LA BATALLA DEL CERRO DE PASCO (6 de diciembre de 1820) (Quinta parte)

la-batalla-de-cerro-de-pasco-4

Los trofeos que las armas de la patria recogieron ese día memorable fueron: tres banderas, dos estandartes, la espada del general O´Reilly, el armamento de dos batallones de infantería, el de un escuadrón de carabineros, dos piezas de artillería, la caja militar y el parque de repuesto. La pérdida de fuerzas que ambas partes sufrieron, fue la siguiente:

la-batalla-de-cerro-de-pasco-5

Por la tarde de aquel 6 de diciembre, convocados por el comando patriota, hombres y mujeres del pueblo cerreño, se reunieron en Cabildo Abierto. El Acta dice:

“En el Cerro de Pasco, a los seis días del mes de diciembre de mil ochocientos veinte, glorioso día que el dios de la victoria ha coronado la acción patriótica de nuestro Ejército, en la batalla contra las fuerzas realistas habida esta mañana y, por disposición de Su Señoría, el General Juan Antonio Álvarez de Arenales, Comandante Supremo de nuestras fuerzas en este lugar, se han reunido en Cabildo Abierto, todas las autoridades y ciudadanos del asiento mineral, en el que expresados el parecer de cada quien, se nominó por aclamación unánime a los siguientes ciudadanos en los cargos administrativos correspondientes: 

            A Don Ramón de Arias, en el cargo de Alcalde Mayor y Juez de la Patria que, en su condición de primer ciudadano de esta repartición territorial histórica, deberá tomar el Juramento de Independencia del régimen español a toda la ciudadanía convocada para el caso, el día de mañana, siete de diciembre. 

            A Don Francisco Quirós, distinguido soldado que esta mañana ha luchado por la libertad de la Patria, en el cargo de Gobernador General que lo será de esta ciudad y todo su territorio, para la administración de justicia en lo correspondiente a lo político – militar. 

            A Don Miguel Francisco Maíz y Arcas, en el cargo de Comandante General de Armas del Cerro de Pasco, con mando sobre soldados y patriotas auxiliares en territorio de su jurisdicción.

            A Don Anacleto Benavides, en el cargo de Sub delegado Político Militar en el territorio de su Jurisdicción. 

Al Doctor don Dionisio Vizcarra, en el cargo de Director General de Minas de Pasco. 

Provistos que fueron los principales cargos públicos en el que cada uno de los concurrentes prestó su opinión, voto en público que no tuvo ninguna discrepancia de un sólo individuo, se procedió a recibir la juramentación oficial en nombre de la Santa Cruz, los Evangelios y la Bandera Nacional, de todos los nombrados. 

Viendo Su Señoría, el referido Señor General, la apoteósica y uniforme elección que se ha hecho, manifestó su contento y complacencia. Reiteró su agradecimiento que desde su llegada le había prestado la ciudadanía por la justa causa de la Patria.

Extendió su convocatoria para mañana siete de diciembre en que se Jurará la Independencia y se formalizará los nombramientos producidos esta tarde con una solemne misa cantada en acción de gracias al Todopoderoso en la explanada de la Plaza Mayor de Chaupimarca. Finalmente, todos los vecinos suscribientes de la Justicia de la causa de la Patria, expresaron abrazarla franca y gustosamente, renunciando todo derecho de la Nación Española y que desde luego están prontos a prestar el juramento mañana, de seguir las Banderas de la Patria, lo que ejecutarían el día de mañana siete de diciembre. (Firmas)

Por ante mí, Secretario del Cabildo”.

Finalizada la ceremonia cívica, todos los habitantes acompañaron los restos de los soldados caídos en combate para ser sepultados. Conducidos en hombros por sus compañeros de armas, setenta y siete cadáveres, envueltos en sus pellizas guerreras fueron llevados allá, a tambor batiente. En las iglesias de Chaupimarca y Yanacancha, las campanas doblaban lúgubres. Llegados al campo santo, tras el fúnebre y dolido toque de silencio ejecutado por un trompeta argentino, fueron sepultados en tierra minera. Patriotas y realistas,  bajaron juntos a las entrañas cerreñas.

Aquella mañana del 7 de diciembre de 1820, amaneció radiante. La nieve que alfombrara de albura el campo de batalla donde los patriotas se cubrieran de gloria, había desaparecido. Un rutilante sol  brillaba omnipotente, allá arriba, bajo un sobrecogedor imponente fondo azul. Gentes de toda condición venidas de los pueblos aledaños entremezcladas con los lugareños, iban tomando sus ubicaciones dentro de los linderos de la plaza Chaupimarca. El día anterior, el general Arenales había hecho publicar una convocatoria a un Cabildo Abierto para perpetuar en un acto simbólico el trascendental triunfo que las fuerzas patriotas de América acababan de obtener en un extremo de la minera ciudad. A un costado de la iglesia San Miguel, donde hasta el día anterior había permanecido la horca en la que habían ajusticiado a muchos facinerosos, se levantaba majestuoso un entarimado adornado con banderines, quitasueños y cadenetas. En la parte central: el altar. A un costado la bandera nacional recientemente creada por el general don José de San Martín, en Pisco el 21 de octubre del mismo año, dividida por líneas diagonales en cuatro campos, blancos los de los extremos superior e inferior, y rojos los laterales con una corona de laurel ovalada al centro y, dentro de ella, un sol saliendo por detrás de las sierras escarpadas que se elevan sobre un mar tranquilo. A un lado, la bandera chilena. En la parte baja del estrado, se exhibían los trofeos de armas arrancados a los realistas: tres banderas y dos estandartes; la espada del prófugo general O´Reilly; armamento completo de dos batallones de infantería y un escuadrón de carabineros, dos cañones, la caja militar y el parque de repuesto.

A las diez de la mañana hicieron su aparición por las calles adyacentes los bravos soldados de la libertad: argentinos, chilenos, paraguayos y peruanos. Cientos de hombres, mujeres y niños, los aplaudían vitoreándolos. Inmediatamente después, irrumpió un grupo de cerreños notables presididos por don Ramón de Arias, Primer Alcalde Republicano y Juez Mayor de la Patria; don Francisco Quirós, notable político cerreño, nombrado Gobernador General; Don Miguel Francisco Maíz y Arcas, Comandante General de Armas; don Anacleto Benavides, Sub delegado Político Militar en el territorio de su Jurisdicción; el doctor don Dionisio Vizcarra, Director General de Minas; Manuel de Arias, delegado minero que al año siguiente firmaría el acta de independencia del Perú, el 28 de julio de 1821 en la ciudad de Lima, en representación del Cerro de Pasco. A continuación el Estado Mayor de los libertadores. El general Álvarez de Arenales con uniforme de gala; detrás el Jefe del Estado Mayor, Teniente Coronel Manuel Rojas, flanqueado por los comandantes Ramón Antonio Deheza y Santiago Aldunate. Los  capitanes Federico Brandsen, José Vilela Castillo y Rufino Guido. A un costado, al mando del grupo de granaderos a caballo, el comandante Juan Lavalle. Detrás de los heroicos soldados, venía un grupo de hombres demacrados y escuálidos pero con la mirada alta y orgullosa. Eran los bravos sobrevivientes huanuqueños de la valerosa revolución de Crespo y Castillo que, cumpliendo sentencia del Tribunal de Lima, venían trabajando bajo rigor, a ración de pan y agua, y sin sueldo, en las galerías mineras del Rey que regentaban los españoles. Allí estaban los Alcaldes, Mariano Silvestre, del pueblo de Panao; Honorato Callán,  de Pillao; Patricio Martínez, de Acomayo; José Calixto, de Santa María del Valle; Gregorio Evaristo, de Huacar; Francisco Antonio, de Acobamba; Mariano Camacho de Cayna; Manuel Beraún, con alias “Saguaccay” de Huallayco; Juan de Dios Esteban, Alcalde de Campo de Pachas; Lucas Ruiz, de Rondos; Marcos Sánchez, de Punchauca, Pablo de la Cruz Vilca, de Chupán; Antonio Ambrosio, de Chavinillo;  del mismo pueblo los ediles, Julián Ortega, Manuel Concha y Nicolás Charín. De Huánuco José Huanca, Pablo Usuriaga, Antonio Mallqui, Julián Gaspar, Ascencio Briceño, Manuel Roque, Santos Trujillo, Pedro Cabello, Francisco Cabello, Hipólito Gómez, Santos Tello, Víctorio Soto. Por disposición especial del general Álvarez de Arenales fueron puestos en libertad en medio de conmovedores aplausos del pueblo cerreño.

