LA CASA VEGAS

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Esta es una hermosa fotografía tomada el domingo 2 de abril de 1902 cuando nuestra Compañía de Bomberos Salvadora Cosmopolita nº 1, estrenaba sus uniformes. Pantalones blancos, casaca roja en casimir inglés, con dos hileras verticales de botones dorados en el pecho en cuya parte central se veía una S metálica dorada; borceguí negro de cuero, kepís rojo con franja dorada (Gorra militar cilíndrica y con visera) y cinturón de cuero. Como puede verse, la concurrencia fue apoteósicamente general.

Al fondo se ve, estrechamente colindante con la sacristía de nuestro templo de Chaupimarca, dos edificaciones idénticas, separadas por un zaguán (Pasadizo), entre una y otra. La de la izquierda pertenecía al ciudadano francés don Teodoro Lagravere, dueño de una mina en Yanacancha y, el de la derecha al comerciante y ciudadano catalán (español) Antonio Xammar. Dos años más tarde, don Vicente Vegas (Español) compra ambas propiedades y decide unirlas haciendo desaparecer el zaguán para formar un edificio único. A partir de ese momento  se convierte en el almacén más amplio y mejor acondicionado para el negocio del dueño. En el extenso balcón se leía: Mayor –VICENTE VEGAS – Menor. Cuando estaba por cumplir un siglo de servicio comercial, por muerte de su propietario, la compañía norteamericana que la había comprado, cedió el local al Club Unión Copper que tuvo que abandonar el edificio que ocupaba en la calle Parra y que, el siglo pasado, fuera cede del Banco del Perú y Londres. Años recientes, fue cede del Club Unión Minas que, por este motivo vino a jugar en la liga de Chaupimarca porque comenzó en Rancas. Andando los años fue cedido a la Comisaría del distrito que funcionaba en la calle Parra.

Tengo conocimiento por informes de “Chelelo y Borolas” que actualmente presta servicios cívicos y ha quedado con el nombre de “La Casa Vegas”. Muy bien.

Nos permitimos sugerir al alcalde provincial que haga lo propio con La Casa Merino que está a un costado. Repárenla y entréguenla para la Casa de la Cultura antes que extraños “propietarios” aparezcan por ahí como ha ocurrido con “El Railway”, “Centro Tarmeño” “Billinghurst” “Club Carnavalesco Apolo”, Club “Alfonso Ugarte”, Club “Unión Esperanza” y otros. En Huancapucro también está abandonada la Casa de los Cárdenas que la ocuparon mientras estuvieron en la ciudad; ahora está abandonada. Su ubicación permitiría a nuestra municipalidad edificar un edificio para instituciones como “Cobrizo Minero” o, en todo caso, sería cede de una institución cultural. Estoy plenamente seguro que, por ser de utilidad pública y sin propietario a la vista, la Municipalidad está en capacidad de ocuparla. No permitamos que seudos propietarios salidos de la nada se aprovechen de esos bienes que pertenecen a nuestro pueblo.

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Pablo Palacios Velásquez

Es uno de los compositores que más ha trabajado por nuestra música y sin embargo se halla completamente olvidado. Era de los que actualmente llaman “cantautor”, es decir que componía y cantaba. Fue director de muchos conjuntos cerreños y en todos ellos dejó lo mejor de su inspiración y profundo amor a la tierra. Minero militante, captó con fina ironía lo que a ultranza ocurriría con los mineros. Con nuestro homenaje por su dedicación a su pueblo, hacemos conocer a ustedes, cuatro de sus más logradas canciones.

R E B E L D I A                                                      J U B I L A C I O N

  (Huayno)                                                                   (Huayno)

Siempre seguiré llorando,                         Yo tengo una esperanza

al recordar de tu infamia,                         tan verde como un limón,

de un pecado me acusan                           cuanto más cuenta me doy,

sin haberlo cometido.                                voy amargando mi vida.

 

Si un pecado he tenido,                             Dicen que cuando yo tenga,

deberías perdonarme,                               mis sesenta años de vida,

y no darme ese castigo,                             entonces tendré derecho,

de una decepción amarga.                        para yo ser jubilado.

 

Me voy del Cerro de Pasco,                       Mañana que yo me muera,

nunca pensé abandonarte,                      y me encuentren sepultado,

pero seguiré pecando                                 dirán ya está jubilado,

conforme tú me enseñaste.                     que descanse eternamente.

 

Ese cariño tan puro                                 Obrero que mal naciste

que siempre te he demostrado,                   para sufrir en la vida,

ahora lo tienes postrado,                            esclavo de tu trabajo,

tan sólo en la rebeldía.                          para ti ya no hay consuelo.

 

FUGA                                                                  FUGA

Al calvario de mi vida,                               Quisiera emborracharme

llevo una cruz muy pesada,                        para disipar mis penas,

por el pecado que tengo,                           porque consuelo no tiene,

me peso de haberte querido.                   ¡Ay!, mi triste desventura.

