LULI COCHA (Leyenda)

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Muy cerca de Ninagaga, a la vera del camino que lo une con Huachón, hay una hermosa laguna repleta de truchas a la que se le ha dado el nombre de Luli cocha. De este lugar se cuenta la siguiente leyenda:

Al borde de sus aguas, hace mucho tiempo, vivía un hombre cuyo sustento dependía de la crianza de ovejas a las que amorosamente iba a pastar a largas distancias.

Este pastor, que diariamente tenía que preparar sus alimentos después de llegar cansado a su casa, se sorprendió cierto día. Encontró su humilde casucha muy pulcra y atusada y, sobre la mesa, un caliente y delicioso almuerzo. Quedó sorprendido. Seguro de ser víctima de una broma, estuvo contemplando los apetecibles potajes ahí expuestos. Tan apetitosos estaban que finalmente tuvo que devorarlos por el extremo apetito que lo apremiaba. Todo resultó muy agradable porque quedó ahíto y satisfecho, pero por más que se esforzaba, no alcanzaba a adivinar quién podía haberle hecho aquella broma.

Al ocurrir lo mismo los siguientes días, su curiosidad fue en aumento. Tremendamente intrigado decidió averiguar quién era el autor de estos enigmáticos sucesos. Así, cierto día fingió ir a trabajar pero sigilosamente regresó dando un rodeo por la parte posterior y alta de una colina  desde donde podía ver claramente su choza; se acomodó detrás de una roca y pacientemente se puso al acecho.

No había transcurrido mucho tiempo cuando vio que una bella mujer entraba en su morada y se ponía a cocinar. Con gran sigilo bajó del cerro y la sorprendió.

  • Tú eres la que me prepara los alimentos ¿No?.- Preguntó él.
  • Sí, – respondió débil y completamente turbada la joven.
  • ¡¿Por qué?!.
  • Veía que todos los días llegabas muy cansado a prepararte tus alimentos. Rendido estabas, lo hacías con gran dificultad, por eso decidí apoyarte.
  • ¿Quién eres tú? –Interrogó el pastor.
  • Soy el alma de esta laguna. Soy Luli Huarmi.
  • .. ¡Eres mujer!
  • ¡Claro!.
  • Entonces, si quieres ayudarme… ¿Por qué no te casas conmigo?
  • Si así lo quieres, seré tu mujer, pero con la única condición que nunca me traiciones, en cuyo caso yo sería capaz de una venganza muy cruel. Soy muy celosa.

A partir de entonces, muy contento él, y muy enamorada ella, unieron sus vidas en busca de felicidad. Al poco tiempo fueron alegrados con la llegada de un bebé.

En este ambiente de comprensión y cariño fueron muy felices por algún tiempo hasta que, apremiado por la necesidad, él tuvo que marchar al Cerro de Pasco por razones de  negocios. A partir de entonces sus viajes se hicieron continuos con una duración de seis a siete días cada uno. Durante estos alejamientos nada anormal ocurría, hasta que un día en que el esposo estuvo ausente, en plena tempestad de nieve, pasa por su casa un viajero y pide alojamiento. Ella, viendo la inclemencia del tiempo, accede y le franquea la puerta. El extraño y sereno encanto de la mujer cautivó al viajero que al darse cuenta del gran amor que  profesaba a su marido, decide fomentar en ella el malhadado  fantasma de los celos. A partir de entonces, hace más continuas sus visitas aprovechando la ausencia del marido, con el único fin de seducirla.

  • Señora, yo conozco a su marido. Es negociante como yo, pero lo que me apena es que, mientras usted aquí sola sufre los rigores del clima con la única compañía de su hijo, él se esté divirtiendo con una cerreña que ya es su mujer.

Estas y otras cosas le contaba. Poco a poco, la mal intencionada acción del visitante ocasionó la desconfianza y el desamor de la mujer hasta que terminó por odiarlo mortalmente. Envenenada de celos, la mujer, buscaba la manera de vengarse de su marido sin saber que él se dedicaba íntegramente a su tarea de proveedor de carne para los mineros. Decidida a castigar lo que ella suponía la traición de su marido y convencida de que el hijo de ambos era la suprema adoración del hombre, decidió ejercer represalia por medio del niño.

Así, un mediodía que el pastor retornaba de las minas, vio que sobre la cocina hervía una espumante olla de fierro. Llamó a su mujer dando grandes voces, pero ésta no respondió, escondida como estaba. El  hombre se acercó entonces con el fin de averiguar cuál era el potaje que su compañera le había preparado, levantó la tapa de la olla y horrorizado vio que dentro hervía el cuerpecito, piernecitas y brazos del pequeño. En el colmo de la desesperación salió para preguntar a su mujer y sólo alcanzó a observar que ella se sumergía a las aguas de la laguna seguida de todos sus animales.

El pastor enloqueció y al poco tiempo murió sepultado por la nieve;  la laguna por su parte se hizo maldita. Cuando una mujer encinta se acerca a ella, es seguro, que el niño que está gestando morirá irremisiblemente.

 

 

REPORTAJE (Entrevista radial al doctor Emilio Marticorena Pimentel)

Esta es una entrevista radial para “Radio Corporación” cuando el insigne cardiólogo trabajaba en el Cerro de Pasco y se presentó un dramático caso a un obrero llamado Fridolino Carhuajulca. La grabación de ésta y otras entrevistas se hallan en su archivo correspondiente)

dr-marticorena-pimentelDoctor, el caso de Fridolino Carhuajulca, es muy preocupante. Él sufre intensamente con lo que le está ocurriendo, su familia también. ¿Qué nos puede referir de su caso?