Una vez que hubieron tomado sus emplazamientos en el estrado, el cura huanuqueño, párroco de Yanahuanca, reverendo padre, Manuel Sáenz, celebró la misa de campaña escuchada con emoción patriótica. En su corta elocución, se refirió al significado que el acto encerraba  para la historia de América y pidió que se orase por los patriotas muertos el día anterior, especialmente por el valeroso joven teniente de granaderos, el mendocino Juan Moreno, caído en la primera carga patriótica, con el corazón atravesado por una bala. El padre Sáenz inicialmente había sido un piadoso y esforzado arriero que llegó a hacerse muy conocido en Huánuco y gran parte de la quebrada de Chaupihuaranga. Al entrar de cura, en sus viajes misionales, observó de cerca la manera cómo los españoles trataban a los nativos. Para ellos todo lo mejor, dejando lo peor para los naturales. En sus conversaciones con el padre Villavicencio, llegó a la conclusión de que era necesaria la insurrección. En sus viajes ya se convirtió en agente propagandístico de la sublevación, llevando consigo proclamas, pasquines décimas y demás propaganda especialmente en los pueblos de Tápuc, Chacayán y Yanahuanca en donde formó partidas de cívicos que estaban dispuestos a luchar por la libertad y, cuando se efectuó la insurrección de Huánuco y Panataguas, él estuvo con los insurrectos alentándolos en condición de Capellán. Preso y herido fue severamente castigado. Cumplida su condena se hizo cargo de la parroquia de San Pedro de Yanahuanca en cuya condición había celebrado la santa misa de independencia. Para terminar el acto litúrgico, el padre Sáenz bendijo el Estandarte de Guerra del Batallón CONCORDIA DE PASCO, formado por patriotas cerreños que en el futuro velarían por el mantenimiento de la libertad conseguida. Luego el General Juan Antonio Álvarez de Arenales, invitó a Don Ramón de Arias -elegido Alcalde Mayor y Juez de la Patria- a que declarara la independencia del Cerro de Pasco. El instante era solemne. Un silencio sobrecogedor se hizo en todos los ámbitos de la vieja e histórica plaza Chaupimarca. El primer alcalde republicano cerreño, tomo la mano derecha, la primera bandera peruana y en la izquierda un crucifijo de plata. Se acercó al borde mismo del estrado, miró a todos los rincones de la plaza  y con voz potente y emocionada, pronuncio estas históricas palabras.

-“Cerreños: ¿Juráis por Dios y la señal de la Santa Cruz, el ser independientes de la corona y el gobierno del Rey de España y ser fieles a la patria?”

Mil voces quebradas por la emoción, respondieron al unísono:

-¡¡¡Sí, Juramos!!!!!

En ese momento, los noveles soldados del Batallón Concordia de Pasco, efectuaron disparos de fusilería en homenaje al histórico momento.

Lo que ocurrió después, fue indescriptible. La emoción se apodero de todos. Se gritaban vivas a la patria, a San Martín, a Arenales. Muchos lloraban, otros cantaban, pero todos emocionados se abrazaban. Los imbatibles soldados patriotas venidos de todos los confines de América, rompieron filas y se confundieron  en emocionados abrazos con los cerreños que los vitoreaban. Entre tanto, todos rubricaban el acta que había levantado el escribano del Cabildo de Huánuco, Don Asencio Talancha. El Cerro de Pasco era el primer pueblo del Perú que juraba la independencia después de la triunfal Batalla de Pasco, que constituyó la primera y más importante victoria de las armas patriotas en una batalla franca y abierta por la libertad.

En el cielo, el sol brillaba majestuoso, omnipotente como nunca; aquélla mañana del domingo 7 de diciembre de 1820.

F I N….

 

LA BATALLA DEL CERRO DE PASCO (6 de diciembre de 1820) (Cuarta parte)

la-batalla-de-cerro-de-pasco-3

Cuando los patriotas se aprestaban a iniciar el movimiento, advirtieron conmovidos, que gran cantidad de hombres y mujeres coronaba las cimas de los cerros aledaños. Eran los cerreños que con el fin de evitar ser pasto de la guerra se habían reunido en las cumbres y con sus gritos estentóreos alentaban a las fuerzas patriotas. Los jinetes montoneros, conformando la reserva, estaban a la expectativa para entrar en combate. En ese momento había dejado de nevar y como un milagro, tímidamente, asomó el sol.

Era impresionante el aspecto que ofrecía el impoluto escenario en el que debían enfrentarse dos experimentadas fuerzas guerreras. Una blancura total contrastaba con el azul del cielo cerreño donde el sol asomaba para presenciar la magnitud de aquella epopeya. En el rápido transcurso de unos segundos Arenales pensó que si por acuerdo de las fuerzas americanas, la única bandera que debía flamear sería la chilena que había propiciado el viaje y la peruana por ser dueña del escenario, también estaría presente la gloriosa bandera argentina representada por el majestuoso azul celeste de su cielo brillante, las nieves perpetuas que habían caído toda la noche anterior y, ese sol rutilante que alegraba el cielo. Cuando las fuerzas estuvieron preparadas, la voz enérgica y brillante del General Juan Antonio Álvarez de Arenales, estremeció los siglos:

¡¡¡Adelante!!!.

Impelidos por una fuerza suprema salieron los patriotas del 11 sobre el portachuelo de la Chancayana. Advertido el enemigo de las intenciones de los atacantes efectúan una cerrada descarga sobre los invasores. En ese momento se escucha la vigorosa voz de mando del mayor Deheza:

– ¡¡¡Capitán, Medina… Sobre el centro del portachuelo!!!.

Decidido el capitán dispone en guerrilla a sus hombres que aprovechando las casas,  cortaduras de la calle Lima y, orillas de Patarcocha, avanzan sobre el reducto enemigo. En  un incesante silbido de balas enemigas, dificultad de nieve y barro,  progresan decididos, pero al llegar al borde del riachuelo, vacilan un tanto. Al advertirlo, el mayor Deheza, con perspicacia de guerrero experimentado, pica espuelas y con el brioso caballo chileno que monta, sin hacer caso de las balas, los conmina a que avancen. Al verlo –valiente y decidido- la espada al aire, exponiéndose a los proyectiles enemigos, los soldados lo imitan e inician un ataque enérgico, rápido y determinante. Entonces los realistas efectúan cerradas descargas de fusilería sobre el abigarrado grupo de valientes.

Delante de este ágil grupo de patriotas, va un hombre extremadamente joven que al coronar un pequeño promontorio, recibe una cerrada descarga sobre el pecho que le hace trizas el corazón. Impulsado por la sacudida brutal del impacto, arroja muy lejos de sí  el fusil de correaje blanco y cae de espaldas para encajonarse en una pequeña depresión que, a manera de ataúd forrado con nieve espesa y blanquísima, cobija el cuerpo del joven infante. Los ojos fríos, fijos en el cielo azulenco, queda eternamente inmóvil. Ha muerto heroicamente el Teniente de granaderos: Juan Moreno. Tenía veinte prometedores años juveniles.

Enardecidos, los colosos de la libertad siguen atacando el fortín. Con gritos fieros y estentóreos, siguiendo la afilada punta de sus bayonetas atacan la ciudadela que parece inexpugnable. Aprovechando la ventaja de sus parapetos, los españoles realizan nueva descarga con la que rueda un grupo de patriotas más, y cuando se aprestan a recargar sus fusiles, los libertadores les caen como tromba con las bayonetas caladas, destrozándoles salvajemente.

Entretanto, el capitán Medina con veinte cazadores, ha logrado introducirse en uno de los flancos de los Talaveras que, sorprendidos, se agrupan de a cuatro para seguir combatiendo. Hacen escuchar sus bravatas que son vencedores de Napoleón el Grande… De nada les sirvieron estas fanfarronadas. Rápidos y brillantes los patriotas deshicieron las filas realistas que ya sin concierto ni comando trataron de esconderse en corrales y casas de la población.