Letra: Pablo Palacio Velásquez.              Letra: Pablo Palacio Velásquez.

            Música: Severo Díaz.                         Música: Leonardo Herrera.

 

SENTIMIENTO CERREÑO                                  OBSESION.

              (Huayno)                                                  (Huayno)

 ¡Ay! bocamina de Lourdes                        Preso me tienes con tus engaños,

¡cuántas vidas, ¡ay! escondes!,                déjame libre, por Dios te lo ruego,

formando el sentimiento                          yo te he entregado la flor de mi vida,

al contorno de la vida.                              con tus traiciones tú las has marchitado.

 

Yanacancha tambaleando                       Yo por quererte ya mucho he sufrido,

con los tiros de Tacnarica,                          tengo en mi mente tus ingratitudes,

y todos al son del mambo,                        china tu infamia destrozó mi alma,

se van para el cementerio.                         mi amor tuviste de puente en el río.

 

Solamanet Bellavista,                                  Obsesionado tan solo espero,

bien cuidada por los gringos,               aquel momento tan cruel de mi vida

con la muralla que han puesto                quiero confesar todo mi pecado,

piensa quitarnos la vida.                          aquel pecado de haberte querido.

 

                      FUGA                                                           FUGA

Bellavisa, Shuco Punta,                            Si ti supieras amar a Dios,

San Juan Pampa y Yanacancha,             si tú supieras amar al hombre,

todo, todito cholita,                                 no hay cuidado con los demás,

Cerro de Pasco amurallado.                      y mi cariño te ganarás.

 

Pobre mi Cerro querido,                           Letra yMúsica:

vivirá esclavizado,                                     Pablo Palacios Velásquez.

quien fuera Ramón Castilla,

para poder libertarlo.

 

Letra: Pablo Palacios Vásquez.

Música: Julián Mayta Carranza.

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La desaparecida capilla de Uliachín

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Si usted se fija bien en esta vieja fotografía del Barrio de la Esperanza (Inicios del siglo XX), podrá ver en la parte superior izquierda, recortando el horizonte, el cuerpo de la vieja Capilla de Uliachín. Recuerdo que con los chicos de mi escuela nos aventuramos a visitarla llenándonos de miles de sorpresas y no pocos misterios. Al promediarse el año cuarenta y cinco desapareció misteriosamente. La historia que me contaron viejos habitantes de la zona, es la siguiente:

De esto hace ya mucho tiempo. Cuando los frailes franciscanos –primeros que aparecieron por nuestros pagos- llegaron con el fin de “Extirpar idolatrías”, lo primero que hicieron fue deshacer una enorme “Apacheta” que quedaba en la cumbre del cerro de Uliachín. Es decir, un cúmulo de piedras de diverso tamaño que los viajeros “pircaban” en señal de buen augurio para el viaje que empezaban a realizar.

Estaban convencidos de que en esa “Apacheta” moraban los gentiles, seres protectores que les aseguraba el buen éxito del viaje. Por eso los frailes después de decir misa y rezos en latín, echaron por los suelos este montículo y, con el trabajo de los mismos hombres, erigieron una capilla en cuya edificación utilizaron las mismas piedras de la derruida “Apacheta”, cubriéndolas después con un rústico techo de paja. Era –por decirlo así- una amalgama de creencias fundidas en aquella capilla católica. Es más, colindante con ella se habilitó un pequeño campo santo para enterrar a los difuntos de la zona. En el altar principal se fijó un crucifijo de madera que veneraban cada dos de mayo de cada año: “Día de las Cruces”. En días claros de sol, desde la ciudad minera se podía ver este pequeño santuario fulgurante en la cumbre misma de aquella abra histórica.

Don Gerardo Patiño López, mentor y auspiciador de las celebraciones referidas a la Batalla del Cerro de Pasco, aseguraba que no obstante lo empinado del lugar, los cadáveres de los caídos en aquella contienda –patriotas y realistas-, fueron sepultados en el camposanto aledaño a la capilla. Debe ser cierta esta afirmación porque, pasados muchos años, fueron halladas pequeñas piezas de artillería y pistolas y bayonetas en los hoyancos fúnebres. Alguno de estos objetos vimos en la dirección de nuestra escuela de Patarcocha. Un amigo, compañero de escuela de entonces me regaló con una pistola que con mucho cariño le entregué a mi nieto Rodrigo. Ojalálo guarde con cariño.

Volviendo a la Batalla del Cerro de Pasco,  por aquellos días, sólo el cementerio aledaño a la iglesia de Santa Rosa estaba vigente. Es más. Cuando en 1945, el ejército argentino quiso repatriar los restos de sus soldados caídos en aquella contienda, se llevaron puñados de la bendita tierra cerreña que –estamos seguros, empapados de sangre guerrera argentina- que ahora reposan en sendas urnas junto a las tierras de Chacabuco y Maipú.