.- Este paciente de treinta y nueve años de edad, natural del Cerro de Pasco, vive en una lucha constante contra el medio ambiente donde ha nacido. Todos los días sus pulmones absorben menos oxígeno que la mayoría de sus paisanos lo que aumenta la frecuencia de su respiración. Esta sensación de ahogo no lo deja trabajar ni dormir. Por las noches aumenta la presión y le hace sentir mucho calor. Una verdadera pesadilla. Carhuajulca sufre los estragos que se llama “Mal de Montaña Crónico” (MMC) que afecta no solo a él sino a todos tus paisanos que han nacido y permanecen en estas grandes alturas. No olvides que estamos en la ciudad más alta del mundo.

  • Pero lo que lo alarma es que respira como si nada ocurriera
  • Ese fenómeno a nuestra altitud puede resultar peligrosísimo. La hemoglobina se eleva y el volumen de la sangre se incrementa saturando todo el sistema circulatorio. Eso –naturalmente- produce fatiga, dolores de cabeza y alteraciones de la memoria. Le hemos recomendado que baje a vivir en una tierra de menos altura…
  • Él me ha dicho eso, pero resulta que aquí ha formado su hogar, aquí trabaja y asegura que se ha acostumbrado. Afirma que cada cierto tiempo le sacan un litro de sangre y le ponen suero. Eso le hace sentir mejor, pero sabe que no le está curando….
  • Eso está generalizado aquí. Creen que para un nativo de estas tierras, la altura es un medio natural en el que siempre va a vivir; sin embargo sabemos que puede sufrir complicaciones físicas si no termina de aclimatarse adecuadamente.
  • ¿A pesar de haber nacido aquí….?
  • Mira, César. En ningún caso la altura es un medio natural para vivir. El ser humano no está diseñado ni biológica ni psíquicamente para establecerse en un medio extremo como es el Cerro de Pasco. Por encima de los 3,500 metros, la presión atmosférica se reduce de tal modo que inhalamos menos oxígeno y la frecuencia y la profundidad de la respiración aumentan. Esto hace difícil pensar, trabajar y dormir.
  • O sea que es difícil la adaptación…
  • Si quisiéramos terminar por adaptarnos, tendríamos que desarrollar ciertas características genéticas que nos permitan vivir en grandes altitudes. Los únicos seres verdaderamente adaptados a la altura son cierto tipo de animales como el cuy, los camélidos andinos y algunas aves y batracios con una evolución de millones de años que les ha permitido adaptarse. Ellos han desarrollado genes que permiten que su hemoglobina capte más oxígeno, haciendo que algunas variables cardiorespiratorias sean distintas. El hombre cerreño, en cambio, lo que hace es aclimatarse, es decir, solamente aumenta su capacidad vital para lograr vivir en altura.
  • ¡Qué interesante!
  • En su lucha por conseguir más oxígeno, el organismo del cerreño modifica algunas funciones circulatorias y respiratorias de modo que sus células no se den cuenta que hay menos oxígeno. Es por esta razón que ustedes los cerreños tienen los pulmones más grandes, respira más, genera más glóbulos rojos en su sangre y su corazón crece y late más rápido que el de un hombre corriente.
  • Entonces esa es una adaptación más adecuada….
  • El problema es que estas condiciones varían cuando se trasladan a nivel del mar. En pocos días su capacidad de llevar aire a sus pulmones es la misma que una persona normal y hasta el tamaño de su corazón se reduce. Esa es la más clara prueba de que no está aclimatado a la altura
  • Finalmente, mi querido César, el mayor riesgo de esta enfermedad llamada mal de montaña crónico (MMC) descrita en 1925 por el doctor Carlos Monge Medrano, es capaz de afectar diversos sistemas del cuerpo. Sus principales son las personas que como ustedes han nacido y vivido siempre por encima de los 2,500 metros y que poco a poco, sutilmente, empiezan a respirar como un individuo que ha vivido a orillas del mar.

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ESTAMPAS CERREÑAS

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Reproducimos una añosa fotografía en la que puede verse el extremo norte de nuestra ciudad, con su cielo gris y la silueta de sus rugosos cerros perdiéndose en la lejanía. En la parte superior central podemos ver las paredes de nuestro viejo cementerio general, ubicado en cumplimiento de las leyes entonces “a las afueras de la ciudad, cuanto más distantes mejor, para preservar a la población de contraer contagios por las emanaciones de los cuerpos corruptos que allí yacen”. Esa zona se la denominaba “Pariajirca Alta” y pertenecía al minero español, don José Gallo Díez que lo donó a la Beneficencia Pública en 1879. En la parte baja una hilera de casas encaladas correspondientes a Yanacancha.

En aquel entonces, los trabajos mineros de la compañía norteamericana se realizaban en la profundidad de los socavones cuyas ramificaciones de intrincadas galerías se desplazaban siguiendo la orientación de la vetas minerales. El día de hoy todo se ha transformado. Iniciado el “Tajo abierto” la dinamita, perforadoras, cargadores frontales e interminable parafernalia de maquinarias gigantescas han ido tragándose nuestra tierra y sus fauces insaciables han hecho desaparecer viejos caminos como el que se ve en la parte baja y conducía a Salcachupán. Hoy todo conforma un espantoso agujero donde están sepultando nuestra historia.