Mientras tanto, sable en mano, infatigable, fiero, sobre su moro chileno, cuya estampa guerrera contrasta con la nieve blanquísima, el general Juan Antonio Álvarez de Arenales, anima a sus tropas con gritos determinantes y enérgicos Va de un lado a otro sin importarle las balas silbantes.

Se está efectuando ya una de las postreras cargas patriotas, cuando el pequeño corneta del regimiento, el entrerriano Juan Pinto, se traba en fiero combate con un oficial abanderado de los Talaveras. La lucha es breve y salvaje pero al final el realista cae sin vida. La bandera ha sido arrebatada por el corneta en una triunfal acción que le mereció el ascenso.

El Batallón Nº 11 triunfa en su misión de atravesar el portachuelo de la avenida principal, bajo el fuego implacable de la artillería española. El Batallón No 2, rodeando la laguna de Patarcocha por la derecha, al trote, consigue ponerse frente al Batallón realista Concordia al que abruma con sus fuegos, y en medio del humo reinante, se le va a la carga. Como los realistas no esperaban esta embestida tan impetuosa, se desorganizaron inmediatamente y no les queda otra salida que la fuga en busca del amparo de las casas de la ciudad minera.

En todo este tiempo, los hombres -palidez mortal y ardor insoportable que les desgarra el pecho- tratan de tomar algo del oxígeno que se ha diluido en las inmensidades de la alta  planicie; las sienes martillantes y el corazón desbocado de angustia, cubiertos de sudoraciones frías y agobiantes, muchos vomitan perdiendo todo el impulso para seguir en batalla. Otros caen sin conocimiento. Otro tanto ocurrió con las bestias en combate. Con los belfos sangrantes y los ojos saltándoles de las cuencas, se tiraban en estertores lastimosos y crueles, víctimas de la “beta”. Claro, se estaban peleando en la cima del mundo, a 4,500 metros sobre el nivel del mar. En la ciudad más alta del mundo.

En aciago momento, al superar un promontorio, el caballo del general Arenales resbaló al pisar una piedra aguda que lo encabritó. Por más que puso toda su sapiencia, no logró sofrenar al animal que en sus descontrolados movimientos fue a chocar la pierna del general sobre una roca filuda que lo lastimó severamente. Sin embargo, luego de tranquilizar a su equino, Arenales siguió combatiendo. Al terminar el combate y desmontar, repararon que la herida con golpe, era terrible.

Desde entonces, todo fue persecución implacable, toma de prisioneros y acopio de toda clase de trofeos de las filas enemigas. Las hurras y los cantos de triunfo de los cientos de hombres y mujeres cerreños, encendían el ánimo de los gloriosos combatientes patriotas.

El mayor Lavalle, que desde su puesto de reserva había observado que el enemigo se retiraba del campo de batalla con su formación intacta, sin entrar en combate, decidió atacarlo para tomar la parte que le correspondía del triunfo. Ardía en deseos de hacerlo, pero las infanterías trabadas en feroz combate se lo impedían. Tuvo que esperar a que las fuerzas patriotas desalojaran al enemigo para tomar parte en la batalla. Había recibido una orden terminante de perseguir al enemigo que se retiraba. En el acto pico espuelas cumpliendo la orden pero observó que los realistas se habían enfangado hasta las monturas al salir de la senda por donde trataban de escapar. Cuando lograron vencer aquel fangal, sólo pudieron avanzar dos cuadras porque encontraron una dificultad mucho más grave e incomparablemente mayor que cualquier otra: el “soroche” para los hombres y la “beta” para los caballos. Cuanto más aceleraban el paso, más se le fatigaban; los soldados, pálidos y jadeantes, iban quedando uno aquí, el otro allá. Así las cosas no le quedó otra alternativa que escoger a los diez hombres mejor montados y despacharlos bajo el comando del Teniente paraguayo, Vicente Suárez, a cortar la retirada del escuadrón realista, el que sin duda estaría sufriendo el mismo inconveniente.

Continúa……

la-batalla-del-cerro-de-pasco-2

Después del desayuno, el Estado Mayor se reunió en la habitación del General Arenales para recibir las órdenes finales.

– Señores –habló enérgico- Hasta ahora nuestras armas no han encontrado digno rivales para batirse. La refriega de Chancaillo en Ica, no tiene importancia. En Huancavelica, no encontramos a ningún realista. Lo de Huamanga y Huanta; lo mismo que de Huancayo, Jauja y Tarma, ha sido fácil, demasiado fácil diría yo. ¡Ahora las cosa han cambiado!… ¡Tenemos que apoderarnos de la ciudad minera del Cerro de Pasco, a cualquier precio! Para ello tenemos que librar una batalla con los realistas que se han apoderado de ella ¡Hay que recuperarla!!… ¡¡Su ubicación estratégica y su importancia económica lo exigen!!

– ¡¿Cuáles son las previsiones que debemos adoptar, mi General?! –pregunto el jefe del Estado Mayor.

– ¡Tenemos que actuar con mucho cuidado! Ellos deben conocer el terreno como la palma de su mano y pueden sorprendernos con una celada en cualquier momento. ¡Mucha atención a lo que se hace! –Hubo una pausa en la que se extendió sobre la mesa, un mapa trazado por el capitán Althaus, luego continuó- ¡¡Comandante Santiago Adúnate!!

– ¡A la orden mi General!

– ¡Usted conformará el ala derecha con 340 hombres del Batallón Nº 2! Su misión es flanquear la izquierda enemiga aprovechando las alturas. Su acción debe ser rápida y enérgica porque la línea trazada diagonalmente del sudoeste a noroeste deja un gran espacio en la retaguardia realista.

– ¡Así es mi General!

– Si logramos introducirnos en ese espacio con la rapidez requerida, le originaremos una confusión notable que más tarde podemos utilizar con mucho acierto.

– ¡Así lo haremos, mi General!

– Bien, muy bien. ¡Sargento Mayor, Ramón Antonio Deheza!

– ¡A la orden, mi General!..

– ¡Usted, con 340 hombres del Batallón No 11 y dos piezas de artillería, conformara nuestra ala izquierda! Su misión principal es marchar de frente por el camino que cruza la ciudad de un extremo a otro. Creo que se llama la Chancayana…

–  ¡Así es, mi General!

– ¡Cuando haya avanzado lo suficiente, deriva velozmente y ataca a la derecha enemiga que se halla en las orillas de la laguna de la Esperanza…

– ¡Bien, mi General!.

– Conocemos de su pericia y valor, mayor Deheza. Esperamos que vuelva a realizar la proeza de la toma de la plaza de Talcahuano…

– ¡¡Así lo haré, mi General!.

– Muy bien, mayor –quedo mirándolo con paternal admiración y luego dirigiéndose a su segundo en el mando, le dijo -¡Usted Teniente Coronel Manuel Rojas, en su condición de Jefe de Estado Mayor, irá al centro, entre las alas derecha e izquierda!.

– ¡¿Con qué personal contaré, mi General?!.

– Con el resto de personal de los Batallones 2 y 11

– ¿Nuestra misión General?

– Ustedes marcharan siempre al centro de las dos alas, como a unas dos cuadras de la retaguardia, observando todos los movimientos de sus compañeros y prestos a brindar protección a cualquiera de ellos en caso necesario…

– ¡Así se hará, mi General!.

– Bien…!Capitán Juan Lavalle!.

– ¡A la orden, mi General!. -El capitán con grado de Sargento Mayor, don Juan Lavalle, se cuadró militarmente.

– Usted se hará cargo del comando de nuestro Escuadrón de Caballería!

– Bien, mi General.

– Deberá actuar rápida y frontalmente en el momento necesario; es decir, cuando la infantería y la artillería hayan ablandado al enemigo…

– Así lo haré, mi General.

– Eso es todo. – Bien sabían estos ilustres jefes y oficiales el peso y el significado de las palabras del caudillo Arenales.

A las siete de la mañana sonó el clarín de avance. El cura venido de Ninagaga, oraba emocionado rodeado de las mujeres del pueblo. Todavía nevaba copiosamente cuando los centauros de la libertad partieron en pos de la gloria.

La marcha se hacía lentamente debido a la dificultad de la nieve acumulada. Se trataba de evitar cualquier emboscada que pudiera producirse aprovechando de la nieve y la fragosidad del terreno.