Andando los años, la capilla, destruida por la indiferencia de los vecinos, la intemperie y la dureza de nuestros inviernos, fue reedificada a la entrada de Uliachín, en la parte baja donde se encuentra en la actualidad.

Cada mes de mayo, celebrando la Fiesta de las Cruces, se realiza en este santuario, el homenaje a Cristo Redentor con moji9gangas, misas, chunguinada, negritos y alegría general del nuestro pueblo.

¿Sabía usted….?

cafe-mokaEl famoso café MOKA, donde se reunían los españoles a conversar con sus connacionales: sevillanos, vascos, catalanes, madrileños, manchegos, gaditanos, asturianos, etc.  era un lugar muy frecuentado no sólo por éstos sino también por miembros de otros consulados. En este lugar, propiedad del ciudadano catalán Marcelo Curty, ubicado en la segunda cuadra del jirón Grau, se bebía el famoso café abisinio que los españoles hacían traer mediante su consulado a la tierra minera. Además bebían sus chatos de manzanilla, jerez y otras bebidas extranjeras.

ATARDECER CERREÑO (Fotografía de don Miguel Lavado)

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El sol que durante el día ha iluminado el paisaje de nuestra ciudad cimera, ha recostado su cansancio tras las montañas nevadas dando paso a la oscuridad. A contraluz se puede distinguir la silueta de la histórica torre del Hospital Carrión que, por más de dos siglos,  ha marcado la sístole y diástole de la tierra heroica. El mágico contraste de este hermoso atardecer fue captado por don Miguel Lavado, un notable fotógrafo cerreño

A propósito.

Aquellos peruanos que tuvieron la intuición y arte de fijar en placas inolvidables pasajes de la historia patria, fueron numerosos

Comenzaremos por el genial cusqueño, Martín Chambi (1851 – 1973) seguido por el huancavelicano, Teófilo Hinostroza Irrazábal, (1914 -1919) nacido en Colcabamba, provincia de Tayacaja, conocido como “El Chambi del Centro” porque como Martín Chambi, retrató las miserias y grandezas de su entorno.

Hinostroza nació en 1914, en Colcabamba, provincia de Tayacaja, departamento de Huancavelica. Su padre fue el hacendado huancavelicano Francisco Hinostroza y su madre doña Faustina Irrazábal.

A los 15 años, fue matriculado por su madre en un colegio de Huancayo, donde tuvo la suerte de trabajar como ayudante del fotógrafo Fortunato Pecho. Allí aprendió el oficio, pero más tarde se impuso su talento, su indudable calidad de observador zahorí y fotógrafo del Perú profundo.

Thissen, al valorar la obra de Hinostroza, dice: “Tenía ojo de artista, era un maestro de la composición, con elección de buenos encuadres y perspectivas. A veces tomaba fotos por el puro gusto de las líneas, de gran simplicidad, como por ejemplo unas chacras donde resaltan los juegos de curvas o rectas”. (…) “Manejaba con destreza los juegos de luces y sombras, con contrastes marcados; los cielos con nubes cargadas, los contraluces audaces y los atardeceres eran su predilección. Pero también hacía tomas de paisajes donde predominaban los grises, logrando vistas originales y de gran belleza”.

Es decir, una inusitada como maravillosa revelación y rescate de un fotógrafo que regresa del pasado, debido al paciente trabajo de Gervasio Thissen. Pero también por la magia de las palabras de Leo Casas Ballón, quien como José María Arguedas lo conoció y disfrutó de su fecunda e imperecedera amistad. Un total de 58 fotografías permiten una visión del aporte cultural de Teófilo Hinostroza.

Dejando de lado la genialidad del francés Eugene Courret que ocupa lugar preferencial en estos menesteres, en el Cerro de Pasco, donde se han perdido no sólo valiosos documentos, debido a la incuria y abandono de sus hijos, hubo –de lo que conocemos- buenos aristas del lente: Ordóñez, Mariño, Barzola, Saavedra y sobre todo, un verdadero artista, Miguel Lavado, que plasmó en placas inolvidables los retratos de los personajes notables, principalmente autoridades locales además de algunas escenas familiares y sociales de gran valor artístico más importantes del Cerro de Pasco. Miguel Lavado fue un excelente retratista.

¿Sabía usted….?

 Middendorff, fue un médico y erudito humanista, que estudió la realidad peruana durante la segunda mitad del siglo XIX. Hizo una vívida descripción de la ciudad de Cerro de Pasco. (Middendorff, E. W.: PERÚ, observaciones y estudios del país y sus habitantes  durante una permanencia de 25 años. Tomo III, La Sierra. Primera Versión Española. Universidad Nacional de San Marcos, 1974).