El ALCOHOLISMO EN LA HISTORIA DEL PERÚ (Segunda parte)

Magno Antenor Álvarez

Universidad Nacional Mayor de San Marcos

alcoholismo

Hacia fines del siglo XIX e inicios del siglo XX, este “problema” parece tomar una mayor importancia, pues se publican diversos artículos en diarios y revistas, como también adquiere interés desde la perspectiva médica, dentro de ello contamos con la tesis de bachiller de Justo Telesforo, “sobre la fabricación del alcohol de caña y el alcoholismo en Lima”, sustentada en la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, en 1889. Otro de los exponentes que luchó contra el alcoholismo, con gran ímpetu, fue el sabio médico José Casimiro Ulloa, con la publicación de artículos como la “Falsificación de las bebidas espirituosas” (El Monitor Médico, 1886), también hablándonos de la prevención, “Otra faz del alcoholismo”, 1890; donde buscaba mejorar la calidad de los licores y tener cuidado en su fermentación y fabricación, pero llegando a conclusiones que el consumo exagerado del alcohol podía llevar a generar la locura.

En 1901, el Municipio de Lima convocó a un concurso para el mejor trabajo escrito, para combatir el alcoholismo resultando ganador el médico Manuel O. Tamayo, donde nos menciona la presencia de licores como el “ajenjo, anisado, bitter, ginebra, whisky, mistelas, old-tom y el ron de Jamaica”, y según sus datos en 1894 fueron detenidos en estado de embriaguez 3029 individuos, incrementándose en 1899 a 5820 y en 1900 a 6133; también resultaron ganadores Pedro Paz Soldán, Carlos B. Cisneros, entre otros. Durante los años siguientes se creó la “Sociedad Nacional de Temperancia” que funcionó en Lima durante los años de 1912 a 1920 que fue dirigida por Wenceslao F. Molina, Oscar Miró Quesada y otros, y formaron un órgano periodístico llamado “La Temperancia”, que era distribuida gratuitamente pero además dictaban charlas y conferencias.

El 11 de octubre de 1916 el Congreso dio la ley 2282 de enseñanza antialcohólica, pero debido a la imposibilidad de preparar el libro, el gobierno de José Pardo, convocó a un concurso nacional para lo cual da un decreto el 3 de febrero de 1917, resultando ganador el normalista y abogado don Luis C. Infante que redactó el, “Manual de Enseñanza Antialcohólica para las Escuelas y Colegios del Perú”, publicado en 1921, que solo se cumplió en los primeros años de su promulgación. El 9 de Noviembre de 1917 el mismo gobernante promulgó la ley 2431 referente a la venta de bebidas alcohólicas y su articulo único ordenaba: “prohíbase en el territorio de la República durante los días sábado y domingo”, pero debido a que los comerciantes burlaban las disposiciones el presidente Augusto B. Leguía en 1926 derogó dicha ley gracias a diversas gestiones realizadas por diversas agrupaciones en vista de inmoralidades comprobadas en la administración pública.

Luego de ello hubo diversos proyectos que buscaban la prohibición, fabricación, venta, transporte e importación de bebidas alcohólicas en todo el territorio de la República, pero ninguno de ellos tuvo efecto. Así llegamos a nuestra actualidad de la cual no somos ajenos y contamos con grandes fábricas cerveceras, y son quienes aportan más impuestos al Estado, e incluso aportan económicamente al deporte principalmente al fútbol; que el incremento de los impuestos a estos productos le llevan a un enfrentamiento con el gobierno, caso nada novedoso pues esto deviene desde el siglo XIX. Al margen de la cerveza existen otros licores de bajo costo y muchos de ellos adulterados que pueden producir la muerte por el uso del alcohol metílico que es exclusivamente de uso industrial.

Pero estamos tan inmersos con las bebidas alcohólicas que casi todas las actividades que se realizan no se salvan de la presencia de estos licores, en las discotecas, un cumpleaños, matrimonio, una fiesta patronal, aniversario, etc.; y no podía faltar en nuestras famosas polladas y en sus tarjetas -infaltables- anuncian, “Gran Pollada Bailable … y el bar estará surtido de la refrescante y deliciosa cerveza” y otras más llamativas como, “… y no faltará la riquísima rubia heladita”, en alusión a la cerveza. Pero esto no solo se da en las actividades, o que algunos la llevan en la sangre, sino también está presente en nuestras memorias, en nuestras canciones y la cantamos cotidianamente pues muchas veces sin darnos cuenta por la pegajosa melodía, y no hay genero musical que se salve, pues está presente en un huayno, salsa, rock, balada, con mas énfasis en los boleros y muchas otras, y en nuestra tecno cumbia, muy de moda durante estos últimos años, como la canción que popularizó el grupo Armonía 10, que titula “Me emborracho por tu amor”, que a la letra dice; “Que dolor me estas causando con tus engaños / hay amor mío, quiero olvidarte pero no puedo / por que te quiero con toda el alma, por eso yo / me emborracho por tu amor … Me emborracho por tu amor me emborracho en cada vaso que tomo se acaba mi vida …”. Frente a estas diversas peculiaridades el gobierno lanzó un spot publicitario radial y televisivo que decía, “si tomas no manejes y si manejas no tomes”, pero como siempre solo quedó ahí, en el olvido.

Como hemos podido apreciar, las bebidas alcohólicas la tenemos siempre presente y es tan cotidiana que somos incapaces de ver y aceptar como un “problema”, pero al margen de todo ello no estamos en contra del consumo de los licores, lo que si nos preocupa es su consumo en exceso (hasta perder la razón) y esto es lo que lleva a que se produzcan los accidentes automovilísticos, peleas, homicidios, que hacen daño a la sociedad. Finalmente estamos plenamente seguros y convencidos que este problema no va a cambiar ni ha de desaparecer, luego de haber visto su evolución podemos decir que esto continuará -tanto la producción (fabricación) y su consumo- por tener raíces muy profundas.

(1) La Zamacueca Política, Lima 20/03/1859

(2) Para mayor información sobre esta época, véase mi trabajo, “Embriaguez y Delitos: Aproximaciones para el estudio del alcoholismo en el siglo XIX”. Presentado al “IX Coloquio Internacional de Estudiantes de Historia”. PUCP, Lima, Octubre de 1999.