El General Álvarez de Arenales, en mérito al reconocimiento que había practicado la tarde anterior, calculaba que el enemigo se aprovecharía de la posición inexpugnable que ofrece la alta cuesta por su posición dominante y abrazando con sus fuegos desde la altura a sus soldados, conseguirían quizá un triunfo. Podían aniquilarlos a mansalva parapetados en los crestones y en los peñascos de los que esta erizada la montaña. Suponía, en fin, que entre tantas ventajas que le ofrecía aquel paisaje, aprovecharía para dejar fuera de combate a la caballería patriota que había sido el terror de los españoles con su movilidad e intrepidez. Felizmente, no fue así. Contra todos los cálculos de Arenales, contra las reglas de la estrategia, O´Reilly había desechado tan positivas ventajas, mostrando solamente que estaba resuelto a jugar el éxito de la campaña en un combate. Esto justificaba su presencia en el Cerro de Pasco.

Al no presentarse el enemigo por ninguna parte, Arenales se alarmó. Si O´Reilly no había utilizado las ventajas que le ofrecía aquel terreno, seguramente –pensaba- tendría otras de mejor disposición. El avance de las fuerzas patriotas se hacía por aquel páramo blanco, en forma cautelosa. Entretanto, no se descubría ni un solo realista en los alrededores.

 Por fin, a las nueve de la mañana coronaron los cerros de Uliachín por la parte posterior. Abajo, delante de ellos, todo cubierto de blanco: el Cerro de Pasco. Lo primero que les impresionó fue que estuviera edificado como al desgaire, sin orden ni cuadraturas; con una calle larguísima que comenzaba a las faldas de aquellos cerros, y luego de cruzar la ciudad, terminaba al otro extremo. Más callejas caprichosas y accidentadas cruzando toda la población cerreña que estaba plagada de bocaminas. Dos lagunas colmadas de un color verde azulado a la derecha: Patarcocha que en aquel tiempo era una sola; y  en una hondonada de la izquierda con sus bordes pantanosos: La Esperanza. Las tres lagunas unidas entre sí por un amplio riachuelo comunicante. Para unir las partes de la población,  un puente, de piedras en arco. En realidad –pensaba Arenales- no era una ciudad digna que tanto aportaba al sostenimiento del Perú.

Pero… ¿Y las tropas enemigas?… ¿Dónde estaban?… ¡¡Esto es el colmo!!… Los realistas sabían de la llegada del ejercito patriota… ¡¡¡¿Cómo es que no lo esperaban?!!!.

Seguramente O´Reilly pensaba causar fuerte impresión en el ánimo de los soldados patriotas con aquel desplante. Encolerizado por la arrogancia, Arenales ordenó disparar un cañonazo sobre la ciudad, como una imprecación y un desafió… ¿Qué se habían creído?!!!.

Sólo así, después del estruendoso estrépito, viendo los perfiles de los soldados patriotas recortarse en el horizonte, O´Reilly hizo salir a sus batallones a tambor batiente, con parsimonia y lentitud exasperantes, como si fueran los perdonavidas que por compromiso se iban a enfrentar a un ejército inferior. Entonces los patriotas, indignados ante tamaño desaire, comenzaron a insultarles a grito pelado desde las cumbres, recordándoles que ellos le habían dado la libertad a Chile y que en esa oportunidad también los vencerían. Ardían en deseos de darles su merecido a tan arrogantes “chapetones”.

Después de tanta ostentosa parsimonia, el jefe de las fuerzas realistas, ordenó su cuadro de combate, disponiendo definitivamente la ubicación de sus soldados y armamentos.

Colocó en el ala derecha a su ponderado Batallón Victoria de Talavera, dividido en tres líneas e integrado por mil hombres para sostener el paso de la calle Chancayana (actualmente Lima). Estos hombres se parapetaron a lo largo del riachuelo que comunicaba la laguna de Patarcocha con la de la Esperanza. De esta manera trataban de hacer inexpugnable la ciudad. Sobre el promontorio central colocaron dos piezas de artillería para contener todo intento de penetrar en la ciudad. En el ala izquierda, bordeando la laguna de Patarcocha, situó al Batallón Concordia que estaría respaldado por la artillería  del morro e impediría por todos los medios, la entrada de los patriotas en el pueblo. O´Reilly completó su formación colocando en el extremo derecho a su caballería de 200 jinetes con el fin de arrasar con el enemigo una vez que hubiera sido ablandado por la infantería y artillería realistas. En realidad, con esta formación creía asegurar la inviolabilidad del objetivo: El Cerro de Pasco.

Viendo Arenales que la posición enemiga era esencialmente defensiva, de acuerdo con los jefes de su Estado Mayor, dispuso su plan de ataque.

Se acordó que bajando las columnas hasta el inicio de la explanada de la ciudad, la Nº 11 atacase el riachuelo de la calle principal (Lima), desprendiendo una compañía que, por una maniobra rápida, cortase la línea enemiga por el centro, aprovechándose para ello, de la ribera de la laguna; que mientras esta compañía llamara la atención por el centro, el resto del batallón emprendiese una carga sobre los Talaveras, pasando por el foso a toda costa. Lo que convenía era un ataque impetuoso. Que el batallón No 2 siguiera su obra sin flanquear la izquierda enemiga, pero con toda celeridad imaginable, consultando la simultaneidad del ataque. Que la reserva prestase más atención a la carga que se encomendaba al ala izquierda, por cuanto ella venía a ser punto cardinal. Que el batallón de granaderos a caballo, estando a la expectativa del momento propicio, cayese sobre la caballería enemiga e hiciese cuanto fuera posible por vencerla, en una acción que, sin duda, iba ser la decisiva de la campaña. Esto quedó resuelto en la Junta de Guerra.

Continúa…

 

LA BATALLA DEL CERRO DE PASCO (6 de diciembre de 1820) (Segunda parte)

la-batalla-del-cerro-de-pasco-1

Después del reconfortante almuerzo que finalizó con un delicioso dulce de caya, el General Arenales con su Estado Mayor y el montonero cerreño, Camilo Mier, pasaron a la habitación del jefe para cambiar impresiones.

– ¡A las órdenes, mi General! –el montonero cerreño, con abrigadas ropas de lana, botas ganaderas y sable toledano en la mano, se cuadró militarmente frente al Jefe Superior –Soy Camilo Mier, jefe de las guerrillas del Cerro de Pasco  y representante de todos los patriotas que luchan en esta zona. -Allí estaba el primero de los patriotas cerreños que conjuntamente con otros, conformaba la Partida de Guerrilleros de Pasco; nieto de notables mineros españoles e hijo del Alférez, José Antonio Mier, de la Compañía del Ejército del Rey, “Dragones de la Frontera”. Iniciada la lucha libertaria, el ejército español, sin miramientos de ninguna clase, se había apoderado de las minas de sus abuelos y de todas sus pertenencias, dejándolos en la inopia. Este fue el poderoso motivo por el que decidiera formar la inicial “Partida de Guerrillas” que luchó contra los realistas, desde mucho antes de la llegada de Arenales.

– ¿Cuáles son los informes que tiene que alcanzarme?

– En primer lugar, mi General, le damos la más efusiva bienvenida a nombre de todos los patriotas que luchamos en esta región…

– ¡Gracias, Comandante!…

– Nuestros cuadros están resguardando los pueblos de la zona y sus pertenencias. Cuando los realistas salen a efectuar sus malones para recolectar alimentos, principalmente ganado, que en la zona abunda, aprovechamos para sorprenderlos y causarles bajas. Custodiamos todos los caminos y cuando entran en nuestro territorio, programamos rápidos ataques a sus fuerzas. De esta manera los tenemos en jaque, impidiendo que efectúen  sus abusos y depredaciones.

– Bien, muy bien, Comandante… ¿Cómo están constituidos los cuadros guerrilleros en la región?

– En Yanahuanca, hay un fuerte cuadro bajo el mando del coronel Mariano Fano; en Paucartambo hay otro, bajo el mando del comandante José María Fresco; aquí en Pasco, el mayor Balaguer y yo… también tenemos nuestros grupos en varios lugares de la zona en condición de patrullas volantes…

– Bien está… ¿Se han cumplido con mis otras disposiciones?