¿Cuál es el valor de la obra ‘El Perú’ de Middendorf para el estudio de la historia del siglo XIX? Patricio Alvarado Luna, dice “Entre los viajeros extranjeros que visitan y recorren el Perú en la segunda mitad del siglo XIX, quizás no haya otro tan importante como E. W. Middendorf. Nacido en Alemania en 1830 y tras graduarse de sus estudios en medicina, entre 1854 y 1855 emprende un viaje por Australia y Chile para llegar en 1855, por primera vez, al Perú”.

“Culminada su última estancia en el Perú y de regreso en Alemania, entre 1893-1894 publica “El Perú“, una obra enciclopédica en la cual se encuentra una gran variedad de información, lo que demuestra la curiosidad de su autor” (…). Middendorf obtiene información de primera mano. Su obra es una descripción total del Perú”.

“La obra de Middendorf termina siendo una obra de referencia con un visión completa sobre el Perú, donde se encuentra información de primera mano y de mucha utilidad para el estudio de la historia del siglo XIX, dado que, como ya se mencionó, el autor vive los cambios, tanto políticos como sociales, económicos y culturales, que pasa el Perú durante la segunda mitad de la centuria”.

 

 

 

 

Sebastián Estrella Robles (Biografía)

sebastian-estrella-roblesFue un notable periodista, fundador del Diario «Los Andes» y Fiscal del Departamento de Junín, en la primera década del pasado siglo. Nació en el pueblo de Qiulacocha, el 20 de enero de 1859, siendo sus padres don Victorino Estrella y doña Francisca Robles, ambos vecinos de ese pueblo.

Hizo sus primeros estudios en el Cerro de Pasco y luego pasó a estudiar secundaria en el Colegio de Nuestra Señora de Guadalupe. Terminada la secundaria, pasó a la Universidad Mayor de San Marcos donde se graduó de Bachiller en Jurisprudencia, el 24 de diciembre de 1883. Siete años más tarde, el 15 de diciembre de 1890, se recibió de abogado.

Durante la ocupación chilena residía en Lima donde, además de combatir, sufrió los riesgos del caso, habiendo cerrado filas como policía, con lo que supo sobrevivir. Después colaboró en «El Nacional», periódico de la capital, dirigido entonces por los doctores Manuel María del Valle y Cesáreo Chacaltana, quienes lo distinguieron por su notable capacidad.

De regreso a su tierra natal se dedicó al ejercicio de su profesión fundando periódicos y colaborando en cuantos se han editado en el Cerro de Pasco como «El Cerreño», «La Unión», «La Semana». El año de 1911, funda el combativo diario «Los Andes» que, ya en su segunda época, fue dirigido por don Silverio Urbina y más tarde por su hijo Andrés.

Al fallecer en 1890 el Fiscal don Pablo Arias, es elegido en su reemplazo como Fiscal del Departamento de Junín.

Después de una vida ejemplar y luminosa, fallece el 13 de junio de 1912, oportunidad en la que todos los periódicos y revistas de la capital del Perú, le dedicaron sendos homenajes y semblanzas haciendo conocer de su labor.

¿Sabía usted….?

Que por el desconocimiento de nuestra historia, el periodismo y autoridades locales acordaron celebrar el “Primer centenario” del Cerro de Pasco, el 10 de enero de 1940, lanzando iniciativas para programar “adecuadamente” el centenario. Entre ellas, el proyecto de erigir un monumento a Huaricapcha “descubridor” de las minas cerreñas. Es decir un monumento a un ser legendario que jamás existió. Otra iniciativa, muy plausible, fue la de exigir la construcción de un Hospital del Seguro Social. Por su parte, el intelectual jaujino, Clodoaldo Alberto Espinoza Bravo, que tanto quiso al Cerro de Pasco, lanza la idea de realizar un homenaje nacional al inca Garcilaso de la Vega con ocasión de su Cuarto Centenario. La más plausible de estas iniciativas fue la del Concejo Provincial de Pasco de solicitar al Poder Público la creación de un Colegio Nacional de Instrucción Media para la ciudad.

Lo que en realidad quisieron celebrar fue el centenario de la Ley dada por el Congreso Constituyente de Huancayo que, en esa fecha y el siglo anterior, le confería a nuestra ciudad el título de “Opulenta Ciudad”. Todos sabían que nuestra ciudad contaba con más de cuatro siglos de vida.

Bueno, esto seguirá así mientras nos gobiernen los “Trueno” Rivera; “Bobby Charlton” Espinoza; “Chiri Gallo” Quispe y otros tantos sujetos que creen que el conocimiento de nuestra historia no merece atención alguna. Lástima.