FIN……

 

 

 

 

 

 

 

El ALCOHOLISMO EN LA HISTORIA DEL PERÚ (Primera parte)

Magno Antenor Álvarez

Universidad Nacional Mayor de San Marcos

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Durante estos últimos meses hemos sido testigos de noticias lamentables sobre accidentes automovilísticos y homicidios: ¿las causas?, todas dan cuenta que se produjeron por personas en estado de ebriedad o personas que consumieron gran cantidad de bebidas alcohólicas en diversas actividades principalmente durante los fines de semana. Es así cuando el “problema” se hace masivo según las estadísticas, tan solo ahí nos preocupamos. Pero ¿a qué se debe el poco interés de las ciencias sociales y específicamente de la historia y la sociología para su estudio?; creemos que las razones son diversas, que a continuación abordaremos algunos aspectos.

Si bien es cierto este “problema” no es novedoso, ni característico de nuestra sociedad actual, sino que deviene desde épocas remotas, pues se sabe que nuestros antepasados consumían un tipo de bebida llamada chicha, que se obtiene a partir de la fermentación del maíz. Podemos mencionar que los primeros testimonios lo encontramos en las crónicas, solo por citar un ejemplo a Pedro Pizarro, uno de los que presenció de cerca los primeros días de la conquista y dio su impresión acerca de la sociedad peruana en su “Relación del Descubrimiento y Conquista de los Reinos del Perú”, y sobre el tema que estamos tocando nos dice que las mujeres que habían decidido servir al sol se dedicaban “… en hacer chicha, que es una manera de brebaje que hacían de maíz, que bebían este brebaje como nosotros vino…” y sobre su consumo lo califica como un vicio y nos describe que, “… Estando borrachos tocaban algunos en el pecado nefando. Emborrachávanse muy a menudo, y estando borrachos, todo lo que el demonio les traía a la voluntad hacían”.

Pero hacia 1532 los europeos nos trajeron la caña de azúcar y la vid, y toda la tecnología del alambique para procesar y destilar el alcohol y fruto de ello nacieron el aguardiente (guarapo), el pisco y otras bebidas, y su venta se realizaban en las chinganas y pulperías, pero no podemos excluir la presencia de otros licores que llegaban por la importación y debido a su alto costo era el privilegio de una élite. Pero el consumo de las clases populares era abundante, es por ello que la lucha contra el alcoholismo comenzó en la época colonial y estuvo a cargo del clero, por disposiciones de los virreyes. El Arzobispo don Pedro Villagomes realizó esta tarea imponiendo penas de carácter religioso y en otros llegó a recurrir a los azotes y el destierro sin lograr éxito debido a las costumbres de pagar el trabajo de los indios por medio de la coca y el alcohol, y se oponían rotundamente a ella.

Llegada la República esto continuará y más aún desde el día de la proclamación de la independencia nacional el 28 de julio de 1821, donde durante la noche el general San Martín, inició el baile luego se comenzó a servir el ponche para el cual se utilizó 36 botellas de vino cartón, 18 botellas de vino de ron, 18 botellas de vino de cerveza, 24 botellas de vino generoso, 1 1/2 arrobas de azúcar y un peso de limón, sumando la cuenta a 100 pesos, adicionalmente se incrementaron 12 pesos por los vasos que se rompieron. Pero el “problema” fue más amplio, y para esto incurren en delitos, que por lo general debido a la ebriedad siempre están ligados a “fomentar escándalos y pleitos”, y a las “alteraciones del orden público”, donde se llegan a casos extremos de homicidios.

Para este período de las primeras décadas de la república contamos con algunos documentos del Archivo General de la Nación (A.G.N.), de la cual podemos extraer algunos ejemplos que nos permitan comprender el “problema”, así tenemos los autos criminales de doña María Dolores Santiago contra Don Antonio Rodríguez su marido pidiendo su divorcio por maltratos y dice :” … que en calificación de los hechos tengo producida la información respectiva y necesitando de ella para proponer mi demanda de divorcio ante el eclesiástico solicito se me dé un testimonio de todo el expediente íntegro para deducir con su mérito (en) cuanto a mi derecho convenga … mi marido ha sido tan bárbaro y atroz que difícilmente puede haberlo experimentado otra alguna mujer …” y concluye diciendo que “… aún así podía caber disimulo sino hubiese sido atemorizado de peores maltratos de lo que sufría, principalmente en las noches en que se recogía ebrio indigesto, y enfurecido, haciéndose el fin tan habitual este vicio que era un milagro verlo en su sana razón”. Confrontado Rodríguez a causa de las acusaciones y preguntado, “si tiene (la) costumbre de beber y (si) lo hace con tal exceso que le perturba la razón, y lo pone en miserable estado de embriaguez dijo: que lo usa un poco de vino burden, a la hora de comer, y eso en cantidad muy pequeña, y que sólo una vez advierte habérsele perturbado la cabeza por haberse excedido en concurrencia de otros amigos …” , pero finalmente se le pone en libertad al acusado gracias al testimonio de su empleado que declara a su favor, y la sentencia final califica que “no se hace relación de los hechos ni los dichos”, (A.G.N. Leg. No. 3, 24/01/1827).