– Sí, mi general. Al pie de la letra. Los pasquines revolucionarios se han repartido en toda la sierra como se viene haciendo desde finales del siglo pasado. Todos los pueblos sintieron un alivio y una alegría indescriptible al enterarse de que el Ejército Libertador, llegaba. Todos están deseosos de ver derrotados a los realistas.

– ¡Buen trabajo, comandante!… ¿Y qué me dice del jefe Irlandés que manda las fuerzas españolas?

– El general O´Reilly con su división de tropas no se han movido del Cerro de Pasco, no obstante que nosotros hemos hecho llegar a sus oídos, que usted llegaba con el ejército patriota.

– ¡Aja! –pronuncio Álvarez de Arenales pensativo.

– Todos los “chapetones” del Cerro están ayudando a los realistas; los están alimentando y los han alojado en la enorme casona del viejo Olaechea. No hay duda. Están decididos a quedarse.

– Así es. Ahora lo veo muy claramente, O´Reilly está cumpliendo a plenitud las órdenes que le ha dado el Virrey. Quiere mantenerse en propiedad de la ciudad minera impidiendo el paso para unirnos con el General San Martín, que de acuerdo con el plan de operaciones ya debe hallarse en la costa norte de Lima.

– En estas circunstancias… ¿Qué determinación habrá de adoptar, mi general? –interrogo ansioso Camilo Mier.

– ¡¡ No nos queda otro camino que el combatir!! –resolvió rápidamente Arenales.

– ¡¡ ¿Aquí, mi General?

– No, iremos al Cerro de Pasco y, combatiremos en ese lugar. En cuanto a ustedes, comandante, me es satisfactorio decirles que han cumplido con la misión que se les ha encomendado; por esta razón déjennos el campo libre para que sean nuestras armas las que se enfrenten a los realistas… Ustedes deberán estar a la expectativa para caer sobre los grupos enemigos que crean conveniente y en el momento preciso, tratando eso sí, de no duplicar funciones de guerra con el ejército regular.

– ¡Bien, mi General!. ¡Si ése es su deseo; así se obrará!.

– El tiempo está amenazante. Tendremos una fuerte desventaja –intervino el jefe del Estado Mayor.

– ¡Ellos también tendrán la misma dificultad. Claro que están más acostumbrados que nosotros, pero igual, tenemos que enfrentarles.

– Entonces, es imperativo el detallado estudio del terreno que seguramente ellos conocen como la palma de su mano –dijo categórico el ingeniero, capitán Althaus.

– ¡Eso, sí!… ¡eso sí!… Pero tenemos que efectuarlo inmediatamente. Para realizar la exploración me acompañarán, el Teniente coronel Manuel Rojas, el Mayor Juan Lavalle; el capitán Althaus, en su calidad de ingeniero; el comandante Camilo Mier, como guía, ya que siendo oriundo del lugar lo conoce a la perfección; y un escuadroncillo de granaderos.

– ¡A las ordenes mi general! –respondieron al unísono los aludidos.

– ¡¡Arrópense adecuadamente!!… ¡¡la lluvia está a llegar!!.

A las tres de la tarde, cuando los relámpagos fulguraban el ambiente de incontenible lluvia, partieron a estudiar el terreno. Nada les arredró. Comandados por el General Arenales, recorrieron palmo a palmo todo el tramo que media entre la Villa de Pasco y la ciudad minera del Cerro de Pasco. Nada se dejó al azar. Tomaron nota de toda la planicie,  depresiones, farallones, elevaciones, cortaduras; roquedales que pudieran servir para tender una celada; de todo aquello que pudiera ser utilizado en el combate. Ya cerrada la noche, retornaron empapados, pero imbuidos de seguridad y confianza para el combate del día siguiente.

Aquella noche, cuando los truenos y relámpagos dejaron de estremecer los cielos, la lluvia dio paso a una espesa y silenciosa nieve que toda la noche estuvo cayendo. El níveo silencio de su blancura, acunó el sueño de los libertadores.

 A las seis de la mañana de aquel 6 de diciembre de 1820, cuando el claro reverbero de la nieve hacia destellar el día naciente, una argentina trompeta hizo sonar la estridencia de diana en todos los confines de la Villa. En su aposento particular, el General Álvarez de Arenales procedía alistarse para el gran día. Sus grandes ojos negros llameaban en las órbitas con un extraño brillo de decisión y odio contenido. El ceño continuamente fruncido, señalaba el timbre de su adustez, agravado por una profunda cicatriz obtenida en Chacabuco. En las comisuras de los labios, sendas y profundas arrugas. La barbilla fuerte y poderosa, digno reflejo de su carácter. Su rostro enérgico tallado toscamente por el sello de la sequedad castrense que muchos achacaban de soberbia, estaba sereno. Todos sus pensamientos se concentraban en la batalla que libraría en unas horas contra los realistas. Prácticamente, en sus manos residía la responsabilidad del futuro de la empresa libertaria. Él muy bien lo sabía.

Comenzó a vestirse con movimientos rápidos y enérgicos.

Después del ceñido pantalón de paño blanco y medias de lana gruesa, se calzó las botas granaderas a las que añadió sendas espuelas de plata. Luego de la blanca camisa y el correaje de cuero negro, la encarnada pelliza granadera con vivos azules y abundante pasamanería dorada. Ató a su cintura el sable curvo que el Ejercito Argentino había puesto en sus manos y de cuya cazoleta colgaba la correa para poder ligarla en la mano durante la lid. En el Perú, este sable no había sido usado en Ica, Huancavelica, Huamanga,  Huancayo, Jauja ni Tarma. Sólo pequeñas escaramuzas sin importancia se habían producido en esos lugares. Ahora sí estaba seguro que lo utilizaría.

Cuando hubo terminado de vestirse, se acercó al espejo y peinó sus cabellos entrecanos hacia delante, tratando de cubrir la zona frontal de su incipiente calvicie. Se puso una bufanda de vicuña y luego un capote de amplio vuelo. Entregó a su ordenanza el sombrero de general y se puso un chambergo de amplias alas para protegerse de la nieve. Cuando salió de su aposento, una enérgica voz de atención, puso en alerta a toda la tropa. La nieve seguía cayendo implacable desde el día anterior.

En el patio, en enormes peroles hervía el vivificante puchero matinal de carne seca y chuño negro. Las buenas mujeres pasqueñas habían horneado sabrosísimos bollos de trigo para servirlos con chocolate. Jefes, oficiales y soldados, vestidos con capas y ponchos pluviales fueron a degustar el alimento preparado con dedicación y cariño.

Continúa…

 

LA BATALLA DEL CERRO DE PASCO (6 de diciembre de 1820) (Primera parte)

la-batalla-de-cerro-de-pasco-2
Mapa de la batalla de Pasco, 6 de diciembre de 1820

Jurada la Independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata el 9 de julio de 1816, quedaba sellada definitivamente la libertad de la República Argentina, único lugar donde   consiguió triunfar la lucha independentista; en todo el resto de la América Española los realistas habían logrado sofocar la insurrección. Pero si la revolución Argentina no tenía enemigos dentro de sus fronteras, dos poderosos ejércitos realistas la amenazaban: uno de Chile y otro desde el Perú. San Martín había percibido claramente esta amenaza para su patria y sostenía que el poder realista terminaría una vez que todos los españoles hubieran sido arrojados del territorio americano. No antes. Por otro lado, persuadido que no podría llegar al Perú coronando la meseta del Titicaca, como todos esperaban, cruzaría los Andes, llegaría a Chile, y después de libertarlo, pasaría por vía marítima al Perú para hacer lo mismo.

Así lo hizo.

Después de cruzar los Andes en odisea inigualable, invade la Capitanía General de Chile, y el 12 de febrero de 1817 derrota a las fuerzas realistas en la célebre batalla de Chacabuco. Al cumplirse el primer aniversario de aquella batalla -12 de febrero de 1818- jura solemnemente la independencia de Chile. El ejercito realista que quedaba en este territorio decide enfrentarse a las fuerzas patriotas en la Batalla de Maipú, el cinco de abril de 1818. En la contienda triunfa el Ejercito de los Andes y, arroja definitivamente a los españoles del territorio Chileno.

