe y retorné a Smelter donde trabajé por diez años en la guardia de noche a cargo de todos los talleres de mecánica y de ocho locomotoras a vapor. Imagínate, César, imagínate.

— ¿Y la idea de retornar a su Lima querida…?

— No, no, ya nada que hablar. No iba a ser loco. Aquí tenía de todo. Todos me estimaban y los cerreños en general me trataban con mucho cariño. El mismo cariño que yo les tengo. Pero no vayas a creer que todo fue fácil y llevadero. No, no, no. He pasado por momentos muy bravos. Por ejemplo, en la huelga obrera de 1917 tuve que poner a prueba mi lealtad y valor. En aquella ocasión tuve que enfrentar la dura crítica, el hostigamiento y la abierta agresión del resto de los obreros que no me comprendía. Ellos creían que yo era un “sobón”; un “Lame culo de los gringos” como dicen aquí. Pero no era así. Después de haberme agarrado a trompadas con muchos de mis detractores, me mantuve en mis “trece”. Esa vez fue que los “pendejos” me clavaron mi chapa de “Diablo Macho”. Yo fui el único que trabajó aquellos días aciagos porque consideraba que mi labor era eminentemente humanitaria. ¡Qué cojones! Yo no contaba con ninguna ayuda porque a nadie dejaban entrar en la Compañía. Controlé el servicio eléctrico para las estaciones de zonas críticas e importantes como Calera, Goyllar, etc. ¡Esa vez sí que fue cojonudo! Tuve que trabajar solo y guardándome las espaldas. De esa manera  evité desgracias inminentes con pérdida de vidas humanas y abundante maquinaria que habría provocado una debacle económica en la empresa. Piensa. De no haber trabajo yo, la compañía habría perdido bastante y  las gentes habrían sufrido mucho. Al final el precio que tuve que pagar fue muy alto. Al comienzo, la casi totalidad de obreros me miraba como a un traidor y me castigaron con su desprecio. ¡Nadie me hablaba! ¡Carajo!. ¡Como si fuera un criminal! ¡Como un apestado, carajo!  Menos mal que al final se dieron cuenta. Querían que pensara como ellos, pero yo sabía que debía lealtad a los que me  habían dado la oportunidad de progresar. Yo no muerdo la mano que me da de comer. Pero esto duró muy poco. Cuando se puso en entredicho la discusión de las ocho horas de labor, yo me mantuve neutral aunque su consecución sería conveniente para mí. Los trabajadores siguieron pensando que era un traidor.

— ¿Cuánto duró ese clima beligerante…?

— Muy poco, felizmente. Por aquellos días, contra viento y marea, fui nombrado Jefe de Día de  la Maestranza. Este cargo lo cumplí con entereza y justicia. El hombre que rendía, recibía mi más franco apoyo. Ayudé a surgir a muchos hombres dándoles oportunidades y ahora me lo agradecen. Esta virtud sí fue reconocida por los hombres que trabajaban conmigo.

— Dicen que una vez sí estuvo con los obreros. En la asonada contra el Prefecto.

— Ahhh sí. Fue la única vez que abandoné mis casillas. Febrero del 48. Aquella vez advertí que el Prefecto se había pasado de la raya. Una cosa es ser autoridad y otra muy distinta es ser abusivo. Aquel canalla lo era. ¡Imagínate, maltratar a una mujer por reclamar lo que es justo! No. Yo me indigné mucho y aquella tarde, aunque los hombres me miraban con desconfianza, yo marché con ellos a protestar. Sólo cuando las balas comenzaron a menudear y la gente a correr por aquí y por allá, me retiré a mi casa. Creo que lo que el pueblo hizo aquella tarde, lo había provocado el mismo déspota. Quien siembra vientos, cosecha tempestades.

Rostro alargado, rubicundo, cruzado de arrugas trazadas por soles candentes, por espinas hirientes de hielo que lo quemaron sin piedad; por vientos silbantes que le formaron ceño profundo y ostensibles patas de gallo; ojos celestes enmarcados por cejas y pestañas canosas; grenchas blancas, rebeldes, sobresaliendo del casco ambarino que cubre su cabeza. Varonil, pétreo, erguido, no obstante haber sufrido toda la agresiva gama de fenómenos atmosféricos que aquí se dan sin  tregua; por el cambio brusco de temperaturas de infierno en determinados niveles de la mina, a fríos estremecedores en otros. Si algo caracteriza a este laborero legendario, es su eficiencia, disciplina y honradez en el trabajo, sobre todo, su lealtad con la compañía que lo contrató.