Pero también se llegaron a casos extremos de homicidios como lo podemos ver en los autos criminales seguidos contra Felipe Zapata por haber asesinado a Simón Foronda, esclavo de la Hacienda de Maranga, que según testimonios del mayordomo y el caporal dijeron “… que lo mas que saben es que habiéndose levantado muy temprano tanto el (mal)echor (Felipe) como el difunto (Simón) ambos se robaron una botella de aguardiente y se la bebieron, en el galpón y cobrándole el difunto ocho o nueve reales que le tenía se fueron ambos a las manos y el dicho Zapata le metió una puñalada en el corazón. Todo esto aconteció en el galpón de otra hacienda y en circunstancias que toda la gente estaba durmiendo por ser día de fiesta…”. Luego se le condena a la pena de seis años de presidio, pero busca su libertad confesando haberlo matado y apelando que el homicidio fue “en defensa de su persona”, (A.G.N. Leg. No. 8, 18/12/1828).

Anstoßen mit MaßkrügenLas fiestas no pueden pasar desapercibidas, como un diario de la época nos describe sobre una tarde de corrida de toros y menciona que, “desde la una del día, la gente ha principiado a invadir las localidades los vendedores recorren desde esta hora el tablado ofreciendo sus vendimias por medio de pregones extravagantes todos los arcos de la plaza se ven ocupados por las cerveceras … (y además) … por todas partes se toma cerveza y aguardiente”(1), (La Zamacueca Política, Lima 20/03/1859). Pero para esta época no solo existe los licores ya mencionados sino hay una gran variedad de estos tanto nacionales e importados que podían comprarse en los diversos almacenes y tiendas, así podemos mencionar los vinos de Italia, Moscatel, Pedro Jiménez, Jerez dulce, Oporto, Catalán; y los aguardientes de Italia, de anís, puro o pisco, cereza y de chirimoya; como también los licores de menta, aguardiente de Ica, pisco de Italia, ron, entre otros; (gran parte de estos licores fue introducido y difundido por los inmigrantes italianos que formaban su pulpería), de igual modo la migración de los japoneses y chinos implicó la presencia de su licor llamado saké.

Frente a los desórdenes existentes se trató de frenar desde diversos medios, como son los Decretos, Leyes, Ordenanzas, o el Reglamento de Policía, que establecía en su artículo 114 que “será conducida a la cárcel cualquier persona que se encuentra ebria por las calles sin distinción de sexo, edad, estado ó condición: permanecerá en ella hasta que se le disipe la embriaguez, y pagará a mas una multa de uno a cuatro pesos”, (El Peruano, 15/01/1840). También la Constitución Política de la República Peruana (1822, 1826, 1834, 1839, 1856, 1860, 1867) declara que se podían perder el ejercicio de ciudadanía, “En los jugadores, ebrios, truhanes, y demás que con su vida escandalosa ofendan la moral pública”. La ley se daba pero no se cumplía, debido a que la venta de los licores había adquirido importancia por ser un “gran negocio”. Así hemos podido apreciar sólo algunos aspectos del siglo XIX (2).

Continúa…

LA HUELGA (Segunda parte)

la-huelga-2En el transcurso de aquel día la noticia se expandió: Leoncio Rivas, centro delantero de la Selección mina, era un vil traidor y vendido. Todo el mundo lo condenó.

¡¡¡¡Hay que desafiliarlo….!!!

¡¡¡Hay que declararlo persona no grata al Sindicato…..!!!!

¡¡¡ Qué persona no grata, carajo. Cojudeces. Hay que botarlo a patadas al muerto de hambre ése……!!!

Cuando Rivas salió a las cuatro de la tarde, se había hablado tan mal de él que a su paso algún hombre escupió y, todos los demás, lo miraron con odio tremendo. Pero Rivas no veía nada. Se le había clavado un presentimiento muy negro en el corazón y, ahora, apuraba el paso.

No se había equivocado.

Cuando abrió la puerta de su casa encontró a su mujer con los ojos hinchados de tanto llorar. En sus brazos sostenía al niño. Se acercó con miedo, cogió al niño y lo miró. Estaba yerto. Tocó sus manitas, su cuerpo intensamente amoratado. Estaba helado. Acababa de morir. Abrazó a su mujer y lloraron juntos…

Afuera nevaba. Todo el resto de la noche estuvo nevando. Colocaron el cuerpecito sobre una mesa rústica y encendieron dos velas para flanquearlo. Frente a frente se sentaron Rivas y su mujer, inmóviles, mudos, solos, desesperadamente solos, envueltos en la terrible soledad de su dolor.

  • No dejes la puerta abierta, Panchita. Está haciendo mucho frío…
  • No, Lionso. Tiene que estar abierta, sino ¿Cómo van a venir los vecinos……? – Hubo un largo silencio. Rivas quiso informarle a su mujer, pero calló. No lo habría entendido.
  • Cierra la puerta, Panchita. No vendrá nadie….

La mujer contempló largamente a su marido. Estaba acabado. Le parecía que en el transcurso del día se hubiera envejecido, ahora lo notaba. Ahora que tenía los ojos prendidos en el suelo o en el rostro amoratado de su hijo. No alcanzaba a comprender por qué no venía nadie a acompañarles en el velorio. Sintió pena, mucha pena y se puso a sollozar en silencio…¿Será lo apartado de la casa?…¿Será por la nevada?….Si del campamento minero se vería la luz. ¿¡ Es que no tenían alma…?!.Hubiera querido gritar su pregunta. Quiso interrogar a su marido, pero no se atrevió. Respetó su silencio y siguió llorando…

  • No estés llorando, Panchita, cálmate –rogó más que ordenó y miró a su mujer que ahora estaba más pálida que nunca. “Igualita a la virgen de los Dolores”, pensó, y siguió rumiando su dolor en completo silencio.

 A la mañana siguiente, sin haber pegado los ojos en toda la noche, se dispuso a salir como había llegado el día anterior. Su mujer le tomó del brazo y le miró…

– Ya no estés llorando, Panchita y, no llames a nadie. ¿Me oyes?. Hoy voy a trabajar “corrido”. Voy a salir a las tres para hacer los “Papeles”. A esa hora voy a traer el cajón…

– Ya, Lionso…ya…..¿No lo vamos a mortajar….?