El 19 de agosto de 1820, zarpa de Valparaíso hacia el Perú y, al amanecer del 8 de septiembre, desembarca en la bahía de Pisco. Posesionado de este lugar, San Martín decide destacar una columna volante al interior del país para que, simultáneamente a una marcha de circunvalación, despertase el espíritu revolucionario en las provincias; que en cada escenario, reconociera la ciudad y se diese cuenta de sus recursos y ventajas militares; que efectuase una atinada división para que las fuerzas situadas a la distancia concurriesen a engrosar al ejercito de Lima; desconcertara de este modo los planes del enemigo ocultando los propios; y por último, buscase la integración con el grueso del ejercito por el norte destruyendo las tropas que encontrara a su paso. El jefe indiscutible de esta empresa no podía ser otro que el General Juan Antonio Álvarez de Arenales. Sus notables cualidades de mando, su experiencia en la guerra de montaña y la popularidad de su nombre en el Alto Perú, lo señalaban de antemano.

San Martín le ordena atacar sin pérdida de tiempo a la división enemiga que el Virrey había destacado sobre Pisco para replegarse luego a Ica. Ejecutada esta operación, penetrar en la sierra, posesionarse de Huancavelica y Huamanga, dirigirse inmediatamente a Jauja y establecer allí el cuartel general de la división. Debería fomentar la independencia en todas las provincias inmediatas y cubriendo todas las avenidas de la sierra hacia Lima, avanzar un destacamento hasta Tarma. Por último se le recomendaba mucha humanidad para con los enemigos de la independencia y para con los españoles europeos.

La división expedicionaria se componía de los Batallones Números 11 de “Los Andes” y el 2 de Chile, al mando del Mayor argentino Ramón Antonio Deheza y el Teniente chileno Santiago Aldunate, respectivamente; dos piquetes de granaderos a caballo y, cazadores a caballo, formando un escuadrón bajo las ordenes del Mayor argentino Juan Lavalle y el Teniente paraguayo Vicente Suárez y, dos piezas de cañones y 25 artilleros al mando del Capitán Hilario Cabrera. Fue nombrado jefe del Estado Mayor, el teniente coronel argentino, Manuel Rojas.

El 4 de octubre, sale Arenales de Caucato y atravesando los agresivos arenales, hace su ingreso triunfal en la ciudad de Ica el 6 de octubre. El pueblo presidido por su Cabildo, sus autoridades civiles y eclesiásticas, se vuelcan a las calles a vitorear al Ejercito Patriota. El 21 del mismo mes, contando con el apoyo del pueblo y por disposición de Arenales, el Alcalde de la ciudad, Juan José Salas, jura la independencia de Ica. Aquel mismo día, continuó su viaje a la sierra, dejando al cuidado de la ciudad al Mayor Félix Aldao. En la ruta a Huancavelica, los campesinos del lugar saludan al ejército patriota con aclamaciones, tamboriles y quenas.

El 31 de octubre de 1820, llegan a Huamanga, siendo objeto de un  recibimiento mucho más apoteósico que el de Ica y Huancavelica. La jura de su independencia se realiza días más tarde, con Te Deum, parada militar, repique de campanas, bailes populares y demás manifestaciones de contento ciudadano. De Huamanga, parte a Huanta el 6 de noviembre. Siguió por Tayacaja a Huancayo. Desde allí ordenó la persecución del intendente de Huancavelica que huía por Jauja. De Jauja manda al comandante Rojas en el Batallón No 2 para que ocupe Tarma. Se apoderan de aquella ciudad el 23 de noviembre, con el apoyo de Francisco de Paula Otero, tomando un buen parque de armas que pasa a manos de los montoneros. El 28 de noviembre, en marco de solemne celebración, se jura de independencia de Tarma

Hasta aquí no se había realizado una sola batalla importante, tan sólo ligeras escaramuzas. Una referencia puntual a las fechas de juramentación que antecedieron a la ciudad minera es la siguiente:

            En las Villas de Supe, Huarmey  y Casma, en 1919.

            En la ciudad de Ica, el 21 de octubre de 1820.

            En la ciudad de Huamanga, noviembre de 1820.

            En la ciudad de Huancayo, el 20 de noviembre de 1820, en ceremonia que se llevó a cabo en un tabladillo erigido en la Calle Real. Álvarez de Arenales que ese día había hecho su entrada triunfal presidió el acto. Los primeros que juraron fueron el coronel de milicias Marcelo Granados (ese día asumió el cargo de Gobernador), el Cura Coadjutor don Estanislao Márquez y el Escribano Juan de Dios Marticorena.

En la ciudad de Jauja, el 22 de noviembre de 1820.

            En la Villa de Huaura, el 27 de noviembre de 1820.

            En la ciudad de Tarma, el 29 de noviembre de 1820.

De Huancayo, Arenales, que había recibido vivas muestra de aprecio y adhesión de los pobladores  partió al Cerro de Pasco, escenario definitivo de la gloria.

 Era cercano el mediodía del 5 de diciembre de 1820 cuando las campanas de la Iglesia de la Villa de Pasco repicaban a rebato. Las gentes del pueblo sin amilanarse por la espesa nieve que cae, se han arremolinado en el ámbito de la plaza principal; abrigados con gruesos ponchos y sombreros de lana, presencian emocionados la llegada de los legendarios guerreros de la libertad. Los únicos que no están presentes, son los miembros de las Cajas Reales y otros funcionarios españoles; tampoco don Bernardo Valdizán, proveedor de mulas a los mineros españoles. Su hija, María Valdizán, ataviada con gruesa ropa de abrigo, sí está presente: quiere dar la bienvenida a los luchadores por la libertad. La nivosa mañana ha sido cortada por el piafar de las caballerías, las sonoras y enérgicas voces de mando, el sonido vivamente perceptible de las espuelas, el choque de las lanzas, de los sables, de los metálicos arneses.

-¡¡Bienvenido a la Villa de Pasco, señor!! –el Alcalde Mayor, el benemérito don Pedro José Castillo, seguido de los notables del pueblo, y un jefe guerrillero se han acercado ante el jefe del Ejercito Patriota, que acaba de desmontar. –Nos honramos con recibir a  usted y a los hombres que lo acompañan, mi general!!.

            – ¡Gracias, señor Alcalderesponde enérgico y firme el general Álvarez de Arenales, en tanto se quita la encarnada capa pluvial que está empapada de nieve y se lo entrega a su ordenanza- ¿Está todo previsto como lo pedimos con nuestro mensajero?…

– ¡Así es excelencia!… ¡Ya hemos dispuesto todo lo pertinente al alojamiento y  alimentación!.

– ¡Gracias señor Alcalde!. Como comprenderá, el viaje ha sido penoso y largo. Venimos desde el Valle del Mantaro, y necesito alimentación y adecuado alojamiento para mis hombres.

– ¡Ya mis alguaciles están mostrando a sus oficiales las cuadras donde debe alojarse la tropa, y para usted, hemos designado una casa particular que será su aposento especial!.

– ¡Gracias, muchas gracias, señor Alcalde!.

– Con todo nuestro respeto invito a su Excelencia nos honre asistiendo al almuerzo de bienvenida que le hemos preparado…

– ¡Estaré honrado!.

– Aguardaremos a usted y oficialidad a la una de la tarde en que se servirá  en la sala del Cabildo. La tropa recibirá su alimento en el amplio patio interior.

  • ¡Allí estaremos, gracias!.

Reunidos fraternalmente en la sala consistorial de la Villa, los notables del pueblo y los oficiales, degustaron de un sustanciosos caldo de cabeza de carnero, robustas papas y abundante ají. Luego sirvieron un apetitoso picante de cuyes que todos apuraron con excelente apetito. A la vista de unas gigantescas ranas con papas, el jefe de Estado mayor, Teniente Coronel Manuel Rojas, comentó a los oídos del General Álvarez de Arenales.

– Pero… ¿Pueden comer estos sapos horribles?

– Está escrito en la Biblia, que todo lo que vive y se mueve nos sirva de alimento…¿Por qué no estas deliciosas ranas?.

            – ¡Pero su aspecto es horrible!!.