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La cabeza voladora (Cuento)

la-cabeza-voladora-cuentoAquellos tiempos en que la opulencia del Cerro de Pasco era significativamente turbadora, un riquísimo señorón dueño de las minas más boyantes de la época: De Pariajirca a Quiulacocha, de Cayac Chico a Yanacancha, de Shihuayro a la Docena, de Yurajhuanca a Cruz Verde; decenas de yacimientos generosos que cubrían la extensión de toda la naciente ciudad minera y aledaños.

Este acaudalado minero tenía siete hijos varones que le ayudaban en el trabajo de sus yacimientos y, una sola hija mujer, cuya llegada al mundo le había costado la vida a su esposa. Si los varones eran su orgullo por el generoso brazo que aportaban en la explotación de los filones, era la niña, luz de sus ojos y alegría de su corazón. Intensamente rubia, como si las hebras de su cabello fueran de oro reluciente, su risa argentina tintineaba en la ranchería minera a toda hora. Nunca estaba quieta. Desde las primeras horas del alba sus  pasos menudos resonaban en la estancia en el diario trajín de la labor hogareña. Preparaba reconfortantes desayunos para que su padre y hermanos iniciaran con gran brío la diaria labor minera. Durante el día, en tanto el fogón sazonaba locros sabrosos y frituras crepitantes, ella tejía bufandas, chompas, guantes y medias; lavaba y planchaba la ropa de la familia; limpiaba la casa con una meticulosidad extraordinaria; preparaba riquísimos dulces con frutas y chancacas huanuqueñas; bordaba primorosos manteles que eran impresionante estallido de flores y mariposas multicolores. Lo dicho. Era la reina del hogar y el contento de su padre.

Su ayudante y cuidadora era una vieja mujer, desgarbada y  herméticamente y misteriosa, que la amaba con extraña predilección. Había quedado de niñera de la rubiecita cuando murió la madre.

Las cenas nocturnas presididas por el patriarcal anciano  tenían la virtud de congregar a toda la familia en conmovedora fraternidad hogareña. Cada uno de los siete mozos, todavía con las botas puestas, informaban al viejo de lo ocurrido en la mina; éste escuchaba, y cuando juzgaba necesario, preguntaba. Entretanto, escanciaban la sopera y fuentes de guisos y frituras. La joven, rubia como un sol, los atendía solícita y silenciosamente.

Terminada la limpieza y después de estampar sendos besos en la mejilla de su padre y hermanos, se retiraba al aposento que compartía con su nodriza. Ya en su alcoba, apartada de la vista de los suyos, escuchaba extasiada los cuentos misteriosos y las iniciaciones esotéricas que la vieja le endilgaba por horas enteras. Cansada de tanta plática quedaba profundamente dormida.

Así fueron transcurriendo los inviernos con crueles ramalazos de rayos y truenos; con la silenciosa cobertura de nívea suavidad, con sus chaparrones, granizos y trombas de agua. Pasaron los veranos con los cielos abiertos y enormes en cuyo azul majestuoso  el sol lucía imponente en el día y los luceros parpadeaban luminiscencias extrañas y distantes por las noches; con las minúsculas esquirlas de la escarcha que en un santiamén convertían en carámbanos colgantes las aguas de las goteras; con la amaneciente opacidad de las escarchas.

Un día -pueblo chico infierno grande-, entre aspavientos y ojos abiertos de asombro, un minero reveló el secreto a otro; éste se lo dijo a su mujer que a su vez se lo contó a una comadre; y así lo llegaron a saber las huanquitas aguadoras y el matarife y la moledora de metales y el pallaquero y la comadrona y el sacristán; el rumor incontenible se difundió por todos lados que hasta los pastores de las estancias más lejanas, los arrieros incansables y los viajeros trashumantes, lo llegaron a conocer. La hija del minero ricachón, aquella rubiecita encantadora de sonrisa contagiosa: ¡Era bruja!…

Los cerreños, entre rezos y estremecimientos lo llegaron a saber, menos –cosa extraña- el padre y los hermanos. Hasta que una noche, el hermano mayor, al levantarse de la cama de la mujer con la que tenía amores, fue increpado por ésta.

— ¿Por qué me dejas tan temprano?…- dijo acaramelada.

— No puedo llegar tarde a mi casa. Mi padre se disgustaría. Mañana tengo que trabajar en la mina.

— No seas malo pues… ven – suplicaba la mujer.

— ¡No!- la respuesta fue tan rotunda y tajante que ofendió a la mujer.

— ¡Oye! –Dijo con ira la querida desairada- ¡Tu padre de quien debe preocuparse, no es de ti, sino de tu hermana….!

—  ¡¿…Qué?!… ¡¿De mi hermana?…!

—  ¡Claro… de esa bruja!

— ¡¿Qué estás diciendo, maldita?…!- y un sonoro bofetón convirtió la boca de la querida en una rosa sangrante de imprecaciones mortales.