– ¡¿Mortaja…?!….¡¿Para qué todavía, mortaja…?!.¿Envuélvele en un “pullo” no más y, no llames a nadie. Te harían desaire….

– Ya, Lionso….

Cuando llegó en la tarde, traía los “papeles” y un ataúd blanco bajo el brazo. La mujer siguió llorando…

  • Ya, Panchita, ya. Deja de llorar. Así será nuestra suerte, pues….
  • ¡¡Nadie ha venido, Lionso!!.- Rivas estuvo a punto de abofetear a su mujer por recordarle su desamparo, pero se contuvo. Tan mal estaba la pobre. Sólo la miró un rato.
  • El doctor me ha cobrado cincuenta soles por el certificado y me ha dicho que nosotros tenemos la culpa…- La mujer permanecía en silencio, sollozando, incontenible – ¡Ya es más de las cuatro y seguramente va a llover…¡Rézale algo a tu hijo porque lo voy a encajonar…!.

Tuvo que actuar con energía para cerrar la tapa del ataúd. La desesperación de la mujer en medio de tanto dolor cedió a la orden del marido. Rivas puso la blanca caja sobre sus hombros en el que previamente había colocado un poncho. No lo llevaría en el brazo. Él que se preciaba de haber llevado a su última morada a muchos hombres buenos, no haría ninguna excepción con su hijo. Introdujo en uno de sus bolsillos una botella de aguardiente de caña. Una angustia atroz estuvo a punto de hacerle llorar, pero se contuvo. La gente no debería verle llorar.

Salió de su casa y, con su cargamento de dolor, comenzó a recorrer el camino. Al pasar por el campamento notó que de las ventanas, negras y odiosas miradas, estaban clavadas en él. Pero no estaba solo. Detrás oía los pasos menudos de su mujer. Esas calles que tantas veces había recorrido con la sonrisa de felicidad se les presentaba ahora desiertas y hostiles. No podía calibrar la dimensión de su actitud. ¡¿Tan mal había hecho con ir a trabajar….?! No, no lo comprendía. Trató de no seguir pensando en su dolor, porque al hacerlo, una fuerte presión oprimía su pecho a punto de hacerle gritar.

Ya estaba llegando al local del Sindicato. Tenía que pasar por allí. Vio gran cantidad de hombres reunidos en sus inmediaciones. A medida que se acercaba los fue reconociendo. El “Shulo” Vivas, pequeño compañero de equipo que, al verle, le volvió despectivamente las espaldas. Sentía que las miradas se clavaban en su cuerpo, en su cara, en sus piernas, pero siguió caminando. Sus ojos se encontraron con los de Marcial Huari que miraba impávido el ataúd. ¿Qué estaría pensando…?. En otro grupo estaban, Ildefonso Blanco, Remigio Sosa, Almaquio Lagos, Cirilo Cuenca, Logio Ramírez, Estanislao Colquichagua, el “loco” Ampudia. ¿Cómo no reconocerlos, si tantas veces habían jaraneado juntos…?. Cuando éstos vieron a Rivas, sus miradas otras veces amables, ahora eran de odio y reproche. Todos esos hombres que en memorables tardes de triunfo futbolístico lo habían paseado en hombros, ahora hubieran querido matarlo. Todas esas miradas agresivas le hacían daño, estuvo a punto de bajar la cabeza para evitarlas, pero el peso de su carga le hizo reaccionar: nunca bajaría la cabeza delante de su hijo aunque estuviera muerto. A sus espaldas oía los insultos, escupitajos, blasfemias, pero siguió caminando, silenciosamente.

El cielo estaba amenazante gris. Una intensa cerrazón oscureció el paisaje. Subió Santa Rosa y llegó a la iglesia. A la puerta hizo descender el ataúd. Su brazo estaba entumecido.

  • ¡Llama al cura, Panchita….!
  • Ya, Lionso…

La mujer entró en la iglesia y salió con el cura que dijo una corta oración, asperjó agua bendita sobre el ataúd e hizo una señal de que había terminado. Gruesas y cargadas gotas de lluvia comenzaron a caer. Rivas volvió a levantar el ataúd. Miró a su mujer que había cubierto su palidez con un raído pañolón y, continuaron caminando. La lluvia comenzó a arreciar. Las gentes se guarecían en las veredas.

Rivas sentía que el camino se había hecho más largo que nunca; la lluvia se colaba por su cuello y por sus mangas haciéndole estremecer. Pensó en su mujer. Aguzó el oído ya que el chasquido de las gotas de lluvia al caer sobre el cajón no le dejaba escuchar bien, pero aún así logró oír el chapoteo de sus pies sobre los charcos que iba  formando. Siempre detrás de él, como en sus tardes de triunfo, como en los días de pago. Como cuando marchó de su pueblo por preferir su amor y desamparo sin hacen ninguna pregunta, sin ninguna objeción; sólo con su amor y la decisión de compartir su vida. ¡Cuánto había envejecido! Cuando la conoció, era muy hermosa; todavía lo era, pero ya se le había ido de las mejillas aquel color hermoso y natural de las mujeres de la sierra. Se sintió agradecido por la compañera admirable que iba detrás de él por los mismos surcos que el dolor había trazado. Recién cumplirían tres años de estar juntos y habían tenido mala suerte. Al nacer el niño a Pancha le sobrevino esa hemorragia que no la dejaba. Ahora debían operarla. Sintió una aflicción tremenda al pensar en esto, especialmente ante el recuerdo de su hijo que llevaban a enterrar. Si su hijo viviera….pero no; había muerto ante su impotencia de sacarlo del Cerro de Pasco. En este constante reto a la vida de sus habitantes, la agresión de la altitud y la crudeza del clima habían cobrado otra víctima más.