            – ¡Así es!… pero nos las comeremos… ¡Usted primero!…

Continúa…

MI BARRIO MISTI (Segunda parte)

mi-barrio-2

Lo cantábamos tantas veces y cada vez con más fuerza, hasta cansarnos. Era el esperanzado canto de una chiquillería bullanguera que esperaba el milagro que pedía. Después, cansados de implorar, pasábamos a jugar ¡Marca, sello, brujo, ladrón!, ¡Que pase el tren! O La Tienda, en la que se vendía diversa mercancía. El comprador era el Diablo. Una que otra vez, cuando veíamos llegar al “Tío Santiago Valdizán”, lo rodeábamos y le pedíamos que nos contara cuentos. Cuando aceptaba, conformábamos un corro tan unido no sólo por el frío, sino por el tétrico relato que nos tenía en vilo. Sentado enfrente de nosotros, con su bastón venido a menos y sus ojos claros, sanguinolentos y lacrimosos, iniciaba el relato de cuentos, leyendas, casos y, sobre todo, historias misteriosas de aparecidos y condenados; de muertos en vida que deambulaban en noches como ésa, arrastrando, penitentes, largas y pesadas cadenas. Nadie se movía. El terror nos tenía inmóviles. ¡Qué arte el del tío Santiago! Nunca he escuchado a quien lo supere en ese arte extraordinario y olvidado de la narración. Terminadas sus historias el viejito se retiraba dejándonos sumidos en silencio sobrecogedor del que nadie quería desprenderse. Teníamos que acompañar a las mujercitas a sus casas. Estaban muertas de miedo

Adiós volcán de Arequipa,

tronco de todas sus ramas,

ya se va tu hijo querido,

nacido de tus entrañas.

 

Por tus caminos tan lejos

sabe Dios dónde iré a dar,

pero voy con el deseo

de volver si no me muero.

 

Cuando nos fuimos al muelle,

en conversación los dos,

allí fueron los lamentos,

donde yo te dije adiós.

Al centro del barrio,  la vieja casona de los Arauco, rezago de tiempos mejores, confinada por tapiales carcomidos de años, ostentando su pasado señorío en el inmenso portalón de madera labrada, tachonado de poderosos remaches de bronce y casi inválidos goznes que, al abrirse, gruñían su protesta de años. Espaciosos corrales donde los viajeros encargaban sus acémilas y, en tiempos pasados, depósito de poderosas mulas para el trabajo minero. “El Misti” a comienzos del siglo pasado, fue una de las fundiciones más importantes de la ciudad, con numerosos obreros, vascos, italianos, arequipeños y chalacos, preferentemente. Su propietario, el vasco Sebastián Arauco Bermúdez. El auge que alcanzó la Cerro de Pasco Mining Company con la instalación del cercano centro metalúrgico de Smelter, lo avasalló, haciéndolo desaparecer.

Ya no te han de ver mis ojos,

ya no te han de ver jamás,

porque pienso retirarme,

porque pienso retirarme.

 

Mañana al abrir mi fosa,

muerto de velos tendido,

en mis huesos hallarás,

señas de haberte querido.

Guitarra arequipeña, encordada de penas, revestida de encantos, ¡Cuántas noches lograste enlazar el reencuentro con el lejano mundo de la infancia mastiena! ¡Cuántas noches dormiste acariciada y tierna por el dulce relente y amaneciste pura, temblando de rocío en estas altas cumbres!

Numerosas familias arequipeñas llegaron siguiendo la veleta de su aventura. Aquí encontraron fraternal asilo. Aquí se cobijaron characatos nobles como “Pancho” Valdivia, José Luis Morosini, el “Coro” Valencia, los hermanos Meneses, Ureta, Iribarren…

Pronto su predios vieron llegar no sólo a arequipeños de soleadas campiñas, sino también chalacos que del puerto subían empeñosos y ciertos que aquí encontrarían refugio cariñoso. ¡Chalacos hablantines! ¡Chalacos querendones! Hombres que nos dejaron hermosas remembranzas. Así, un día llegó a mi barrio, el arquetipo del fútbol naciente del Perú: el gran Telmo Carbajo; pequeño pero ilustre; sencillo, pero noble. Su estada en nuestra tierra sembró semillas dulces de fútbol de leyenda, cuando con la azulada enseña ferroviaria, bordó mil arabescos en los campos de juego. También aquí vivió otro gran chalaco a cuya iniciativa nace el “Unión Railway”, don Humberto Galantini. ¡Quién podrá olvidar a otro gran porteño, atleta y futbolista, bateador y pesista, que con su gran ternura izó la azul divisa a nubes de la historia: Álvaro Linderman! Cómo olvidar tampoco al italiano amable, al buen napolitano que, vendiendo spaghetti, fetuchini y ravioles, tenía encantado la barrio, el buen Nicolo Rossi.

Fue en este mi barrio que, una tarde de junio, todo el oro del mundo se fundió en las camisetas, brillantes y amarillas del gran SPORT IDEAL, estrella fulgente del Olimpo del fútbol de mi tierra.

Los años fueron transcurriendo inexorablemente. Nuestra niñez trocóse en juventud. En el ínterin llegaron más familias a aposentarse en el Misti: Espíritu, Arzapalo, Dávila, Ramos, Vera, Porras, Vargas, Pérez, Romero, Gudiño; Acero, Meza, Rivera…

Hubo un tiempo feliz que yo te amaba

con la loca ilusión de mis quince años

y en silencio feliz yo alimentaba

vago temor de amargos desengaños.

 

En mi mente, acariciaba un sueño de ángel

¡Oh, suerte fatal, ¡Oh! Cruel destino!.

En vez de la sonrisa de un arcángel

sólo encontré el puñal de un asesino.

 

Si quieres olvidar, olvida;

que el olvido es un bien pal alma ingrata

cuando se encuentra la conciencia herida

por un recuerdo que devora y mata.

 

Adiós, adiós, ya todo se ha acabado

sepulta el amor que hemos tenido

en la lóbrega tumba del pasado

cubierta con la loza del olvido

 ¡¡Cuánta Vida!! …¡¡Cuánta gente!!. ¡¡Cómo han ido transcurriendo los años!

A veces creo que en la noches de luna, cuando croan los sapos en el viejo “oconal”, se escucharán estremecidos yaravíes que han quedado prendidos en nuestra memorias, como en los viejos tiempos; o fantasmagóricos gritos de chiquillería ida, conmoverá el recuerdo de épocas pasadas; y en un rincón cualquiera, un hombre acongojado que lleva en sus cabellos el polvo de la vida, enjugará muy triste, dos gruesos lagrimones.

 

F I N

 

MI BARRIO MISTI (primera parte)

Antes de evocar pasados tiempos de mi barrio, estremecido de dolor, acabo de enterarme por comunicación de su hija Gloria –excelente deportista y gran profesional- que mi amigo del alma, Jorge Arellano, ha muerto hace un año. Ignoraba esta dolorosa noticia. Las veces que nos encontramos aquí en Lima, servía para rememorar pasadas vivencias. Ahora que nos ha dejado, elevó mis oraciones para que el Supremo le otorgue el merecido descanso eterno al que tiene derecho y conceda serenidad y comprensión a sus familiares.

ninos-jugando-futbol

Mi barrio estaba ubicado en un promontorio cenizo con encaladas casitas que formaban -a manera de plaza- un gran hemiciclo. Más allá, Bellavista, residencia de los gringos de la “Mining”. Por el este, se comunicaba con el resto del poblado mediante un puente de piedra por donde discurrían las aguas de  puquiales enclavados en las estribaciones de los cerros; por el oeste, con un camino que conducía a Quiulacocha; por el norte, con una pendiente que descendía hasta al borde del “Oconal”, rezago de la desecada laguna de “Lilicocha”. Por las lluvias persistentes del invierno quedaba convertido en cenagoso pantanal donde croaban los sapos a toda hora del día; de mayo a setiembre se secaba y, en sus verdes extensiones, la chiquillería  del Misti, Buenos Aires, la “Docena” y “Excelsior”, efectuábamos reñidos partidos de fútbol.

Partido de niños, competencia de barrio; alegría infinita en la infantil escuadra. Dos rivales frente a frente: el Misti versus Buenos Aires.

 El Misti, con “Fonseca” en el arco; “Sapo” Oscar; “Lerofú” Rivera, “Rapacho” Espíritu y “Peyo” O´Connor, en la defensa extrema. En la línea media, “Chancho” Julián y Raúl “Tractor” Dávila. Adelante, una escuadra imparable: “Champi” Arauco, en la punta derecha; “Juañico” Espíritu, de interior; “Cushuro” al centro; Miguel “Pecas” Dávila, de interior izquierdo y, Jorge Arellano, de puntero izquierdo. ¡Qué equipo!.