— ¡Tu hermana es una vil y maldita bruja!… Y para que lo sepas… a esta hora seguramente ni ha llegado a tu casa… ¡Imbécil…!

El hombre castigó con saña a la querida hasta dejarla inconsciente, pero sus palabras, quedaron prendidas en su conciencia como dardos venenosos. Como un sonámbulo llegó a su casa y luego de despertarlos  contó a sus hermanos lo que le había ocurrido. Ninguno creyó ni un ápice de la tenebrosa historia. Nadie podía dar cabida en su mente ni en su corazón la monstruosa versión. Entonces, urgidos por el mayor, espiaron silenciosamente a su hermana durante algunas noches hasta que un viernes de luminoso plenilunio -justo a la medianoche- vieron abrirse la ventana de su alcoba de donde, como un ave misteriosa, salía una cabeza de pródiga cabellera blonda desplazándose ingrávida por los aires como si se tratara de un globo caprichoso y juguetón. Acompañándola, una escuálida perra amarilla, ladrando, jugueteando misteriosamente con ella, tratando de guiarla. Después de un buen rato de juego, cabeza y perra, desaparecieron por los aires. Estremecidos, los hermanos decidieron perseguir aquellas fantásticas  apariciones.

Entretanto, el viejo minero, alarmado por el ruido originado, salió al patio y llamó a grandes voces. Nadie contestó. Temeroso de que pudiera sucederle alguna desgracia a su engreída, subió a grandes trancos las escaleras que conducían a su alcoba; llamó con los nudillos, después a grandes voces y al no encontrar respuesta alguna, echó la puerta abajo. Lo que vieron sus ojos lo dejaron petrificado. Incapaz de hilvanar sus ideas sólo atinó a contemplar el macabro espectáculo. ¡Su hija estaba sin cabeza! Más allá, sobre su cama, la vieja mujer yacía como muerta. Un grito de horror retumbó en la estancia y el añoso minero rodó inconsciente por los suelos.

En todo ese tiempo, jadeantes y sudorosos los jóvenes seguían a la cabeza rubia que se desplazaba rauda por los aires guiada por la escuálida perra amarilla; los ojos brillantes como ascuas,  los pelos al aire como diabólicos flecos; el rostro desencajado y las fauces abiertas y babeantes donde se le habían pronunciado dos filosos caninos; sus mandíbulas -satánicas bisagras- se abrían y cerraban con una continuidad espantosa de ruidosas y espectrales tijeras.

— ¡Tac!… ¡Tac!… ¡Tac! -sus dientes producían metálicos sonidos que estremecían la noche cerreña.

La cabeza infernal, desde considerable altura iba de un lado a otro como si buscara algo; desde allí miraba a la perra amarilla que, incansable y juguetona, le señalaba el itinerario a seguir. Desde su escondite los hermanos contemplaban, sin ser vistos, los destellos que emitía la rubia cabeza de cabellos flotantes iluminada por la luna. Llegando al Misti se detuvo en la laguna de Lilicocha donde, coqueta, se regodeaba contemplando su rostro espectral en la superficie de las aguas; de allí, como un cernícalo hambriento, fue a posarse sobre el castillo de la mina Excelsior. Los canes del barrio se alocaban alargándose en lúgubres aullidos como denunciando, incansables, la presencia de la muerte.

Cuando la cabeza voladora llegó a la plaza Chaupimarca, temerosa de la casa de Dios, se alejó por la calle Grau, por la del hospital y luego Amazonas hasta el Tajo Shihuayro en cuya lumbrera, con los pelos sueltos al viento, los ojos relampagueantes y las mandíbulas sonantes como hambrientas tijeras, oteaba de un lado a otro…

— ¿Qué hace, Dios mío? – Preguntó el hermano menor.

— Parece que busca una víctima para matarla –contestó el mayor, acezante por la correría nocturna.

Pasado un buen rato sin que ningún mortal apareciera, la cabeza volvió a elevarse atravesando los andurriales de Gayachacuna y cruzando las calles de la Chancayana y Digo-Digo terminó posándose en las alturas de Mesapata; desde allí, sin que sus hermanos se dejaran ver, continuó atareada en su busca de gente para matarla. Al ver que la cabeza infernal volaba cada vez más rauda y que sería muy difícil alcanzarla, decidieron regresar a la casa paterna con el fin de preparar una trampa para cazarla.

Al llegar a la casa, apoyados por peones de la mina, reanimaron al padre y armados de fuertes reatas, sogas, costales y zumbadores, tendieron un cerco para aprisionar a los espectros nocturnos.

No tuvieron que esperar mucho. Cuando vieron a la perra amarilla pugnando por entrar en la casa, todos a una cayeron sorpresivamente sobre ella  que se defendía con terribles dentelladas en tanto la voz gangosa –voz de la criada- maldecía como una condenada. Mientras la lucha con la perra continuaba afuera, la cabeza voladora, como impulsada por una fuerza maligna, entró por la ventana abierta del dormitorio y fue a pegarse aparatosamente, emitiendo un chasquido infernal, al cuerpo yaciente de la joven.