Conocedor como ninguno de todas las instalaciones de la Compañía, -sigue diciendo- el año de 1938, cumpliendo órdenes superiores tuve que desarmar el Winche que con tanto trabajo y riesgo había armado en 1907. Después tuve que reconstruir los talleres. Tras Breve estada en Upamayo, intervine en la edificación de la Concentradora Paragsha. Luego de construir los talleres de la fundición de hierro de Lourdes, quedé como jefe hasta noviembre de 1946, en que fui transferido como Capataz a la Sección Tuberías. Recuerdo que en muchas ocasiones fui enviado a trabajar a lugares en los que rondaba el peligro, tanto en la mina como en la superficie, principalmente en aquella en que se produjeron incendios, derrumbes, etc. Por ejemplo, en 1936 cuando se inundó el nivel 2100 por efectos de un disparo, jugándome la vida tuve que cerrar una enorme compuerta de hierro salvando la vida de toda la gente. La inundación duró tres meses. –Aspira aire y sigue desenredando sus recuerdos- “Otro negro recuerdo que tengo es del desplome de la labor 8183, de la mina Lourdes, en el que murieron altos jefes conjuntamente con su gente. Esa vez trabajamos dieciséis horas seguidas en la tarea de rescate”.Aquella vez fui distinguido con la medalla de bronce al Mérito por el superintendente Peet. Esa vez cumplía 29 años de servicios a la compañía”.Después de haber trabajado como Capataz de Tuberos, fui transferido al Departamento de Mina, para hacerme cargo de la sección Hydraulic Fill, siempre en el cargo de Capataz”

“Tuve la suerte de ser siempre estimado y respetado por mis superiores y compañeros de labor para quienes guardo los mejores sentimientos de simpatía y agradecimiento por la confianza que depositaron en mí. En 1957 fui declarado Socio Honorario Vitalicio del Club Norteamericano, La Esperanza y, hace unos días me han declarado “El Minero del Año”-. Mientras decía esto, fue mostrándome sus numerosos certificados, diplomas y demás recuerdos, escrupulosamente guardados. Todos estos documentos muestran a las claras que estamos ante un hombre eficiente, disciplinado, honrado y muy leal. Dos notas periodísticas guardadas con celo extremo muestran su calidad humana. En una de ellas, LOS ANDES, de mayo de 1922, lo felicita muy efusivamente por su ascenso a Jefe de Talleres de Mecánica de la Fundición de Smelter. El otro, EL MINERO, de noviembre de 1938, realiza una exaltación de su persona y su trabajo de armar la Wincha 23153 en 1907 que luego desarmó en 1938. En una parte dice: “El señor Garzón suspira mientras implementos de mecánica en las manos de sus operarios van desbaratando poco a poco las piezas de su antigua obra. Entretanto parece decir en lo recóndito de su alma: “Oh vieja obra, amiga mía: si ayer te di la vida, hoy te dejo morir después de treinta años”.

Se ufana, con mucho orgullo, que en tantos años de trabajo, jamás ha tenido accidente alguno porque siempre observó las reglas de seguridad con mucha meticulosidad.

Solo, célibe, con muchos amigos pero sin compañera, sobrelleva sus días en los diez lustros que está entre nosotros. Su vida se restringe al trabajo, la pensión del Hotel Americano y las tardes de sol en la pared del comercio de Vicente Vegas con su más cercano amigo, Lucho Luzares, chapeta hablador con quien recibe las postreras caricias del sol muriente del véspero. La única indumentaria que le conocemos es un overol azul, zapatos de trabajo reforzado de clavos de bomba y su casco ambarino donde coloca la lámpara de carburo cuando está en las profundidades de la mina.

— “Ya me siento algo cansado. He cumplido cincuenta años de servicios a la Empresa. Uno de estos días me retiraré. Cuando eso suceda, me iré en silencio como he venido, seguro de haber vivido una vida útil aunque controversial en un pueblo que me abrió los brazos de par en par y al que yo quiero mucho. El Cerro de Pasco es mi segunda patria. ¡Que Dios –si existe- lo bendiga!”.

Como lo dijo, lo hizo. Un día desapareció con su mameluco azul, su chompa negra, sus zapatones y su protector de ámbar, sin decir ni una palabra. Después nos enteramos que vivía en Chaclacayo, muy cerca de la casa de don Pancho Valdivia, su viejo amigo. Después, nada. ¿Qué habrá sido la vida del “Diablo Macho”?