 Chiquillería loca enmarcando el partido.

 ¡¡¡Vamos, “Cushuro” avanza!! …¡¡¡Dásela al Pecas!!!… ¡Así!…¡Dispara, “Pecas”, ¡dispara!!!… ¡¡¡Goooooooooooool…..!!!!.

Terminado el partido nos sentábamos al borde del puente para comentar como cotorras lo acontecido en el campo. Más tarde, ya silenciosos y cansados, contemplábamos la magia del atardecer. Mudos, estáticos, admirados. Encanto único que nunca he podido olvidar. Veíamos cómo, el añil del cielo, al tornarse zarco con el avance del tiempo, hacia enmudecer a los pajarillos, gacharrancas, piwichos, jilgueros, ayagchiuchis, culipchulins, pitos, sumiendo al paisaje en sobrecogedor silencio helado; las nubes cerúleas arrebolándose por el reflejo de las nieves perpetuas, producían una gradación de tonos que iban sepultándose en el horizonte, a medida que el sol avanzaba.  Los gualdos se encendían alimonados y, en juego misterioso de luces, pasaban del jalde al pajizo y, al oscurecerse, se doraban en áureos reverberos; los glaucos, en asombroso cambio de verdes se jaspeaban en tonos iridiscentes con lilas, naranjas, melados, habanos, granadas y escarlatas; el rojo en todas sus gradaciones iba cambiando desde el débil carmesí, vadeando por el múrice, hasta encenderse en un punzó agresivo que ensangrentaba el horizonte. En ese momento, el disco encarnado como hostia de fuego -magnífico, enorme y rendido- recostaba su cansancio entre las nieves que lo engullían, cubriendo de sombras la soledad. Había llegado la noche.

Soy forastero y sin padres

 y huérfano sin familia,

no he conocido a mis padres,

¡Qué tal desgracia la mía!.

 

Si algún día yo llegara

a la puerta de mis padres,

yo me hincaría a mi madre

para que me perdonara.

 

Así lo encaro a ustedes:

no paguen mal a su madre;

después del Eterno Padre,

ella es el último abrigo.

La añoranza de carrilanos, brequeros, maquinistas, controladores de la Railway Company -todos arequipeños- grandes guitarristas, cantantes y serenateros, lo bautizó: “Misti”, en homenaje al legendario volcán sureño. Aquí residía también buena cuota de italianos: Agostini, Falconí, Demarini, Rossi, Morosini, Pedreschi, Galantini, Ferrari; también muchísimos chalacos: “Pancho” Valdivia; Narciso Valencia –en su momento destacado boxeador-; los hermanos Meneses; “El león de la sierra”, insigne “faite” de aquellos toempos, y muchísimos chalacos más; en 1920 –por ejemplo- vivió aquí dos años el capitán de las selecciones de fútbol del Perú de aquellos tiempos: Telmo Carbajo, que inscrito en el legendario “Sport Unión Railway”, dejó imborrables recuerdos.

Ya empieza el pecho a sufrir,

 ¡Ay! Dulce prenda querida,

ya se acerca la partida,

yo ya vengo a despedirme.

Ya que me voy y te dejo,                           Escucha pues mi quebranto,

sólo un cariño te pido:                              cara dueña de mi amor,

que jamás tomes el agua,                         ya se va tu adorador

de la fuente del olvido.                              Ya e va quien te amó tanto

 

Si tu corazón sincero                                 Ya que la suerte ha querido

siente mi separación,                                que me separe de ti,

¿Cuál será pues mi aflicción                    dame tus brazos bien mío,

al dejar lo que más quiero?                      toma los míos y adiós.

Desde la explanada del barrio se podía contemplar el pujante centro minero, “La Docena”, administrado en  tiempos mejores por el ingeniero Héctor Escardó que, entre la segunda y tercera décadas del siglo pasado, se convirtió en brillante Alcalde primero, destacado parlamentario después, y notable Ministro de Fomento y Obras Públicas, finalmente. Un poco más allá, otra mina: “Excelsior”, con su enorme castillo metálico y ascensor de hierro, que subía y bajaba diligente masa minera e inacabable ringla de coches repletos de metal. A un costado, la cárcel, toda de piedra, una de las más inhumanas mazmorras del mundo, cubierta por melladas calaminas que parecían coladeras; una nevera donde los presos tiritaban ateridos a toda hora, especialmente cuando llovía y las aguas discurrían por el piso inundándolo todo. En una de sus paredes de piedra, algún preso filósofo y poeta escribió con un agudo punzón:

Cárcel del Cerro de Pasco,

de piedras, de cal y canto,

donde se amansan los bravos

y lloran los afligidos.

 

Penal, calabozo y cárcel,

sepultura de hombres vivos,

donde se muestran ingratos,

los amigos más queridos

Enfrente, el campo de fútbol, donde dimos nuestros primeros pasos futbolísticos.  A la izquierda, el camino carretero que bordeando el “oconal”, pasaba por el verde “Golf Club” de los gringos, dirigiéndose a Lima. Detrás de la prisión, la “Casa Redonda”, central ferrocarrilera de la Railway Company, donde efectuaban el mantenimiento de locomotoras, coches, cabusses, plataformas y furgones. Rodeándola, una intrincada red de complicadas vías por donde se desplazaban las locomotoras a toda hora. Las de “patio”, con su “cucaracha” –pequeña locomotora de fuerza colosal- colocando en la riel correspondiente a las inmensas plataformas metaleras para unirse al ferrocarril central que puntualmente largaba a las seis de la mañana con destino al Callao. La partida y llegada de los trenes, en medio de silbatos, campanas y chirridos de frenos, constituía un inolvidable espectáculo que, no obstante los años transcurridos, todavía recordamos con gran emoción. Aún podemos ver, en la fantasía de las saudades, el tembloroso vuelo de los pañuelos -palomas ateridas- de amigos que no saben si volverán a reencontrarse en la vida. Ojos tristes detrás de las ventanas del coche con recuerdos que construyen un camino que llega hasta el corazón para que los amigos se sientan uno muy cerca del otro, siempre,  aunque en realidad estén muy lejos físicamente. A veces una lágrima de tristeza, porque sólo en la agonía de la despedida somos capaces de comprender la profundidad de un verdadero amor. ¡Ah, las despedidas!.

Ya me voy a una tierra lejana                             Estos ojos llorar no sabían

a un país donde nadie me espera,                       el llorar parecía locura,

donde nadie sepa que yo muera,                        hoy pues lloran su triste amargura

donde nadie por mi llorará.                                 De una sola y ardiente pasión.

 

¡Ay! Qué lejos me lleva el destino                      Bajaré silencioso a la tumba

como hoja que el viento arrebata                      a embargar mi perdido sosiego

¡Ay! De mí tú no sabes, ingrata,                         de rodillas mi bien te lo ruego

lo que sufre este fiel corazón.                              que a lo menos te acuerdes de mí.

nino-mirando-el-cieloRecuerdo que cuando la noche como manto tenebroso cubría el barrio y un frío cada vez más penetrante nos hacía tiritar, veíamos titilantes en el cielo, con brillo espectacular de pedrería, millones de mágicos luceros. Sobre la negra pizarra de la noche destacaba la estremecedora constelación del zodiaco. La estrella del norte, Orión, las Tres Marías, la Osa Mayor, Sagitario, la Cruz del Sur, Tauro, Géminis. ¡Qué espectáculo sobrecogedor! De vez en cuando nos sorprendía el destello fugaz de una estrella que, desprendiéndose de donde estaba, iba a perderse en la inmensidad inconmensurable y misteriosa. Todo sucedía en un triz. En ese instante –nos recomendaban las viejecitas del barrio- había que cerrar los ojos y expresar un deseo, en voz baja. Si lo hacías bien, se cumpliría. Aquel espectacular cielo azul, tachonado de estrellas, ¡Estoy seguro!, no tiene igual en el mundo.

Cuando la luna magistral, aparecía pomposa sobre un claro cielo de plenilunio, nos cogíamos de las manos y en una ronda emotiva y bulliciosa cantábamos:

¡Mama luna, dame medio,

para comprarme un caramelo!.

Continúa…