Alborotados por el escándalo que hacía la perra cautiva, hombres y mujeres del pueblo, convergieron con en la casa del viejo millonario. Paralelamente, un grupo de piadosas mujeres fue a la iglesia de Santa Rosa para informar a Fray Sancho de Córdova que, provisto de agua bendita, crucifijo, cáliz, hostias, breviarios, incienso, un maletín y un hermético libro negro, llegó al lugar del acontecimiento.

Ante la expectante curiosidad de la muchedumbre cada vez más numerosa se puso el alba sobre el hábito fijándola con el cíngulo, cogió un enorme crucifijo de plata y se acercó a la joven a quien, después de decir unas oraciones, comenzó a interrogar.

— Niña… ¿Crees en Dios?…

— ¡Sí, padre; sí!…

— ¿Sabes que estabas al servicio del demonio?…

— ¡No, padre, no!… – Se alarmó la joven.

— ¿No sabes que tu cabeza, separada de tu cuerpo, deambulaba por las noches volando por los aires?…

— No, padre;  ¡No lo sé!…- Sus ojos claros denotaron terrible sorpresa.

— ¿Qué es para ti la mujer que te cuida?…

— Ella es mi acompañante, padre…

— ¿Nunca te habló del demonio?…

— No, padre, del demonio, no; sólo me ha referido la existencia de un ser extraordinario de grandísimo poder al que ella llama: El Príncipe de las Tinieblas…

— ¡Es el demonio!…

— ¡Padre!… -Estuvo a punto de gritar aterrorizada la joven.

— No te alarmes, hija; sólo quiero que me digas lo que hacías con ella en las noches de los viernes en tu alcoba.

— Bueno, padre… Mi nodriza me untaba la cara con una extraña pomada asegurándome que con ella me pondría bonita…

— ¿Qué más?…

— Mientras iba frotándome la cara, pronunciaba extrañas palabras en un idioma que desconozco…

— ¿Qué más?…

— ¡Nada… nada más!… Yo me quedaba dormida mientras ella hablaba.

— ¿No recuerdas nada más?…

— ¡Nada, padre, nada! – Comenzó a sollozar asustada.

— ¡Claro!…¡La maldita hechicera te dormía y te utilizaba para servir al demonio!…

Después de escuchar la confesión de la joven, rezó complicada y extensa oración en latín, después la absolvió.

Un grupo de ancianas piadosas oraba de rodillas respaldando las maniobras de fray Sancho en tanto el resto –turba encolerizada- aprisionaba fuertemente a la esquelética perra  que, por extraños misterios, hacía gala de una fuerza extraordinaria. En un instante, ante el estupor del gentío, la vieja nodriza volvió en sí. Al verla consciente, el cura, leyó en voz alta una extraña oración del gigantesco libro negro y encarando a la mujer comenzó a interpelarla.

— ¡Te conmino en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, a que nos digas tus pecados en confesión que te librará del Maligno!…

— Sí, padre –respondió la mujer aparentando humildad.

— ¡¿Cuándo te iniciaste en el ejercicio de la brujería?…!

— Muy joven, padre. Fueron unas mujeres de mi pueblo las que me iniciaron para que en una misa negra nos convirtiéramos en esposas de él.

— ¡¿De quién?…!

— De Lucifer, padre…

— ¡Del demonio!…

— Sí, sí; padre!…

— ¿Por qué?…!

— Caímos en su poder!…

— ¿Cuántas son ustedes?…

— Siete…

— ¿Dónde están las otras?…

— En distintos lugares. Nos reunimos cada año a la primera luna nueva…

— ¡¿Cómo le sirves a Satanás?…!

— Primero convertida en cabeza voladora y dando muerte a los hombres y mujeres cuyas almas son para mi amo.

— ¿Eso es lo que querías hacer con tu niña rubia?…!

— Sí….

— ¿Lo lograste?…

— No. Ella es demasiado pura y buena. Dios la está protegiendo…

— ¿Y cómo utilizabas su cabeza?…

— Yo ya no tengo fuerzas. Quería que ella me reemplazara. La hipnoticé y la hice seguirme en sueños…

— ¿Cómo la hacías dormir?…

— Con la oración especial y con el ungüento mágico para frotarle la cara, que me dio mi amo…

— ¡¿De qué está hecho ese menjunje..?!

— De hierba mora adormecedora…

— ¡¿Qué más?…!

— Belladona… ruda…

— ¡¿Con todo eso hacen la pomada?…!

— Si, padre… Utilizamos como base la sangre y la grasa de los niños recién nacidos, sin bautizo…

— ¡¿Con eso untabas a la niña que tenías que cuidar….?!

