
Aquel fatídico 28 de octubre de 1746, unas nubes gigantescas como siluetas de apocalípticos gigantes fueron reuniéndose hasta formar unas cerrazones de sombras siniestras que encapotaron completamente el cielo. La gente miraba asustada las nubes que se tornaban cada vez más oscuras con un fuerte olor a azufre que terminó por invadir todo el ámbito de la ciudad. Un negro presagio los envolvió a todos y, de pronto, como obedeciendo a una señal, los animales manifestaron una alarmante intranquilidad: los perros iban y venían, desesperados, como buscando escapar de un encierro terrible, la mayoría aullaba lastimeramente; otros se escaparon de las casas en las que vivían. Los mismo lo gatos. caballos, mulos y burros mostraban un extraño comportamiento escarbando, coceando, corcoveando, bufando y relinchando descontroladamente. Patos, gallinas y otras aves de corral, como presas de un pánico indescriptible alborotaban los corrales. Hasta los cuyes –otrora pacíficos y tranquilos- estornudaban extrañamente abandonando sus madrigueras; otros se erguían sobre sus patitas traseras y, como rogando, se empinaban alarmados. Nadie podía explicarse este extraño comportamiento animal. Es más. En linderos de Matadería y Algo huanusha, un insoportable olor a zorrillo hacía irrespirable el ambiente. Más de uno había visto y oído el canto de los tucos (Buhos nocheriegos), malignos animalillos mensajeros de mala suerte, además de la enorme proliferación de mal agüeros “accacllos”, cantores de la muerte. De pronto, siguiendo a un ronquido terrible, como si en el fondo de nuestro planeta se produjera una hecatombe espantosa, la tierra comenzó a temblar horrorosamente, como si estuviera encima de una gigantesca bestia robusta que sacudiera el polvo de sus lomos, sin poder mantenerse quieta por un instante. Los gritos desesperados de las gentes confundiéndose con el revuelo de los animales y el ladrido siniestro de canes aterrorizados, era una patética sinfonía de desfallecimiento extremo. Los sacudimientos eran tan escalofriantes que parecía que se quebraba, zarandeando con gran impulso las casas del pueblo en medio de un polvo asfixiante y ensordecedor. Muchísimas casas cayeron estrepitosamente cuando ya las gentes habían ganado las calles; muchos, de rodillas y empalmando sus manos, invocaban con desesperación que Dios calme sus iras. ¡Nunca había ocurrido algo parecido!. Bruscamente, una ráfaga de viento se abalanzó sobre la ciudad, golpeándola perpendicularmente como a través de una cabina de encierro. Ahora llovía y tronaba misteriosamente, como nunca. Las ventanas se rompían y la lluvia formaba un resistente muro de cristal. Las campanas de la iglesia de Santa Rosa repicaban desordenadamente movidas por la tormenta infernal.
Continuar leyendo »