Al llegar a “Matagente” dejó el cajón sobre la hierba mojada y sacando la botella del bolsillo le dio a beber a su mujer. Ésta apuró un sorbo y tosió. Rivas hizo lo propio. Necesitaban calentarse. Cuando la miró vio que se había quitado el pañolón para cubrir el ataúd.

  • ¡Se está mojando mucho -argumentó.

Rivas se lo impidió. Cubrió el cuerpo de su mujer y siguieron caminando.

Llegaron a la puerta del cementerio. Estaba cerrada. Llamaron y salió un viejo cubierto con un costal. Abrió la puerta y recibió los papeles.

  • ¡¡¡Allá, al lado del mausoleo de los extranjeros, detrás de la capilla hay una lampa y un pico, entiérrenlo allí…!!! -dijo el viejo y corrió a guarecerse en su casucha. Rivas y su mujer entraron. Llegaron al lugar. La fosa no estaba abierta. Dejó el ataúd en la capilla y comenzó a cavar con todas sus fuerzas. La tumba se llenaba de agua a medida que era abierta. Cuando terminó, fue a la capilla a traer el ataúd. Se detuvo a la puerta. Su mujer abrazaba frenéticamente la caja llorando desconsoladamente. Sintió unas ganas terribles de llorar, pero se contuvo. La tomó en sus brazos y la apartó, entonces sintió que la cara de su compañera estaba roja y caliente, muy caliente. Hervía de fiebre. Se asustó.

De varias lampadas sacó el agua de la fosa. Puso el ataúd en el fondo y comenzó a echar lampadas de barro. A sus espaldas oyó que su mujer tosía, tosía muy fuerte y lloraba.

Un relámpago rasgó la oscuridad.

Rivas lloraba.

Con las lampadas de barro, sus lágrimas fueron cubriendo la tumba de su hijo.

FIN…

 

 

 

 

 

LA HUELGA

Peruvian miners protest in the streets in Lima

La decisión había llegado a ser unánime. Como la compañía se negara a dar solución al “Pliego” de aumento salarial, el Sindicato Minero, cumplido el plazo de ley, se declaraba en huelga general indefinida.

El Secretario General después de fustigar la política financiera del Gobierno y su olvido para con la clase trabajadora, terminó afirmando que la única solución al conflicto se conseguiría con el “Paro” indefinido. Una explosión de voces broncas aprobó la moción. Hermes Buendía, Secretario de Defensa, habló largo sobre los derechos del trabajador. Sus ojos se encendieron de un extraño brillo de odio contenido cuando se refirió a los “gringos”.

  • ¡Hay que enseñarles a esos explotadores “yankis” lo que vale un peruano! ¡Que sepan hoy más que nunca que estamos unidos como un solo hombre…!!!
  • ¡Siiiii…!!!!- imparable ola de voces aprobó lo dicho.
  • ¡¡¡Debemos mantenernos unidos, compañeros…!!!!
  • ¡¡¡¡¡¡¡ Siiiiiiiiiiiiiiiiiiii….!!!
  • ¡Aquí no hay lugar para los traidores, vende patria….!!!!!
  • ¡¡¡Nooooooooooo….!
  • ¡¡¡¡No hay que permitir que ninguno nos dé las espaldas!…¡¡¡ Esta lucha es de todos y para todos!!!!
  • ¡¡¡¡Siiiiiiiiiiiii……!!!!
  • ¡Acabemos con los traidores…..!
  • ¡Siiiiiiiiiiiiiiiiiiiii…………..!
  • ¡Los compañeros de la Confederación del Centro, están listos para apoyarnos! Sólo están esperando nuestra última palabra. Nuestra palabra definitiva – Alejandro López Espíritu, se había subido sobre una banca para hacerse oír por la muchedumbre enardecida. Alzaba los brazos y gesticulaba con energía….-¡¡¡Ahora es cuando, compañeros….!!!!
  • ¡¡¡¡¡¡Síiiiiiiii..!!!!. ¡Ahora es cuando!!!!!

Hubo muchos oradores más que, encendidos, reclamaban unidad para la lucha. Más tarde nombraron los “piquetes de huelga”.

Todos los pormenores de la sesión llegaban nítidos a la mente de Leoncio Rivas. Aquel mar de sudorosos rostros cetrinos, curtidos, fieros y esperanzados, se le había clavado en el cerebro. Le parecía todavía sentir aquel calor sofocante y meloso que se pegaba al cuerpo, a la cara, a las manos, con acre olor a metal y a sudor.

Largo rato estuvo sumido en sus recuerdos hasta que una tos seca le hizo incorporarse. Se acercó y la cama y miró fijamente el rostro demacrado de su mujer. Sus ojos vidriosos tuvieron una respuesta de impotencia. Rivas quedó contemplando a su hijo que estaba al lado de su madre. Tres meses en un cuerpecito que luchaba frenéticamente por seguir viviendo. Oía la acezante respiración que ahora se hacía difícil, muy difícil. El médico le había dicho que era imperiosos sacarlo del Cerro, a Huariaca u otro lugar de menos altitud; pero… ¿quién lo haría?, si su pobre mujer se iba desangrando en una dolorosa continuidad que daba miedo. ¡¿Cómo podía ir ella, si ni moverse podía?! ¿Y, él?….. De hacerlo, correría el riesgo de perder su trabajo ahora que se había declarado la “Reducción de Personal” en la compañía. Hubiera querido darle algo de su vida cansada y amarga para que siguiera viviendo, pero una oleada de impotencia le arañó el alma.

Hubo un prolongado silencio.