— ¡…Sí!…

—  ¿Te arrepientes?…

— Sí, padre…

— Habiendo escuchado tus pecados de los que te arrepientes, te purificaré con leche y manteca, que es lo más apropiado en este caso, conjurando a Satanás para que abandone tu cuerpo –simultáneamente, mientras rezaba, iba untando el cuerpo de la bruja.

— Toma manteca traída de un redil santo, leche traída de un establo casto. Sobre la manteca inmaculada del redil deshaz el encantamiento. Embadurna a la enferma, hija de Dios verdadero a fin de que sea pura como la manteca, para que sea limpia como la leche.

— ¡Que su piel brille como plata pulida!…

— ¡Que sea clara como el cobre brillante!….

Tras haberle embadurnado la cara, las manos, los pies y el pecho a la posesa, tratando de purificarla, el sacerdote procedió a trazar el círculo mágico con yeso, alrededor,  guiado por el libro de los exorcismos. Su voz retumbó en el ámbito cuando dijo:

— ¡Cierra a esta mujer en el círculo, en el gran círculo de yeso. La puerta con cierre a la derecha y a la izquierda… ¡Ciérrala!.. ¡Las malas artes sean conjuradas con todo lo que haya de mal!…

En ese instante la mujer profirió un grito horripilante que hizo estremecer a todos los presentes. Era una voz cavernosa y profunda y bronca, no de la vieja mujer… ¡Era el demonio.!…

— ¡ Noooo!

Poseída por Satanás, el cuerpo de la mujer comenzó a convulsionarse aparatosamente, cubriéndose de copiosas transpiraciones y fétidas excreciones. Sus labios proferían horrendas palabras en latín. Todo era que fray Sancho le acercara la cruz a la cara y la posesa gritaba con la voz del Demonio. Por su parte, sudoroso el sacerdote, tratando de hacer escuchar sus fórmulas eclesiales, gritaba también…

— ¡¡¡Vade retro, Satanás !!!…. ¡¡¡Vade retro.!!!…

En esa lucha interminable estuvieron enfrascados muchísimo tiempo, hasta que cercana la medianoche –rendido y acongojado- el santo fraile dijo que el demonio no quería abandonar el cuerpo de su servidora. Al escuchar esta noticia, hombres y mujeres ataron fuertemente el cuerpo de la hechicera y lo condujeron al cerro de Gayachacuna para colocarla sobre una pira ex profesamente levantada. A poco de arder alimentado por abundantes leños traídos por las mujeres, el cuerpo de la mujer explotó aparatosamente inundando los aires de un hedor insoportable con fuertes emanaciones de azufre.

Sólo así el pueblo minero pudo librarse del anticristo que finalmente pudo llevarse el cuerpo de su sirvienta a las sombras del infierno.

 

Pedro Caballero y Lira (Biografía)

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Hijo del ciudadano cerreño Don Francisco  Caballero y la dama jaujina doña Rosalía Lira de Caballero, nació en la ciudad de Lima en 1870.

Efectuados sus estudios en medio de las dramáticas contingencias de la Guerra con Chile y la consiguiente ocupación enemiga, llega a conocer la tierra de su padre, un acaudalado minero, en junio de 1887 y se instala en su casa solariega de la Calle Parra.

Funda el Instituto EL PORVENIR en compañía del abogado Francisco Samanamud. En este plantel particular se dictaban cursos para alumnos de educación primaria y los 1º y 2º años de secundaria, otorgando becas a los más distinguidos.

En el año de 1894 fue profesor de la Escuela Particular de Pasco luego ejerció la docencia en el Colegio Particular de las Reverendas Madres Terciarias cuya Directora, Reverenda Madre Isabel del Santo Sudario, hizo una labor muy interesante para la gente pudiente de la localidad.

Ocupó numerosos cargos administrativos demostrando mucha probidad y eficiencia. Secretario de la Junta Departamental de Junín, Comisionado Especial para la actuación de la matrícula de Contribuciones de la Provincia de Jauja, Diputado Distrital y Síndico de Rentas del Concejo Provincial, Director de la Beneficencia Pública en el que conjuntamente con don Cipriano Proaño, remodeló el Hospital La Providencia. Cambió el nombre del Hospital “La Providencia”, por el de nuestro mártir. En 1896 funda EL MINERO ILUSTRADO, periódico que cumplió una labor de información y orientación muy respetables. Lamentablemente, toda la esperanza que el pueblo había depositado en su capacidad se destruyó cuando en forma ostensible decidió apoyar las acciones de la compañía norteameri­cana en las elecciones de 1908. Esto jamás el pueblo pudo olvidarlo. (Felizmente todo   cambió en el periódico gracias a don Gerardo Patiño López, un hombre íntegro que, inclusive, sufrió persecuciones por servir a su pueblo que jamás lo olvidará)