  • ¿Pancha, sigue doliéndote? –concentró toda su esperanza en la pregunta
  • Sí, papá, sí – las lágrimas rodaron por su pálidas mejillas – No “para” la hemorragia, no “para”, sigue saliéndome sangre…y, no tenemos plata…
  • No importa, ya conseguiremos; pasado mañana va haber “abono”. Después de cobrar te llevaré a Huariaca con nuestro hijo para que te mejores…
  • Ya, Lionso…
  • Ahora duérmete, hijita, duérmete. Descansa. Ya saldremos de apuros…
  • Si, Lionso. Nuestro Señor no nos va abandonar –su voz sonaba lejana, extrañamente lejana; débil, como a punto de apagarse.

Aquella noche Leoncio Rivas no durmió. Las horas pasaron por sobre su dolor y desesperanza con la misma silenciosa continuidad con que la nieve caía afuera, cubriéndolo todo. Su monólogo interior, dramático e intenso, tenía un fondo martirizante en el continuo ronquido del niño y en esa tosesita pertinaz que le retumbaba en el alma. Afuera, se oía a veces el paso crepitante de algún hombre al romper la nívea igualdad de la nieve o el sacudirse el barro de los zapatos. A ratos, el roncar de los camiones pasando rumbo a Lima o a la montaña. Un frío penetrante como cuchillo se colaba por las hendijas de la puerta, de la ventana, del techo, calándole hasta los huesos.

Se revolvió en la cama.

Lentamente acudieron a su memoria algunos pasajes de su vida. Recordó a don Cupertino Huaylas Rocco. Aquel viejecito de edad indefinible que, muriendo cada día en las negras oquedades de la mina, ya tenía cubierta la cabeza por la blanca pena de los años. Cuántas veces se habían sentado a “chacchapar” en algún perdido recodo de las inmensas galerías subterráneas. Ya lo había dicho él con su rústica filosofía minera: “El Cerro de Pasco no es para cualquiera, hijaco. Esta es tierra de hombres, pero de hombres machos. Aquí la altura es cojonuda, y el frío nos ahoga poco a poco, apretándonos el pecho y, morados no más morimos, si no es  la tos de la mina la que nos remata…”.

Había visto desfilar la vida y la muerte a través de los relatos de don Cupertino Haylas Rocco. Por él aprendió mucho de la dura realidad de la vida. Ahora, en el negro encierro de su vigilia, recordaba estos relatos como si los hubiera vivido. Todos estos recuerdos y penas presentes se conjugaban haciéndole un bloque pesado que le apretaba la garganta. Toda la noche estuvo así, y con las primeras claridades, se calzó las “pacas” y se dispuso a volver a su labor. Su mujer despertó.

  • ¡Lionso….¿Te preparo tu desayuno….?
  • No, Pancha, no; si no, no te vas a mejorar. Así no más me voy. Del almuerzo tampoco te preocupes. Ya encontraré algo. Para ti te estoy dejando esta latita de atún y panes para que comas a las doce…
  • Ya, Lionso……
  • Frótale con enjundia de gallina a nuestra “guagua”. Ahora voy a hablarle a don Cupicho para que nos lo bautice….
  • Si, Lionso; tal vez por falta de bautizo también será…
  • Me voy, Panchita…
  • Ya, papá…

La intensa claridad de la nieve le hirió los ojos. Le sorprendió el silencio total de aquel camino. Diariamente a esa hora veía gran cantidad de obreros dirigiéndose al trabajo. La huelga había inmovilizado a todo el mundo. Él también debía “parar” como sus compañeros, pero no podía. ¡¡Cómo hacerlo si necesitaba dinero para operar a su mujer y salvar a su hijo!!!. Sintió miedo. ¿Qué dirían sus compañeros del nivel 400?. Seguramente que toda la galería estaría desierta.

A la puerta de Lourdes divisó un grupo de hombres con brazaletes rojos que lo miraban con una actitud de odio e interrogación. Él siguió caminando. El camino le parecía muy largo; el más largo que había recorrido en su vida.

Llegó al portalón de la mina.

  • ¡¡¡¿Qué pasa, compañero Rivas?!!!. No creo que usted sea un “amarillo”..¡¡El paro es general………..!!!
  • ¡¡¡¿Se ha vuelto usted loco?!!! –pregunta otro-

No contestó. ¿Para qué?. No entenderían.

  • ¡¡¡No lo dejaremos entrar, compañero; la huelga es general!!!.
  • ¡¡¡Claro, además, usted no es nadie para romper esta huelga…!!!

Los hombres gritaban con un odio tremendo en sus ojos

  • ¡¡¡Él está en su perfecto derecho de entrar si quiere trabajar. Nadie se lo puede impedir!!! – La voz sonó autoritaria a sus espaldas. Era el policía armado que formaba el grupo que cuidaba los interesas de la compañía.

Los hombres abrieron paso.

  • ¡Oye, Rivas. No hagas cojudeces, carajo. Fíjate-….
  • -¡¡¡Rivas…no seas traidor, carajo….!!!!
  • ¡¡Rivas….no sea huevón, carajo!!!!
  • Déjenlo al amarillo ese, compañeros. Por traidores como estos es que estamos: jodidos, carajo…¡¡¡Ya las pagarás, carajo. Recuérdalo!!!

Rivas siguió caminando. Sus botas le pesaban una enormidad. Cuando estuvo a punto de volverse atrás, el recuerdo de su hijo le hizo avanzar. A sus espaldas oía gritos….

  • ¡¡¡¡¡Maldito!!….¡¡¡Vende patria!!!
  • ¡¡¡Muerto de hambre…..!!!
  • ¡¡¡¡Traidor…….!!!

Continúa…